Queridas todas:
Cuando esta carta comience a circular, ustedes, en compañía de muchos de nosotros, estarán llevando a cabo y habrán concluido ese acto de altísima dignidad que es haberse ausentado de la vida diaria de México. Su acto nos llena a muchos de orgullo, de fuerza, de esperanza. Es una de las acciones no-violentas más hermosas que haya tenido la nación en medio de una de sus épocas más violentas y aterradoras, y bajo uno de sus gobiernos más sordos e indiferentes al sufrimiento. Su ejemplo en el orden de la dignidad es inmenso. No en vano Gandhi decía que ustedes son “la mejor parte de la humanidad”.
El maltrato, el desprecio, la segregación, el hostigamiento, la violencia que, para vergüenza de todos, ustedes no han dejado de padecer desde épocas inmemoriales y que a últimas fechas se ha recrudecido en México de maneras indignas y alarmantes, requería una acción de esa naturaleza y de ese tamaño.
Lo único que lamento –espero que me lean con atención y no me malinterpreten– es que en el contexto mexicano, esa violencia que ustedes no han dejado de padecer, que es distinta en muchos sentidos a otras violencias y que tiene sus rostros más visibles en Ronita y las mujeres de la familia LeBarón, en la pequeña Fátima, en Ingrid Escamilla, en el hostigamiento que muchas de ustedes sufren en las calles, en las aulas, en las oficinas, se ha extendido a todos en el país. Por ello, desde su propio dolor, debieron llamar y unir a su protesta a todas las víctimas. Estamos hablando de un país de cerca de 300 mil asesinados y de más de 61 mil desaparecidos (mujeres, hombres, niños y niñas).
Detener la violencia de género en el contexto de horror que padecemos debió haber implicado, a partir de la violencia de género, poner delante de la conciencia nacional y política a todas las víctimas de un régimen que, a pesar de su retórica, sigue siendo neoliberal y, en el peor sentido de la palabra, patriarcal.
Desde hace décadas en México se desprecia, se humilla, se violenta, se asesina y se desaparece de la misma manera en que ustedes lo han padecido y continúan padeciéndolo.
Muchas de las mujeres que marcharon el 8 de marzo y se ausentaron de la vida diaria al día siguiente son, además de mujeres, madres, hermanas e hijas de jóvenes, niños y abuelos que también han sido asesinados, masacrados, violados, desollados, ultrajados o desaparecidos como lo han sido Ronita, Ingrid, Fátima y Viridiana, a quien por desgracia aún no encontramos.
En un contexto de violencia generalizada como el de México, las luchas identitarias (tomo el argumento de En defensa de la intolerancia, un libro de Slavoj Zizek que me regaló una de las defensoras de derechos humanos más respetadas, Ximena Antillón), lejos de crear una verdadera política –que, en este caso, trace y genere un proceso de equidad, seguridad, justicia y paz– refuerzan, paradójicamente, el estado de violencia en el que estamos inmersos, porque permiten al gobierno negociar con cada una de esas identidades el sitio que le corresponde en la estructura social impuesta por el poder, sin que en la realidad cambie su condición de víctimas. Lo hemos visto a lo largo de los años con las ONG, con las organizaciones de víctimas, feministas, étnicas, ecologistas, etc. En sus disputas por tener u obtener la interlocución del Estado, el gobierno deja de obligarse a realizar cambios estructurales fundamentales, fomentando, en cambio, la parcialización de las organizaciones, la negociación con aquellas que, por motivos de conveniencia política, el gobierno privilegia y la conservación del “orden” de las cosas, en este caso de la violencia.
Hay que decir, sin embargo, que lo que ustedes han logrado con la marcha y el paro del 8 y 9 de marzo trasciende esos hechos que sólo por momentos –el levantamiento zapatista en 1994 y el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en 2011 (MPJD)– han sucedido en México: al unificar a muchas organizaciones feministas y a casi todas las mujeres del país en una demanda de seguridad y justicia, crearon un verdadero acto político, cuyas repercusiones, si se mantienen unidas, traerán cambios estructurales importantes. Pero, al dejar fuera a las otras víctimas de la violencia, su efecto no tendrá el alcance necesario en la construcción de una ruta clara hacia la equidad, la seguridad, la justicia y la paz que tanto necesitamos y buscamos. Parafraseo en este sentido el ejemplo de Marx sobre el proletariado: las mujeres hoy representan a todos los mexicanos, no por ser el género más violentado, sino porque su realidad encarna el desequilibrio fundamental del orden social neoliberal.
Para que, en el contexto de violencia generalizada que padece el país, sea posible una verdadera reestructuración del espacio social que nos permita realizar cambios fundamentales, es necesario unir los diversos rostros de la violencia. No sólo el de las víctimas de género, como ustedes lo han hecho admirablemente en estos días, sino el de las de todo el país (mujeres, hombres, niñas, niños, homosexuales, trans, pueblos indígenas…). Sólo así, la reivindicación específica del género, que ustedes encabezan, se volverá no un elemento más en la negociación de los intereses del Estado y su patriarcalismo, sino algo mayor: un movimiento que haga posibles las condiciones para esa verdadera transformación que tanto necesitamos y que la 4T, pese a su retórica, pervierte, alentando la división y el odio. Ustedes son hoy la punta de lanza. Llamen a ese movimiento nacional, llamen a esa unidad.
Paz, Fuerza y Gozo.








