El “boom” del blindaje arquitectónico

La industria del blindaje arquitectónico crece de manera acelerada. No sólo son dependencias públicas las que protegen sus inmuebles, sino particulares que, ante la creciente espiral de violencia, refuerzan paredes, ventanas y puertas de sus viviendas con materiales capaces de resistir descargas de fusiles AK-47 o de los poderosos R-15.

La industria nacional del blindaje arquitectónico –para casa habitación y negocios particulares– creció de manera acelerada en los últimos tres años.

En la capital y el Estado de México los particulares suelen proteger sus viviendas con blindaje tipo cuatro, que detiene descargas de AK-47; en lugares más violentos, como Tamaulipas, Veracruz o Guanajuato, se instala el nivel siete, que no pueden penetrar los disparos del R-15, potente rifle de asalto empleado por el ejército de Estados Unidos y arma preferida de los narcotraficantes mexicanos.

Esa industria rebasó niveles de protección que en América Latina sólo se vieron a principios de los noventa en Colombia, después de que el narcotraficante Pablo Escobar hizo estallar edificios gubernamentales.

Actualmente, acaudalados mexicanos recurren al nivel siete o hasta el 10 para proteger su casa o su familia. Muchos mandan construir los llamados safe rooms (habitaciones seguras). Uno de estos recintos, con un área de nueve metros cuadrados, blindado con nivel tres, tiene un costo mínimo de 45 mil dólares (casi 900 mil pesos).

Los costos van de acuerdo con el nivel de violencia de la zona en que se encuentra la casa, negocio u oficina.

René Rivera, presidente del Consejo Nacional de la Industria del Blindaje (CNIB), quien en 2014 fabricó estructuras blindadas para las puertas de Palacio Nacional, comenta a este semanario:

“Mi primer trabajo fue blindar las oficinas de la PGR en Reforma 75. Traje un producto muy novedoso, que impedía que los disparos desde fuera penetraran los ventanales, pero los disparos desde dentro sí salían.

“Al principio el contrato lo tenía otra empresa. Su gente llevaba los cristales en camiones y usaban montacargas o plumas para levantar los vidrios que pesaban 150 kilos por metro cuadrado, mientras que el que yo ofrecía pesaba la mitad, tenía menos grosor y mayor resistencia. Al ver estas ventajas, el procurador Jorge Carpizo le rescindió el contrato a la otra empresa y me dio mi primera oportunidad.”

En aquella época, en 1993, el porcentaje de blindaje arquitectónico era incipiente. Los servicios de inteligencia, previendo que ocurriera algún atentado de alto impacto contra un funcionario de alto nivel del gobierno “decidieron empezar a poner este tipo de blindaje en las oficinas del titular de la PGR, del procurador capitalino, así como las de los secretarios de Marina y Defensa Nacional”.

 

Cultura preventiva

 

Rivera señala que antes del levantamiento armado zapatista del 94, él fue comisionado para blindar instalaciones de la CFE, desde las que se generaba la energía eléctrica que se distribuía a los estados de México, Morelos, Hidalgo, Tlaxcala y el Distrito Federal.

Así se empezó a gestar una cultura de seguridad preventiva, no reactiva. En cambio, en Chiapas no vieron venir el conflicto zapatista y empezaron a trabajar de manera reactiva, dice el entrevistado.

“En 1993, cuando empieza el boom del blindaje, 95% de nuestros clientes eran dependencias públicas, así como empresarios de alto poder adquisitivo. En la PGR se incrementó la seguridad porque ese año detuvieron a uno de los hermanos Arellano Félix y capturaron en Guatemala al Chapo. En aquella época el sistema de inteligencia ya preveía lo que iba a pasar”, señala el presidente del CNIB.

–¿Ahora cómo está la demanda de blindaje arquitectónico?

–Ha cambiado mucho. Ahora la demanda proviene de la sociedad civil en un porcentaje que fluctúa entre 85 y 90%, mientras que el porcentaje restante se va a los tres niveles de gobierno. Esto lo atribuyo a que existe la percepción de que a pesar de que el gobierno hace su mejor esfuerzo contra la delincuencia, no se da abasto, pues hay demasiados frentes abiertos. Y si ahora los despedidos de la Policía Federal se van a la delincuencia organizada, no quiero decirle cómo se va a poner la cosa.

