La corona de Gran Bretaña está pasando por otro de los múltiples escándalos que ha protagonizado desde cuando Isabel II ascendió al trono. En primera instancia su ascenso se produjo por una sucesión accidentada: No debió ser reina, si llegó al trono fue debido a que su tío abdicó y por tanto le tocó a su padre ser rey. Al morir el monarca prematuramente, la hija mayor, Isabel, ocupó su lugar casi sin quererlo, aunque después permaneció al frente de la monarquía sin mostrar visos de querer abdicar en favor de sus descendientes. A sus 93 años continúa siendo la jefa de la dinastía y enfrentándose a todos los desaguisados que van surgiendo por la rebeldía de uno y otro miembro de la familia real.
Por supuesto los medios se alimentan de dichos escándalos, los agrandan, lanzan a sus paparazi en busca de imágenes. Las nueras de Isabel II han estado en la cresta de la ola desde el matrimonio de Carlos y Diana. La muerte de la princesa dio lugar a todo tipo de comentarios en torno a la actitud de la reina frente a sus funerales, se resistía a darle trato real debido a que se había divorciado de su esposo. Actualmente el anuncio de Megan y Henry de que desean retirarse de la familia real y ser independientes, vuelve a poner sobre la mesa la actual circunstancia que atraviesa la monarquía en todo el mundo, especialmente en Europa.
La corona (The Crown), serie de Netflix, inició su difusión hace alrededor de unos seis meses. Recientemente se difunde la segunda temporada. Se trata de una obra que aborda el reinado de Isabel II desde que aún princesa se casa con alguien de su elección. Viene luego el deceso de su padre y su ascenso al trono. Cada uno de los episodios aborda un tema específico. La joven se deja ver como lo que es: ignorante en todo salvo en materia de caballos. Su afición juvenil a la equitación es todo su bagaje para jugar su papel: Figura de autoridad o más bien fiel de la balanza ante los problemas que le plantean sus primeros ministros. Winston Churchill es quien la guía entre los vericuetos de la política inglesa, le explica las distintas opciones y hace que desarrolle un sentido de equilibrio entre posturas. Al término de la temporada había tratado con siete primeros ministros, tanto laboristas como conservadores.
La segunda temporada inicia 25 años después de su coronación. La actriz que hace de reina cambia, interpreta de manera más suelta aunque le falta el rigor de la antecesora en cuanto a gestos y modales característicos de Isabel II. El parecido físico es mayor en la segunda que en la primera ejecución.
Debe destacarse, por un lado, la impecable realización; los detalles de ambiente y vestuario están muy cuidados, nada desentona con la época y los lugares. La fotografía acompaña a la acción sin volverse protagonista. Por otro, el contexto está delineado así prevalezcan los conflictos familiares, lo cual se explica por qué la serie, pese a sus asomos críticos, en realidad justifica la existencia de la monarquía y produce una imagen favorable, humana de una personalidad que ha sido vista como rígida y poco agradable.








