La marcha del #8M y el paro de mujeres forman parte de la larga lucha feminista por todos los derechos para todas las mujeres, en pie de igualdad con los hombres.
El apoyo que han suscitado las convocatorias a tomar las calles y a no producir por un día para resaltar la importancia de la actividad femenina en la vida productiva y en el cuidado del mundo y de otras personas, responde a un sentido de urgencia entre mujeres diversas por alzar la voz y actuar en conjunto contra un cúmulo intolerable de violencias y desigualdades.
El impacto del feminicidio, considerado la máxima manifestación de violencia machista, es ya evidente para una mayoría. Los feminicidios de Ingrid y Fátima estremecieron a la sociedad por la contundencia de la saña y la certeza de que no son casos únicos. En la capital son sólo los más recientes y cercanos, pero con ellos se ha roto el espejismo de que puede existir un oasis en un país desgarrado por la violencia extrema y la violencia feminicida.
Muchas mujeres tienen hoy mayor conciencia de los efectos lacerantes de la violencia machista en todas sus dimensiones y saben que es preciso tejer redes de solidaridad y alzar la voz para buscar y exigir cambios de fondo.
Pese a la normalización de la violencia, más mujeres reconocen la que viven y pueden nombrarla. Saben también que ésta ha aumentado, como lo indican las estadísticas (aun aproximadas) y los hechos cotidianos. La militarización y la impunidad del crimen organizado y desorganizado han repercutido en un alza de violaciones, desapariciones, trata y feminicidios.
Las mujeres siguen siendo botín de guerra. A más de 25 años del feminicidio documentado en Ciudad Juárez, la “máquina feminicida” sigue destruyendo vidas. Por eso, el concepto mismo de “feminicidio”, que remite a la vez al asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer y a la impunidad judicial y social que lo favorece, mantiene su impacto político. El cuestionamiento del tipo penal, en un sentido, refleja la incapacidad institucional de reconocer las motivaciones y la crueldad específica con que se asesina a muchas mujeres, la misoginia que se manifiesta en los cuerpos femeninos basurizados.
Enforcarnos sólo en el feminicidio, sin embargo, puede impedirnos entender el hartazgo de las jóvenes y la experiencia de millones de mujeres.
Para muchas, la amenaza de ser asesinada, desaparecida o violada es aterradora, pero también amedrentan y dañan la violencia de pareja, el acoso, el maltrato laboral, la descalificación y devaluación sintetizadas en la brecha salarial, el desprecio por el trabajo doméstico y de cuidado… Todas estas son formas de violencia que integran un mismo sistema de opresión; muchas se dan al mismo tiempo, convierten la vida diaria en una pesadilla. Hoy enfrentamos una combinación de “nuevas” violencias exacerbadas y de “viejas” violencias persistentes, derivadas de la desigualdad estructural, mucho tiempo naturalizadas, más visibles y desde luego intolerables.
Hay quienes atribuyen las causas o los factores detonantes de la violencia feminicida a un sistema económico o político. Sin embargo, el feminicidio, como forma específica de matar a una mujer, existe desde la Grecia clásica, por no ir más atrás; la apropiación de los cuerpos femeninos como botín se dio en la Conquista y en la Revolución; durante siglos la violencia de pareja se ha justificado en las leyes y tolerado, con matices, en las normas sociales.
La lucha contra la violencia tampoco es nueva: en México grupos feministas se han movilizado contra la normalización de la violencia sexual e intrafamiliar desde los años setenta y ochenta; gracias a ellas la violación en el matrimonio se reconoció por fin como delito en 2005. Miles de mujeres se han manifestado por la despenalización del aborto; muchas se han movilizado contra el pesado lastre de prejuicios arraigados y reproducidos en leyes, doctrinas religiosas, métodos educativos acríticos, usos y costumbres familiares y comunitarios, moldeados desde una perspectiva masculina, cuyas estructuras están atravesadas por la desigualdad entre hombres y mujeres, o basadas en ella, según se vea.
Esto no implica que los sistemas económicos depredadores o los sistemas políticos autoritarios no incidan en la opresión de las mujeres. Cualquier sistema que trate a las personas como máquinas, degrada la vida humana. Si el valor primordial es el dinero, quienes no pertenecen a la minoría dominante son mano de obra desechable, carente de derechos. La nueva versión de capitalismo salvaje que predomina en el mundo ha recrudecido la explotación de los cuerpos y de las mentes.
¿Agudiza la violencia contra las mujeres? Sí, en la medida en que su dinamización coincide con la participación creciente de éstas en el mercado laboral, que, por un lado, representa para ellas una posibilidad de independencia y mayor autonomía y, por otro, rompe con la división sexual del trabajo, lo que, en épocas de crisis o en sociedades conservadoras, puede provocar o acentuar en los hombres resentimiento y frustración: “Las mujeres nos roban los trabajos” o “¿creen que por ganar dinero pueden hacer lo que quieran?”. Una de las hipótesis acerca del feminicidio en Ciudad Juárez fue precisamente ese resentimiento.
Sin embargo hay que considerar también otros factores: la presencia del crimen organizado, la falta de servicios básicos que requiere una ciudad segura (iluminación, transporte), la negligencia y colusión de agentes del Estado ante estos crímenes, la persistencia del machismo, la impunidad, etcétera.
Por otro lado, aunque la incorporación de las mujeres al mercado laboral supone una mayor explotación puesto que se les paga menos y ellas siguen cargando con el trabajo no pagado de reproducción y cuidado (Federici), la solución no es “devolverlas a la casa para salvarlas del neoliberalismo” o para “restaurar el orden”. Eso ya lo han intentado regímenes autoritarios, como el de Pinochet, que promovía políticas neoliberales a ultranza a la vez que difundía discursos “a favor de la familia” (tradicional) con efectos desastrosos.
Para empezar a salir de esta paradoja, las feministas han demandado políticas públicas que se asocian con el Estado de bienestar y la colectivización de los cuidados, como responsabilidades sociales, que incluyen a los hombres. Demandan también el derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida, igualdad real, en todos los ámbitos: dejar de ser tratadas como ciudadanas de segunda, cuerpos apropiables o inteligencias despreciables o amenazantes. La lucha contra la violencia y por la igualdad es una sola.
En estos días, además de ataques desaforados y deslindes superfluos, algunos han querido apropiarse la etiqueta de “feministas”. Más bien podrían preguntarse: ¿qué significa este movimiento para los hombres? ¿Una llamada de atención? Quizá sea una oportunidad de reflexión. Si no quieren reproducir el machismo, que también los mutila, ni ser cómplices de la violencia sexista, no tienen que declararse “feministas”.
Para muchas, el sujeto del feminismo somos las mujeres porque nos hemos rebelado contra la opresión y la violencia desde la experiencia de vivir en femenino. Los hombres a su vez podrían cuestionar su propio papel en el sistema de opresión, analizar sus prejuicios, actitudes, prácticas y complicidades. La violencia feminicida no los afecta sólo porque, como dicen algunos, tienen “madre, hijas, pareja”. En un país donde más y más hombres jóvenes se matan entre sí, donde se tortura, mata y desecha a mujeres y niñas, no se puede vivir en comunidad ni desarrollarse como persona plena. Más que “aliarse al feminismo”, podrían asumir como propia la lucha por la igualdad y actuar en consecuencia.
Para las mujeres, la exigencia de cambio no empieza el #8M ni termina el #9M. Estamos dando un paso más en la lucha por la igualdad y la justicia para todas. #NiUnaMenos.
*Feminista, crítica cultural y profesora de estudios de género y literatura.