Hoy, dice, se ataca a la estructura del crimen organizado por delitos relacionados con las drogas, pero eso ha elevado el secuestro, los cobros por derecho de piso, las extorsiones y la trata de personas. Esos delitos estaban muy contenidos o simplemente no existían.

Además, algo que poca gente sabe, es que en 2006 Estados Unidos levantó la prohibición de la venta de rifles de asalto. A partir de entonces cualquier civil puede comprar los que quiera. No es tanto la famosa guerra contra el narcotráfico del presidente Felipe Calderón, sino que se da esa coyuntura. Por eso empiezan a entrar tantas armas a México; y, con ello, se inicia la violencia despiadada.

Esto, asegura, fue el caldo de cultivo para la demanda de blindaje por parte de la sociedad civil.

–¿En qué consiste el blindaje arquitectónico?, ¿qué es lo que pide un particular al solicitarlo? –se le pregunta.

–¿Sintió algo diferente al entrar a esta oficina? –dice a la reportera–. En los ventanales tengo instalado material balístico de vidrio, no soy secuestrable ni nada por el estilo. Pero contra pistolas Mágnum 44 estoy protegido. Los particulares piden que la seguridad sea discreta. No puede ser ostentosa, ya que el blindaje arquitectónico consiste en proteger puertas, ventanas, domos, en poner un cristal blindado de policarbonato balístico. Quieren que no haya manera de que las balas entren.

 

Las “zonas calientes”

 

El entrevistado invita a la reportera a una residencia de Jardines del Pedregal donde está trabajando. Los dueños, dice, le pidieron que blindara puertas y ventanales, así como el acceso al segundo piso y que convirtiera la habitación matrimonial en el safe room familiar.

Para mostrar la resistencia de los cristales, pide a uno de sus acompañantes que golpee uno con fuerza. El marro rebota una y otra vez con cada golpe, sin dañar el cristal.

Comenta que en la mayoría de los asaltos en el Estado de México y en la Ciudad de México los delincuentes llegan con pistola, no con rifles de alto poder, como ocurre en Michoacán y Guanajuato, donde recientemente mataron a un uniformado en su casa. Ahí sí llegan con rifles de asalto R-15.

El blindaje arquitectónico podemos dividirlo por regiones: en el Estado de México, la Ciudad de México y una parte de Morelos se emplean los niveles tres y cuatro, a prueba de todo tipo de pistolas, donde la más potente es la Magnum 44 y el cuerno de chivo (AK-47), que le gusta mucho a la delincuencia.

Las zonas “calientes” como Tamaulipas, Guerrero, Veracruz, Nuevo León, Chihuahua, Guanajuato requieren de niveles más altos de blindaje, que van del siete al 10, resistente a armas más potentes, como el R-15.

“Los materiales balísticos que instalamos en los hogares, los podemos dividir en opaco o trasparente. El opaco puede ser acero balístico, polietileno y kevlar; el transparente es policarbonato o cristal blindado con respaldo de policarbonato.”

En la CNIB hay 13 empresas asociadas que, además del arquitectónico, trabajan otros tipos de blindaje, como el automotriz, el táctico y el corporal; este último para prendas de vestir como chalecos y chamarras.

El arquitectónico, señala, ha tenido gran demanda, pues es antivandálico: “En 2014, cuando quemaron la puerta Mariana de Palacio Nacional, me pidieron desarrollar un dispositivo para protegerla. Lo hicimos también para las puertas de Honor y Central. En 2015, durante una marcha de los padres de los estudiantes de Ayotzinapa, no lograron dañarla porque le pusimos una estructura con policarbonato antivandálico.

“Las puertas tiene una escalera para que agentes del Estado Mayor Presidencial o de la Policía Federal –corporaciones que ya desaparecieron– pudieran ver hacia afuera, porque de nada te sirve tener una estructura que te impide la visibilidad externa, eso te impide actuar.”

