El siglo de la hoz y el martillo

A la memoria de Eduardo González Ramírez,

colaborador editorial de Proceso

Los grandes logros en temas de políticas sociales a lo largo del siglo XX no se entienden sin analizar el papel que jugó el Partido Comunista en la historia mexicana. Válidamente, puede decirse que la actual izquierda mexicana no se explica sin la existencia de la hoz y el martillo entrecruzados. La tenaz lucha de esa agrupación es narrada aquí por Jorge Alcocer, uno de sus más distinguidos militantes.

Este lunes 25, a las 12:00 horas, en solemne ceremonia que será presidida por el presidente López Obrador, los restos mortales de Valentín Campa Salazar serán depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres. Entre los asistentes estaremos algunos que convivimos con el viejo dirigente comunista, trabajador ferrocarrilero, preso político en Lecumberri (1959-1971), candidato presidencial sin registro legal en 1976 y diputado­ federal en la LI Legislatura (1979-1982). En 1989 Campa participó en la fundación del PRD, partido en el que militó hasta su muerte, en 1999.

Lo que seguramente la mayoría de los asistentes al Panteón de Dolores no sabrán es que Valentín Campa ingresó al Partido Comunista Mexicano en 1927 y que como dirigente obrero y militante comunista participó en 1936 en la fundación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), junto a otro inolvidable dirigente también comunista y obrero, Miguel Ángel Velasco, quien compartió estancia con el escritor José Revueltas, entonces joven militante del PCM, en las Islas Marías, que al prolífico escritor y ensayista nutrió para escribir su más conocido relato, Los muros de agua. 

Tampoco sabrán, nadie se los ha contado y es difícil encontrar libros de historia que consignen esos hechos, que Valentín Campa fue contemporáneo de otros comunistas que estamparon su impronta en la historia de México en múltiples campos. Como Úrsulo Galván, dirigente campesino fundador de las ligas de comunidades agrarias, de las que nació, en los años treinta del siglo XX, la Confederación Nacional Campesina (CNC). Todavía se puede ver en la carretera de Orizaba a Veracruz el monumento, en forma de pirámide, dedicado a ese comunista, y que en sus cuatro costados tiene por decenas el emblema del PCM: la hoz y el martillo.

Valentín convivió con Herón Proal, un singular comunista de los años veinte y treinta, quien hasta la fecha sigue en espera de un biógrafo. Proal fue fundador del primer sindicato de prostitutas del que se tenga noticia, en su natal Veracruz, donde también organizó asociaciones de inquilinos en defensa de sus derechos. No menos intensa fue la relación de Campa con artistas que mantuvieron con el PCM una tormentosa relación, más semejante a la de apasionados amantes que a una militancia política, como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Frida Kahlo, Tina Modotti­ y otros destacados escritores, pintores, escultores, músicos y artistas de renombre nacional e internacional. 

No es exageración escribir que la historia del México posrevolucionario (1920-1940) no se entiende ni se podría explicar sin la participación del Partido Comunista Mexicano. Organización fundada un 24 de noviembre de hace 100 años (1919); fue disuelto por voluntad de sus militantes y diri­gentes el 24 de noviembre de 1981. Así se dio paso a una nueva formación, el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), que se transformó en Partido Mexicano Socialista (PMS). En mayo de 1989 esa fuerza cedió su registro legal y patrimonio al Partido de la Revolución Democrática (PRD), del que se desprendió, en 2014, eso que hoy se denomina Morena, que obtuvo su propio registro y en ese sentido, aunque sólo en ese, puede presumir no deber nada al PCM.

El PCM fue, por su trayectoria y herencia, uno de los partidos que merecen ser considerados “históricos” en el México del siglo XX. Junto al PRI y el PAN, fundados 10 y 20 años más tarde, respectivamente, el PCM fue más constructor de organizaciones que de instituciones, pero su impronta está marcada en buena parte de la historia mexicana a partir de los años veinte. El PCM fue un “partido histórico” en el sentido que el intelectual y dirigente comunista italiano Antonio Gramsci dio al concepto. Por eso, cabe afirmar que sin su trayectoria y herencia es imposible entender el arribo al gobierno de México de algo que, aunque no se sepa o no se admita, está emparentado, en línea directa, con la historia de los comunistas mexicanos. 

No existe una historia ordenada ni sistemática de la trayectoria del PCM, desde su origen hasta su disolución. Hay varios libros que dan cuenta de algunas etapas de esa larga historia. Sin embargo, el proyecto de escribir y publicar la historia del comunismo en México, que Arnoldo Martínez Verdugo –secretario general del PCM (1958-1981)–, ideó a finales de los años setenta, nunca pasó de ser eso, un proyecto. 

