Rodolfo Reyes

Se necesitan más figuras como la de Rodolfo Reyes, bailarín, coreógrafo, asesor institucional y etnógrafo en la danza de México. Su condecoración a la Medalla de Bellas Artes 2019, que le otorgó el martes pasado el INBAL, representa un cambio positivo en la institución por revalorar la dimensión política de la danza.

Autor de Chicomexóchitl (1974), coreografía sobre el ritual del maíz de grupo nahua de la huasteca veracruzana, Reyes (1936) tuvo una formación rural en San Cristóbal de las Casas –donde nació– y también artesanal. Ahí aprendió a hacer figuras de barro que cocía en horno, primer acercamiento con la forma y volumen del cuerpo a la usanza tradicional.

No viene de la danza en primera instancia, sino de la escultura, como puede notarse en su origen, al cual dio continuidad cuando migró a la Ciudad de México al inscribirse en “La Esmeralda”, teniendo como maestros y líderes a artistas del movimiento del muralismo mexicano de la primera mitad del siglo XX –David Alfaro Siqueiros, Frida Kahlo y Diego Rivera.

Sin embargo, se desplazó nuevamente. Esta vez de disciplina artística: De la escultura a la danza moderna, inspirado por el bailarín y maestro afrodescendiente Xavier Francis (1928-2000). En 1956, Reyes se registró en la Academia de la Danza Mexicana y formó parte del Nuevo Teatro de Danza, fundado por Francis en 1954. 

En 1960 decidió quedarse en Cuba, luego de una gira en este país encabezada por la coreógrafa Guillermina Bravo (1920-2013), entonces directora del extinto Ballet Nacional de México, cuya postura compartía el espíritu nacionalista con el muralismo.

Ya radicado en la isla, el autor de Nimbe (1974) intensificó su formación y trayectoria durante los tiempos revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX, pues realizó otra migración de la danza moderna a la folclórica.

Reyes se unió a la fundación del Conjunto Folclórico Nacional de ese país en 1962 para aliarse con el proyecto de nación de Fidel Castro (1926-2016), mientras Alicia Alonso (1920-2019) seguía conformando el Ballet Nacional de Cuba (1959) con el mismo propósito.

A partir de 1969 se trasladó a Chile para dirigir el Ballet Folclórico Nacional durante el gobierno democrático de Salvador Allende (1908-1973), del cual tuvo que salir debido al golpe de Estado que marcó la etapa antinacionalista en ese país sudamericano.

Su regreso a México en 1974, con un cúmulo de experiencia sobre la relación entre danza, etnografía y política, le abrió la puerta de la Universidad Veracruzana, bajo la rectoría de Roberto Bravo Garzón, para echar las raíces de lo que sería el Ballet Folclórico de esa escuela.

En ese año, las bases de Reyes consistieron en ejecutar etno-coreografía. Organizó el extinto Taller de Reconstrucciones Etnográficas, sin usar el recurrente término ballet de aquella época que tenía un sentido colonizador, junto con el antropólogo Román Güemes y el arpista Alberto de la Rosa.

Su postura artística daba alto valor a las danzas originales de la región nahua de Veracruz, cuya traducción al lenguaje escénico implicaba variaciones creativas realizadas colectivamente en aquel taller. 

El también asesor de la Escuela Nacional de Danza de Nicaragua en los años ochenta –país donde combatió hasta las balas siendo parte del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (Revista Interdanza, No. 57)–, pudo desarrollar una expresión contextualizada con apertura a las corporalidades de los pueblos latinoamericanos y calculada resistencia a la cultura globalizante. Sin duda, es un acierto que el INBAL, dirigido por Lucina Jiménez, lo condecore en la categoría de danza en el primer año de la 4T.