Cada puerta blindada se compone de dos módulos desmontables que, de ser necesario, tardan ocho minutos en colocarse. De esta manera, en lo que una manifestación tarda en llegar a Palacio Nacional, las puertas originales de madera ya están protegidas. Además, no hay manera de que alguien pueda meter las manos para tratar de quitarlas porque no hay espacio; además, cada módulo pesa 800 kilos. Si un automóvil llegara a impactarse, tampoco podría hacerle daño.

El presidente de la CNIB extraña al personal del desaparecido Estado Mayor Presidencial, entre ellos al coronel Manuel Guevara, quien, dice, todos los días le pedía hacer pruebas para comprobar el buen funcionamiento de las puertas.

“En 2017”, recuerda, “fue la última vez que me llamaron para darles mantenimiento y ajustarlas. Esto es muy necesario porque el piso de Palacio Nacional se hunde y las desnivela. Es una tristeza que el presidente López Obrador prefiera guardarlas; puede utilizarlas en lugar de que los policías rocíen con gas lacrimógeno a las jóvenes que protestan por el feminicidio, como ya ocurrió.”

 

Blindaje antivandálico

 

El entrevistado también habla del blindaje antivandálico:

“La delincuencia –sostiene– cambia constantemente su modus operandi. Ahora prolifera mucho, por ejemplo, el robo a joyerías. En 2014 empezamos a trabajar para una cadena comercial muy importante cuyo nombre no puedo mencionar por cuestiones de seguridad. Nos contrataron para blindar las puertas y mostradores, porque unos ladrones se metieron a robar una de sus sucursales. Ahí colocamos un material que detiene el vandalismo.”

En la Ciudad de México un blindaje antivandálico de 12 milímetros con protección para que no se raye, se emplea en las vitrinas porque tiene una transparencia sorprendente. Es un material de 40 kilos por metro cuadrado, lo más que te detiene es una pistola Magnum 44. Si le disparan con un cuerno de chivo, la bala es tan caliente que funde el cristal. Este material es antivandálico, resiste golpes de bates y balas.

El precio varía según la zona:

En la Ciudad de México una ventana de 1.50 metros de alto por 4 de ancho cuesta unos 18 mil dólares en un nivel tres de blindaje. Si fuera en un nivel siete, sería de 33 mil dólares; y una puerta sencilla sale en 4 mil dólares en Guanajuato.

“La puerta de entrada a una casa o negocio está sobre unos 70 mil pesos en un nivel tres. Otra, que acabo de fabricar con una ventana de vitral, costó 125 mil. Le ponemos una cerradura de 10 bulones (cilindros) que entran en el marco de la puerta: lleva tres, para reforzarla.

“El blindaje antivandálico es contra la delincuencia común. Hay clientes que nos llaman y nos dicen: ya estoy harto de tener la ventana que da a la calle, llena de rejas –son los delincuentes quienes deben de estar tras las rejas, no yo–; ahí colocamos cristal blindado”, añade Rivera.

Explica que también hay demanda de chapas biométricas. Algunas pueden leer el contorno de una mano o reconocer un dedo. De hecho, en muchas casas piden que estén enrolados el papá, la mamá, los hijos y por lo menos un integrante del personal de servicio.

“El robo a casa ha aumentado últimamente. Tenemos muchas solicitudes del Pedregal, en la Ciudad de México; en el fraccionamiento de Cumbres de Santa Fe, que tiene una seguridad brutal: vigilancia y control de plumas en los accesos, hay robos. Nos dicen que llegan bandas de extranjeros, rentan una casa y se mimetizan. Se dan cuenta de que a los colonos no les revisan las cajuelas de los coches, cuando asaltan una casa sacan las cosas en la cajuela.”

Sin embargo, la industria del blindaje también enfrenta la falta de control de las empresas que se dedican a este sector de manera informal:

“Existen alrededor de 100 empresas a nivel nacional debidamente registradas de blindaje arquitectónico, antivandálico, automotriz, corporal y táctico. Nosotros estamos debidamente registrados en la Dirección General de Seguridad Privada.

“Sin embargo, hay muchos negocios sobre los que esta dirección no tiene control. En 2014 contaba con 240 empleados, actualmente tiene sólo dos. Así es imposible regular a la industria. Esto es peligroso, muchos clientes pueden resultar engañados”, concluye Rivera.