En Guta, ciudad satélite de Damasco, diezmada por la guerra bajo el constante bombardeo del ejército de Assad y la aviación rusa, un grupo de médicos ha instalado un servicio hospitalario en una red subterránea de túneles que la gente apoda “la cueva”; la doctora Amani Ballor dirige esta clínica del quebranto, a pesar de su condición femenina que la expone al vituperio constante de los mismo que se benefician de su ayuda; según ellos, una mujer debería permanecer en su casa, muestra de la calcificación de un dogma cultural literalmente a prueba de bombas.
Se trata del documental La Cueva (The Cave; Dinamarca-Alemania-Qatar-Hong Kong-Francia-Reino Unido, 2019) de Feras Fayyad, documentalista apenas nominado al Óscar, conocido por Los últimos hombres de Alepo, anterior documental también nominado, pese a que la visa de entrada a los Estados Unidos le haya sido negada debido a la prohibición de Trump contra países del Medio Oriente.
No han faltado testimonios sobre la crisis humanitaria en Siria, una de las más graves en lo que va del siglo XXI; la singularidad del trabajo de Fayyad consiste en mostrar formas de heroicidad espontánea de ciudadanos, otrora comunes, como los cascos blancos, entregados a apoyar y rescatar a víctimas del conflicto a costa de su propia vida; en el caso de La Cueva, el realizador sirio expone la presencia activa de la mujer en la persona de la pediatra Amani Ballor, animosa para enfrentar el horror de la devastación, y maternal para consolar y alentar a los heridos, como en el caso de la niña con cáncer a quien anima a que se convierta en médico cuando crezca.
Si un documental como De padres e hijos (dirigido por Talai Derki) muestra el entrenamiento y los ritos de iniciación a cargo de los padres convertir a los niños en jihadistas, La Cueva instala al espectador en eso de lo que ni la misma guerra se escapa: la cotidianeidad. Vivir al día en Guta significa sobrellevar el pánico de explosiones constantes, atender heridos y mutilados, disponer de cadáveres, despejar un poco la polvareda y el humo para que pueda respirar un niño hospitalizado; significa también cocinar, aguantar el sabor insípido del arroz, o recurrir a la música clásica para aliviar un mínimo el dolor de cirugías sin anestesia.
Otro rasgo que distingue esta cinta es el empeño por experimentar estilística y psicológicamente; Fayyad no pierde de vista el rostro de Amani Ballor, apenas visible de entre la vestidura obligada en su cultura, escudriña gestos y reacciones frente a los impactos de las bombas, observa la entereza frente el dolor humano, y sobre todo logra resonar con el cuerpo frágil de esta mujer, descubre la coordinación del estruendo de los bombazos con el ritmo de su respiración; junto con la cámara, la ingeniería de sonido capta el estallido en los huesos, la alteración del aliento, la vibración de la construcción, acero y concreto, y el retumbar en el suelo.
No es fácil rodar un documental de guerra que capte el horror desde el punto de vista de los participantes. Fayyad capta el infierno de las bombas químicas, el efecto del gas, inconcebible, en las criaturas, y el desaliento, por momentos, de la doctora; a pesar de la claustrofobia de la guerra y de los túneles, La Cueva respira e ilumina.








