“Por la gracia de Dios”

El título proviene de un lapsus que soltó el cardenal Barbarin, acusado de encubrimiento, en una conferencia de prensa cuando se felicita de que, gracias a Dios, los delitos del padre Preynat por abuso sexual a niños ya abrían prescrito después de 30 años. Este escándalo de la vida real es el punto de partida de Por la gracia de Dios (Grâce à Dieu; Francia-Bélgica, 2018), el tríptico con el que François Ozon ilustra la denuncia de algunas de las víctimas de pedofilia de un sacerdote, muy estimado por la comunidad de la ciudad de Lyon. El movimiento que resulta, “La palabra liberada” (La Parole Libérée) ha identificado a 70 víctimas.

Ozon combina ficción y realidad para armar su historia; la cinta se estrenó un mes antes del resultado del juicio en contra de Preynat, y adapta la historia de Alexandre (Mevil Poupaud), François (Denis Ménochet), Emmanuel (Swann Arlaud), boy scouts en manos del siniestro cura en los años 80. Sin caer en el sentimentalismo, el relato solo rompe su formalismo, un tanto documental, por medio de flash-backs que ayudan a entender cómo cada uno de ellos interiorizó la experiencia; la imagen es recatada, una puerta que se abre, una tienda que se cierra, pero la descripción del abuso, en palabras, es explícita, y ahí radica el horror.

Alexandre es un abogado católico, casado y con cinco hijos, que tiene clara la diferencia entre la fe cristiana y la conducta delictiva de ciertos sacerdotes; de manera lúcida, Ozon, no cristiano, no ataca a la Iglesia en tanto que institución, sino a la hipocresía y al encubrimiento. Presionado por el Vaticano, el alto prelado sugiere la intervención de una psicoanalista (Martine Erhel), católica a cargo de atender a las víctimas de abuso en el seno de la Iglesia, que sugiere que todo se arregle con un encuentro de perdón entre las partes. Interpretado por Bernard Verley, veterano de cine que sale de Jesucristo en La Vía Láctea (1969) de Buñuel, acepta su delito sin pedir perdón, se declara enfermo y se esconde, ya no en la institución sino en el síntoma.

En este punto, Ozon toca la llaga de una institución milenaria que recurre al perdón como recurso invencible, propuesta sublime que por desgracia ya no cala, y que ahora se apoya en fórmulas terapéuticas igualmente huecas; parte de la mala fe que se le adjudica a la Iglesia en estos casos de abuso depende de este perdón burocrático. En el espléndido juego de ojos del actor, Ozon capta la realidad del pedófilo, perverso incurable más que pecador, el delito estriba en el abuso del poder de su investidura.

En el solapamiento se involucran también las familias, pocos apoyan a las víctimas, unos prefieren negar la realidad, otros quisieran que ya no se agitara más la mierda, como dicen textualmente; la historia de François, ateo y colérico, contrasta con el carácter analítico de Alexandre, se desarrolla a manera de drama de clase media. Aunque aparece tarde en la historia, el personaje más interesante es el de Swann, epiléptico, el más vulnerable y dañado, y el que mejor interioriza el abuso sistemático; visceral y digno de una novela de Dostoyevski.

El tríptico de Ozon funciona a manera de tres testimonios, desarrollados entre el documental y el thriller, incluso con poco de humor sin perder el respeto a estas víctimas que se liberan por medio de la palabra.