“Largo viaje hacia la noche”

Virtuoso, sin preparación formal, Bi Gan pertenece a la clase de realizadores hipnotizados por la revelación del cine contemplativo de autores como Tarkovski, tanto que Largo viaje hacia la noche (China-Francia, 2018) asimila por completo, a la vez que libera, sus influencias poéticas y las integra a la experiencia del joven que creció en la era del internet y los video-juegos.

Luego de una ausencia de casi 20 años, Luo Hongu (Huang Jue) regresa a su pueblo en las montañas de Guizhou para asistir al funeral de su padre, y comienza a obsesionarse con la memoria de Wan Quiwen (la bella y talentosa Tang Wei, otrora expulsada de la pantalla por el gobierno chino por sus escenas de sexo en Lust, Caution, la cinta de Ang Lee); al involucrarse con la mafia del lugar, la pareja tuvo un romance corto pero intenso, y las reminiscencias se mezclan con el deseo de lo posible si hubieran logrado escapar a Macau.

Como en su primera cinta, Kaili Blues, Bi Gan explora la memoria afectiva a la vez como fuente de dolor e hilo de Ariadna para escapar del laberinto de remordimientos y anhelos que persiguen a sus personajes; de manera intuitiva, este joven director de 29 años explora diversas formas de reticencia y represión inconscientes: Luo tropieza con trozos de un pasado vivido pero no entendido; Wildcat, un amigo asesinado por la mafia, ronda por ahí; o esa visita en la cárcel a una amiga de Quiwen (la directora taiwanesa Sylvia Chang) cuya celda se diluye cuando ella evoca sus propios recuerdos.

A la manera de Wong Kar-wai (Cenizas del tiempo), la voz en off de Luo narra y reflexiona sobre el pasado, el universo se torna memoria pura, la realidad es concreta y onírica, la música y el ritmo de los movimientos de la cámara funcionan como refranes de canciones; si se tiene que describir, el estilo de Bi no aspira a la elegancia de Wong ni a su perfecta caligrafía, sino que es un extraño compuesto entre Tarantino y Tarkovski, una experiencia exci­tante y deshilachada como la de navegar por el internet.

Pese a la complejidad visual, elipsis narrativas, condensaciones de tiempo y personajes, como el adolescente que es y no es el fantasma de Wildcat, muy a lo David Lynch, Largo viaje hacia la noche no exige gran esfuerzo por parte del espectador, Bi Gan pertenece ya a esa generación que no focaliza más de tres minutos seguidos. En la segunda parte, Luo entra a un cine muy ramplón y ahí se coloca unos lentes oscuros, señal para que el público saque sus propios lentes porque comienza el espectáculo en tercera dimensión.

La secuencia en 3D, una toma sin cortes, dura 59 minutos, verdadero vuelo onírico donde el deseo sexual se realiza y el espíritu se libera; el truco es sencillo: un simple dron lleva la cámara, y siete ensayos y dos días de producción parecen insignificantes para el resultado sorprendente de materializar en la pantalla el sueño de volar sin alas. Según declara Bi, el recurso al cine 3D no se inspira del cine de superhéroes, sino de los años cincuenta, y afirma que la memoria afectiva construye, por sí misma, imágenes en tercera dimensión.

Quizá debido a la soltura de sus trazos, los accidentes de un rodaje tan aventurado se convierten en bonos de producción que podrían pasar por estudios meticu­losos, como el caballo que aparece por ahí y evoca la pintura onírica del pintor Fuseli. Al igual que el título, en inglés, de la obra de O’Neil, Bi Gan toma lo que le gusta y le suena bien para su gran acto de magia cinematográfica.