En un lugar remoto de Suecia donde llegan viajeros por mar, Tina (Eva Melander) trabaja en la aduana, y posee el extraño don de detectar, por medio del olfato, cuando un viajero tiene miedo, siente culpa y esconde algo. Su físico es desagradable, casi monstruoso, y sin embargo parece bien adaptada a la cultura sueca, maneja su propio automóvil, vive con su novio en una casa en medio del bosque, y se muestra compasiva con su padre recluido en un hogar para ancianos.
Una vez en casa, Tina se relaja, camina descalza en medio de los árboles, nada desnuda en el estanque, y especialmente se vincula con los animales, sobre todo con los insectos; un día detiene a un viajero con un físico parecido al suyo, Vore (Eero Milonoff). La atracción es irresistible, luego lo invita a vivir en su casa; con él comparte su gusto por el musgo, la tierra húmeda, el agua, los insectos, y descubre el gusto de comer gusanos.
Border (Gräns; Suecia-Dinamarca, 2018) es la adaptación que hace el iraní Ali Abbasi de un cuento de John Ajvide Lindqvist, escritor conocido por la película Déjame entrar (Let the Right One In, 2008); Abbasi expande la narración y profundiza en asuntos como la pedofilia, fronteras de género, tortura, ostracismo, y combina la frialdad metálica del policíaco sueco con la calidez del realismo social.
Inventariada de esta manera, la trama podría sonar al panfleto de un inmigrante que pontifica contra la incomprensión de la cultura europea; pero el director se expresa con la voz de Vore cuando éste clama que la raza humana es una enfermedad, su discurso va más allá de las fronteras del primer mundo. Border queda lejos de ser la suma de sus partes, con la acumulación de temas que preocupan a cualquiera, Abbasi compone una melodía muy oscura sobre la humanidad y lo que significa ser humano.
Ali Abbasi y sus colaboradores inauguran una nueva manera de contar un relato fantástico; en vez de utilizar escobas voladoras, fórmulas mágicas o atravesar paredes, los personajes se hunden en el humus de la naturaleza, en sensaciones carnales que apenas se diferencian del bestiario de ciervos, zorros e insectos que atraviesa la película. Y si el espectador puede compartir la experiencia, es gracias a esa forma humana que Tina y su amante liberan junto con sus instintos al contacto del agua y el lodo.
De un lado, los llamados seres normales, los humanos de la película y los del público; del otro, la monstruosidad de Tina y Vore. Pero la frontera se pierde cuando esta pareja hace el amor; lo extraordinario de las escenas de sexo en la tierra o en el agua no sólo depende del éxtasis que Tina descubre desde el fondo de sí misma, ni de las sorpresas que el espectador se lleva con la mecánica sexual de estos seres, sino que la naturaleza misma despierta y participa en el acto amoroso. He aquí una estupenda ilustración de la orgia dionisiaca, la del eros liberado sin tabús.
Tal liberación es física y psicológica; en las escenas de amor Tina se desprende de la vergüenza de ser diferente, de sentirse para siempre afectada por un error de cromosomas. “Eres perfecta”, le dice este amante sátiro, seguidor de Baco.








