“1917”

Con el fin de entregar a un comandante un mensaje que salvaría la vida de cientos de militares, un par de soldados emprende un largo y penoso recorrido desde su trinchera hasta el frente enemigo. La trama de 1917 (Reino Unido-E.U., 2019) es una mera línea recta, la distancia más corta entre dos puntos. Con amor a la geometría euclidiana, Sam Mendes escribe y dirige la épica de estos mensajeros en el escenario de la Primera Guerra Mundial, un filme rodado, de manera aparente, en un solo plano secuencia.

Basado en un mínimo relato de su abuelo, el novelista Alfred Mendes a quien dedica el filme. Sam Mendes acompaña a Blake (Dean-Charles Chapman) y a Schofield (George McKay) a través de un infierno de lodo, cadáveres y ratas, pavor del exterminio bélico que el cinematógrafo Roger Deakins compone en poesía de luz y sombra. Desde el búnker en medio de las trincheras donde un general (Colin Firth) les encomienda la misión hasta el sitio donde un coronel está a punto de librar batalla contra un ejército alemán que ha tendido una trampa letal. Habrá que saltar las trincheras, cruzar la tierra de nadie, escurrirse por un campamento enemigo, atravesar un pueblo y serpentear un río.

Por más que, como toda épica, el camino esté lleno de obstáculos, aventuras con monstruos que asedian en la oscuridad, resulta difícil, como espectador, resistir la tentación de no buscar las costuras y artificios del supuesto plano único; entre el avance tecnológico y el virtuosismo, la manera de descubrirlo es apoyarse en el código narrativo con el que Sam Mendes acomete todo un acto de prestidigitación.

Desde la entrada al búnker del general la cámara cruza un umbral de oscuridad y así, entre descampados, niebla, explosiones, construcciones en ruinas, subterráneos, la costura parece invisible, los segmentos se adivinan en las transiciones de luz; apoyado en la música de Thomas Newmann, los diferentes episodios componen estrofas, momentos de cierta paz, claridad, y se alternan con sobresaltos y sucesos sangrientos. Todo es trampa, terreno minado en 1917; tras la línea Hindenburg, supuestamente abandonada, se prepara una emboscada a gran escala.

La narración depende de hilos muy finos; a nivel emocional, no basta con el heroísmo del cumplimiento, el hermano de Blake se halla del otro lado de la línea, fallar significa muerte segura; Schofield maldice la misión, le importa poco el heroísmo, tanto que cambió una medalla por una botella de vino; las sensaciones, ver, escuchar y tocar, imprescindibles para sobrevivir en la carrera, se hallan amenazadas de muerte, niebla y carroña. El realizador calibra a su gusto la intensidad en los efectos de percepción, en el descampado aparecen primero los caballos putrefactos, luego cadáveres humanos, y por si alguien mira todo desde la distancia, Blake se hiere una mano por accidente y al tropezar mete la mano dentro de un cadáver en plena descomposición. 

1917 es una montaña rusa de imágenes y emociones que sorprenden y nunca parecen gratuitas, el plano secuencia de dos horas y la habilidad que Sam Mendes ha ganado con la franquicia de James Bond para dirigir secuencias de acción, le permiten al espectador vivir en el campo de batalla. Después, la experiencia se desvanece por esa tendencia del cine Hollywood de aplanar la imagen del enemigo; los alemanes, sin rostro, se presentan como meras máquinas de exterminio.