Xtenía 11 años cuando un hombre de 20, amigo de la familia, abusó de ella.
A Y un día su esposo la golpeó en la cocina de su casa porque ella no quiso continuar una discusión que se estaba poniendo álgida. Él enfureció y la agredió.
A Z su pareja la intentó ahorcar cuando trató de salir de la habitación porque él se había enojado y encelado irremediablemente cuando ella volteó a ver un mensaje en su celular.
Para X fueron años de terapia lo que finalmente le permitió abordar el tema del abuso que padeció y por el que durante mucho tiempo tuvo la sensación de estar “maldita”. Cuando cumplió los 22 logró verbalizarlo y comenzar un largo camino de reconciliación consigo misma.
Para Y fue todo muy confuso, porque era la primera vez que su pareja la golpeaba (¿eso ya lo hacía un golpeador?). Ese evento de violencia había ocurrido delante de sus hijas y lo primero que hizo Y cuando se sintió con calma suficiente para hablar, fue decirles a las niñas: “Papito perdió la cabeza un momento, pero todo va a estar bien”.
A Z la relación con su pareja la llevaba a tales límites de alteración nerviosa con el discurso de “no me amas realmente, si me amaras no harías esto o aquello” que durante meses vivió en un estado de angustia constante. Él todo el tiempo dudaba de la palabra de Z, tratándola de mentirosa, de potencialmente infiel, odiando sus salidas a trabajar. Z tenía que orillarse si iba manejando y recibía un mensaje porque debía contestarlo inmediatamente, si no quería represalias. Debía ser muy consciente de cómo saludaba a sus amigos varones, si les daba un abrazo, para no exceder la cantidad de segundos que eran apropiados. Una vez, cuando de nueva cuenta su pareja no la dejaba salir de la habitación, en su desesperación descontrolada Z estrelló una botella contra la pared. “Estás como loca”, y sí.
A X, ya de adulta, un querido compañero de trabajo le dio una nalgada al salir de una reunión. Porque sí, porque se le antojó. X sintió el rubor, la vergüenza y el enojo, pero no supo cómo reaccionar. Volteó a verlo con indignación a lo que él respondió como si fuera un niño descubierto en su travesura: “¡Uy! Me pasé, ¿veá?”.
No sé cómo pueda medirse la cantidad de tiempo, energía, hasta dinero diría yo, que tiene que invertir una mujer en conservar la salud emocional y mental. Porque a estas anécdotas extraordinarias (o tal vez no tanto) se suman las preocupaciones y los miedos de la cotidianidad. Cómo debo vestirme, quién viene caminando detrás de mí; otra vez tengo que ponerle un freno a fulano, que no entiende que no me gusta, que de la nada me diga “mi reina”; disculpa, Señor Funcionario, pero no dejes tus manos en mi cintura cuando me saludas.
Yo soy X, Y y Z. No sé qué habría pasado si en esa ocasión hubiera luchado en vez de rendirme cuando me estaba ahorcando. “Ya” le ofrecí con un hilo de voz, como diciendo “ya no voy a querer irme”. No sé si él por sí mismo se habría detenido. En nuestro país, todos los días, por lo menos 10 hombres no se detienen. No es difícil pasar de hacer comentarios sobre nuestra forma de vestir o de comportarnos, a intentar controlar los encuentros que tenemos con los o las amigas. De querer reprobar los proyectos de trabajo que aceptamos, a retenernos por la fuerza. De obligarnos a hacer algo que no queremos hacer, a lastimarnos verbal y físicamente.
Mi hija S tiene 17 años. Va en primero de preparatoria y los jueves toma un curso para alfabetizadores, de 4 a 8, en su misma escuela. Está entusiasmadísima con eso y a mí me enorgullece y me conmueve verla tan interesada, leyendo los ensayos que les dejan para estudiar, y preguntándose la diferencia entre conocer algo y verdaderamente saberlo. S no puede salir sola a la calle cuando oscurece. Conoce las historias y sabe que corre riesgos. Una tarde caminando de vuelta a casa, una Van se detuvo cerca de ella y pensó “ya valió”. Mi hija menor, A, cuando tenía 10 años, me dijo un día: “Mamá, mejor vámonos a vivir a Cuba, allá las niñas pueden salir solas. Y hablan cubano, que se parece mucho al español”. No sé qué va a significar para ellas haber crecido con esta permanente sensación de peligro. Por eso celebro y me uno a la posibilidad de esperanza que tenemos enfrente.
La bomba estalló. La acumulación de pequeños y enormes agravios desbordó la olla y no se puede tolerar más. No es necesario explicar que, como respuesta natural a tanta agresión e injusticia, el péndulo haya querido tocar el extremo. Las mujeres gritando y rompiéndolo todo, amenazando, avisando, “se va a caer, lo vamos a tirar”. Y es que ya no hay otro camino más que el de la desarticulación de un sistema y de una forma de comportamiento que básicamente imposibilitan a las mujeres vivir en libertad.
No podíamos impunemente tomar decisiones por nosotras mismas, no podíamos ejercer nuestra sexualidad sin apodos, no podemos aún caminar con serenidad por la calle. Las feministas jóvenes vinieron a decirnos que lo que ha sido no tiene por qué seguir siendo. Que las cosas que aprendimos hombres y mujeres sobre cómo relacionarnos es eso, un aprendizaje que puede ser remplazado por otro, donde nuestros pasos no se sientan como pisadas que aplastan a quienes están habituados a dirigir el camino.
También nos enseñaron que podemos decir que no a cosas desagradables que considerábamos normales. Y además vinieron a validar ese aire de inconformidad y asfixia al que hemos estado acostumbradas sin saber cómo movernos de lugar. “¡Ni madres!”, dijeron ellas. Y yo lo agradezco.
Señores, mientras aprenden a conocer su miedo y su enojo, mejor no se acerquen. No nos miren, no nos quieran, no nos cuiden, no ofrezcan nada, amárrense la boca, amárrense las manos.
Muchas mujeres de mi generación crecimos con el aparente cobijo de no ser tocadas ni con el pétalo de una rosa, con la caballerosidad de dejarnos pasar primero, de no decir peladeces en nuestra presencia, y de llenarnos de flores y apapachos por nuestros sacrificios el día de la madre. Gracias, pero no gracias.
Todavía a veces me doy cuenta que la palabra “feminista” me resulta ajena. La búsqueda de la aprobación masculina, tan automática para muchas de nosotras, me condiciona en ocasiones. No quiero su enemistad, señores. Quiero su respeto. Tengo dos hermanas, dos hijas y montones de amigas. Va mi parte en este movimiento, por ellas y por mí. Por todas las que no conozco y por las que ya no están. l
*Actriz, productora y dramaturga.








