“Judy”

Que Judy (Reino Unido, 2019) comience en medio del rodaje de El Mago de Oz con prados de flores artificiales en colores saturados, mientras Louis B. Meyer (Richard Cordery), jefe de la MGM, ogro descomunal, pontifica ante una diminuta Judy Garland (Darci Shaw, Judi joven) el credo fundamental de la empresa a su cargo, promete un desmontaje del mito de Hollywood. 

Formado en la escena londinense con pesos completos como El rey Lear o Macbeth, el director Rupert Goold no cumple con la expectativa de desmontar el “star system”; a cambio, manipula los flashbacks, que incluyen acoso e incitación a los fármacos en la confección de la estrella, para explicar el deterioro psicológico de la actriz. Judi se asume como mero espectáculo, ya sea en las estupendas noches de gala en el Talk of the Town en Londres durante el último año de su vida, o el oprobio de su adicción al alcohol, su caída en pleno escenario, y el colapso emocional y físico.

La obra de teatro Final del arco iris (End of the Rainbow) de Peter Quilter, en la que Rupert Goold basa el guion de Judi, supo explotar el espectáculo de la vida de la estrella traicionada por Hollywood; por más que Judi (Renée Zellweger), acorralada en la entrevista televisiva, exclame que sólo es Judi durante una hora en el escenario y el resto de día aspire a estar con sus hijos y ser feliz, realizador y público saben que justo esa imposibilidad es ya parte de la función, el mito del precio del talento, su gloria e infierno. 

Goold trata de equilibrar la leyenda con hechos de la vida real, por ejemplo, logró asesorarse de Rosalyn Wilder (Jessie Buckley), la encargada de apoyar a Judi Garland durante las presentaciones en el Talk of the Town. Muy poco de lo que se dice o aparece en la pantalla es ficticio: no hay mucho que inventar, biografía y anecdotario acumulan todos los temas del artista maldito, infancia calamitosa, explotación de un talento con el que otros se hacen ricos, excepto ella, infortunio en el amor, maridos que se aprovechan y la engañan, además de tener que separarse de lo más querido, sus hijos. ¿Hasta dónde es lícito convertir todo esto en espectáculo? Lo más seguro es que el mito siga creciendo.

Renée Zellweger, nominada, por supuesto, al Óscar, se funde en el personaje de esa Judi Garland que el público quiere, entiende el miedo que la habita, la espiral de muerte que la arrastra, y se acomoda ahí; en el mejor momento el pánico escénico se transforma en fuerza, y no sólo el talento, sino las tablas, la inversión financiera de Hollywood desde la infancia de la actriz se deja sentir y ver frente al público londinense. Se agradece que Zellweger interprete con su propia voz las canciones célebres, aunque se pierda por completo la oscuridad de la voz que fascina en la última etapa de la Judi Garland decadente, la pura mímica se vería grotesca.

Pese al buen elenco, que hace lo mejor para sostener su papel, la mayoría de los personajes sólo representan aspectos de la estrella moribunda, por eso parecen poco desarrollados, meros fetiches para escenificar su vida y ayudar a que se exprese; Judi es el monólogo de una actriz que se explica frente a su público, ese al que le pide que no la olvide. En la secuencia, ficticia, del encuentro con una pareja gay que invita a Judi Garland a cenar a su casa y juntos cantan, Rupert Goold aprovecha el ícono gay para acercar a Judi a la gente, la que mantiene viva a la protagonista del mundo de Oz.