La violencia en el país desde hace mucho tiempo se encuentra desatada. Cada año aumenta, como lo indican los datos oficiales, los noticieros y los reportajes. El impacto ha afectado a toda la sociedad en sus consideraciones, temores, descripciones y soluciones, manifestadas de manera variada; también en la pintura, la música, el teatro, el cine, la poesía y la novela, entre otros.
En la narrativa destacan la novela y obra de teatro Contrabando de Víctor Hugo Rascón Banda, Balas de plata de Elmer Mendoza, Cástulo Bojórquez de César López Cuadras, Sicario de Homero Aridjis, Trabajos del reino de Yuri Herrera y El país de las mandrágoras de Ethel Krauze. A este grupo se suma Eduardo Antonio Parra con la novela: Laberinto (Literatura Random House; México, 2019, 264 p.).
La historia inicia cuando, después de muchos años, se encuentran en una cantina dos hombres que rememoran una terrible matanza, ocurrida en un pueblo llamado El Edén. Ahí se enfrentaron dos grupos armados para disputarse el territorio. La lucha fue atroz y no respetó a hombres, mujeres, niños y animales, menos a los inmuebles: casas, escuelas, oficinas… En esa batalla pocos sobrevivieron y muchos abandonaron el lugar.
En Laberinto, Eduardo Antonio Parra muestra cómo el afán de poder desata el deseo de aniquilar al adversario. La disputa ciega a los contendientes y arrasa con todo aquello que se les interpone. El resultado es una destrucción despiadada. En esta guerra, quienes son ajenos se esconden o huyen por el instinto de sobrevivencia, pero también por las emociones que llevan a la solidaridad y el apoyo.
La estrategia narrativa que utiliza Parra para contar la anécdota es el diálogo de los personajes, con lo que recrea lo sucedido y sus recuerdos. Así, con ambas dimensiones, recupera los hechos y emociones que le dan sentido a los diferentes actos.
Laberinto es una novela descarnada que dibuja con acierto el horror de la sinrazón, así como la pulsión afectiva necesaria para perdurar.