Como otros partidos comunistas de América Latina, el de México sufrió los vaivenes, extravíos y deformaciones de la política impuesta desde Moscú por los acólitos de Stalin. A través de la Internacional Comunista (Komintern, por su nombre en ruso) aquéllos impusieron y depusieron dirigentes a lo largo y ancho del continente, siempre en función de los intereses de la burocracia de la URSS, la “patria del socialismo real” a la cual había que proteger y defender a toda costa y por encima de cualquier otra consideración. 

Las purgas internas fueron características del PCM durante varias décadas. Su figura principal en los años treinta, Hernán Laborde, fue desbancado como secretario general y expulsado a instancias de la Komintern, por negarse a colaborar en los atentados que terminaron costando la vida a León Trotsky. Al cargo fue llevado un modesto dirigente obrero, Dionisio Encina, que con el respaldo de Moscú y gracias a las frecuentes purgas –también se les conoció como “depuraciones”– se mantuvo al frente del PCM de 1940 a 1959, los años de mayor sometimiento a los dictados del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

Sin la participación de los comunistas no se explica la fundación de los principales sindicatos de industria, como los de mineros, electricistas, ferrocarrileros, petroleros, panaderos y muchos otros que durante el cardenismo (1936) confluyeron para la fundación de la CTM. Cuando por decisión del presidente Lázaro Cárdenas los comunistas fueron impedidos de presidir la nueva central obrera, colocando en lugar de Miguel Ángel Velasco a Vicente Lombardo Toledano, varios de los grandes sindicatos abandonaron la asamblea de fundación y se negaron a ingresar en la naciente CTM.

Tampoco sería explicable, como apunté líneas arriba, sin la participación de los militantes del PCM, la creación de las centrales campesinas y las primeras organizaciones populares, que hoy serían llamadas de la “sociedad civil”. En muchas de ellas, los comunistas tuvieron no sólo un papel destacado, sino que las encabezaron varios años. La impronta del PCM marca la historia sindical, campesina, popular y las artes de México durante las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX. 

En 1929, cuando Plutarco Elías Calles tomó la decisión de fundar el Partido Nacional Revolucionario (PNR) como instrumento para transitar del México de caudillos al de las instituciones, el PCM estaba cumpliendo su primera década de vida activa y su presencia se hacía sentir en múltiples ámbitos del quehacer político, sindical y agrario, sin olvidar su decisiva influencia en la vida cultural de aquellos años, expresada a partir de 1933 en la creación y trabajos de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR).

Un hecho poco conocido es que bajo el influjo de la política de “unidad a toda costa”, con la que desde Moscú se decidió hacer frente al ascenso del fascismo en Europa, en América Latina los partidos comunistas fueron sometidos a una política de sumisión a los gobiernos que la URSS consideraba progresistas. Ese fue el caso del PCM, que durante el cardenismo vivió sus momentos de mayor influencia de masas y, paradójicamente, a punto estuvo de desaparecer. 

En 1938, al convocar Lázaro Cárdenas a la fundación del PRM, el secretario general del PCM, Hernán Laborde, envió una carta al congreso fundacional solicitando que los comunistas fueran admitidos en el nuevo partido de la Revolución. Curiosamente, no fue la oposición de sus militantes, sino la inveterada desconfianza del general Cárdenas hacia los comunistas mexicanos, lo que provocó la respuesta negativa a la eutanasia del PCM. Pasaron más de cuatro décadas para que los comunistas, por otros motivos y con otros proyectos, por segunda vez tomaran la decisión de desaparecer. 

Los años de la Segunda Guerra Mundial fueron para el PCM de sometimiento a los dictados de la URSS, de apoyo al gobierno de Manuel Ávila Camacho y de hermandad con el PRM. Desde el cardenismo, cada aniversario de la Revolución Mexicana, el 20 de noviembre, participaban como oradores centrales el presidente nacional del PRM y el secretario general del PCM. La unidad a toda costa concluyó cuando Estados Unidos e Inglaterra decidieron que la amenaza para Occidente era la URSS y el comunismo, dando inicio a la llamada Guerra Fría. Consecuencia inmediata fue que en 1948 al PCM le fue cancelado su registro legal y quedó privado del derecho a participar en procesos electorales. Se inició en aquel año la larga etapa del partido semiclandestino, que se prolongó hasta 1977.

De 1948 a 1958 el PCM siguió bajo la influencia­ y dictados de Moscú, en una interminable purga de cualquier militante o dirigente que se atreviera a cuestionar las políticas dictadas desde la URSS. Sin embargo, la muerte de Stalin y el posterior conflicto chino-soviético movieron las aguas del pantano comunista en todo el mundo. En México, al finalizar los años cincuenta, un grupo de jóvenes dirigentes, con Arnoldo Martínez Verdugo a la cabeza, destituyó a Dionisio Encina de la secretaría general e integró una dirección colegiada, de la que finalmente el sinaloense, nativo de Pericos, resultó como secretario general, cargo que ocupó hasta 1981. 

