Señor director:
En octubre último estuve en la inauguración de la exposición Xolos, compañeros de viaje, en el hermoso y legendario Exconvento de Nuestra Señora del Carmen de San Ángel, aquí en la Ciudad de México. Ha sido por demás muy visitado, ya que el tema por sí solo evoca por su importancia una gran mexicanidad.
Grande fue mi decepción al recorrerla y observar con tristeza una oportunidad perdida, la de dar a conocer al visitante la historia, mitología, importancia y el papel destacado de este animal en la cultura y arte nacionales, además del estado de extinción en el que se encuentra esta raza canina, patrimonio cultural vivo nacional (aún no declarado).
Para empezar, si el título era “Xolos”, haciendo referencia al gran xoloitzcuintle, no tenía justificación que ocupara el mayor espacio de la exposición el perro tlalchihi, ya desaparecido que habitó principalmente en el occidente de México en lo que hoy es Colima, y admirado en bellísimas piezas de barro que se conservan casi intactas en las tumbas de tiro dentro de una gran tradición funeraria.
Inexplicablemente no se aprovecharon las magníficas colecciones de piezas bellamente elaboradas del xoloitzcuintle que, bajo el resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), existen en el Museo de Antropología, Templo Mayor y Tenayuca, por mencionar algunos espacios, además de colecciones particulares (es el caso de quien suscribe) y la sociedad civil que tienen autorizadas y concesionadas, y que han sido ofrecidas sin ánimo de lucro, pero sin obtener respuesta alguna de parte de las autoridades.
Tristemente, la exposición refleja nulo conocimiento del acervo del INAH. Por citar una pieza representativa alusiva al tema está la excelente pintura de carácter costumbrista que fue exhibida en el Castillo de Chapultepec, Paseo de la Viga. Biombo con desposorio de indios y paseo de Iztacalco, Siglo XVIII, donde se aprecia a la población indígena acompañada de xolos, así como muchas otras pinturas, esculturas y alegorías en las que se ha representado a este canino en extinción.
Por otro lado no quisiera dejar de mencionar que lo mejor de la muestra es la valiosa colaboración del doctor Raúl Valadez, gran conocedor, y de los artistas plásticos Sergio Peraza y Jorge Marín, con excepcionales esculturas.
Afortunadamente existen personas y grupos preocupados por el desconocimiento de esta preciosa raza; personas que apoyan, procuran y salvaguardan esperando el gran homenaje merecido al compañero de viaje en la vida y en la muerte, tal como los antiguos mexicanos lo llevaban en el corazón.
Da la impresión de que la exposición se preparó con mucha prisa para el festejo de muertos tan celebrado en México, sin guion y con una curaduría muy deficiente.
Sabemos de las grandes carencias de recursos financieros y humanos que padece actualmente el INAH. Por esta y otras razones las autoridades deben voltear a ver a la sociedad civil que con mucho entusiasmo está dispuesta a participar, sin otro interés que promover y difundir el conocimiento de la raza, prueba de ello es que existe gran número de investigaciones particulares y ediciones de publicaciones de carácter personal que han intentado, sin recursos, lo que las autoridades menosprecian. Confiamos en que algún día esto cambie.
Atentamente:
Jorge de la Cruz Alvarado y Granados