El arribo de Martínez Verdugo al PCM coincidió con una oleada de movilizaciones sindicales y obreras de importancia nacional. Los movimientos magisterial y ferrocarrilero de finales de los años cincuenta del siglo XX tuvieron a los comunistas como activistas y dirigentes de primera línea. La represión fue la respuesta del gobierno. Demetrio Vallejo y Valentín Campa, dirigentes ferrocarrileros, fueron encarcelados. Al mismo tiempo que en la economía daba comienzo el llamado “desarrollo estabilizador”, un manto de represión y antidemocracia cubrió a México. No fue sino hasta 1968, al generarse el movimiento estudiantil, que los comunistas, sin pretender la paternidad o dirigencia principal, fueron participantes y, en algunos casos –contados– dirigentes. 

Los primeros años de los setenta fueron para el PCM una etapa en búsqueda de su nuevo camino. Habiendo criticado la invasión soviética a Checoslovaquia, la dirección del partido, con Martínez Verdugo a la cabeza, inicio un proceso de aggiornamiento democrático, no sin antes superar la dura prueba de la radicalización de algunos de sus dirigentes juveniles y campesinos que optaron por la vía armada. Unos en la Liga Comunista 23 de Septiembre y otros en la guerrilla rural, con Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas como los dirigentes más destacados.

Pertenezco a la última generación de militantes que ingresó al PCM cuando aún carecía de registro legal y derechos electorales. En mi caso fue en 1976, por lo que mi primera campaña fue la de Valentín Campa a la presidencia, como candidato sin registro. Fui testigo y participé en los debates sobre la legalización del partido antes y después del anuncio de la reforma política, en el primer año de gobierno de José López Portillo. 

Cuando en 1979 el PCM, cabeza de la Coalición de Izquierda, logró llevar a la Cámara de Diputados a 18 legisladores, tuve la suerte de ser designado para coordinar el Grupo de Asesoría Parlamentaria (GAP), primero y único en su género. Trabajé y me eduqué con diputados de la talla de Valentín Campa, Ramón Danzós Palomino (candidato presidencial sin registro en 1964), Othón Salazar Ramírez (dirigente magisterial en 1958, primer presidente municipal de izquierda de Alcozauca, Guerrero), Gerardo Unzueta Lorenzana; Gilberto Rincón Gallardo y Martínez Verdugo, quienes al lado de dirigentes de otros partidos de izquierda, como Carlos Sánchez Cárdenas y Alejandro Gascón Mercado, imprimieron un nuevo derrotero al ya para entonces sexagenario PCM. 

La disolución del PCM y su conversión en PSUM fue resultado de una larga marcha que permitió dejar atrás las visiones de la revolución como asalto al poder para asumir, poco a poco y no sin contradicciones, las reglas de la democracia. En esa transformación un hombre fue decisivo: Arnoldo Martínez Verdugo. 

Arnoldo encabezó la toma de distancia del autoritarismo soviético en 1968, cuando los tanques rusos cortaron de raíz la primavera de Praga, apagando cualquier esperanza en la autocorrección de la URSS y su bloque. Arnoldo condujo al PCM por las turbulentas aguas de la tentación guerrillera de inicios de los años setenta y lo llevó a la reconquista de sus derechos legales en 1978, sin ceder a las presiones y seducciones de don Jesús Reyes Heroles, hasta que fue el propio veracruzano quien ideó la solución para que el PCM volviera a estar, en 1979, en la boleta electoral y en los órganos de la representación popular.

Fue Arnoldo quien, en una cena que se prolongó hasta la madrugada, a inicios de 1981, nos confió su balance de la visita que había realizado meses antes a los países socialistas, la URSS, China y Cuba incluidos. Con una mezcla de pesadumbre y esperanza, Arnoldo nos dijo esa noche a Eduardo González –destacado militante, colaborador de Proceso– y a mí: “Los partidos comunistas no tienen futuro, los crímenes cometidos en nombre del comunismo los inhabilitan para acceder democráticamente al poder. Tenemos que hacer otro partido”. 

Y lo hicimos. Y luego otro y luego otro. La generosidad del PMS al entregar –en 1989– al PRD el registro conquistado por el PCM en 1979, abrió un nuevo rumbo para la izquierda mexicana. Por eso vale decir que la izquierda de hoy, la que es y como es, no se explica sin la hoz y el martillo, entrecruzados, que un 24 de noviembre ondearon por vez primera en una bandera roja, en México, hace 100 años.