La Gagosian con la Varejao en el Museo Tamayo

Aún cuando la brasileña Adriana Varejao es una de las artistas más originales y sugerentes de la escena contemporánea global, la exposición que presenta el Museo Tamayo en la Ciudad de México es no sólo parcial y repetitiva en su narrativa curatorial sino, también, opaca y cuestionable en lo que corresponde a su gestión.

¿Qué significa que la poderosa galería de presencia global Gagosian, participe con 48 obras realizadas en 2018 –3 círculos cromáticos de gran formato, 33 retratos y 12 círculos cromáticos de pequeño formato–, ocupando aproximadamente el 74% del total de la exposición? 

Desde la cédula introductoria, el Museo Tamayo informa que la exposición se realizó con el apoyo de Gagosian; ¿en qué consistió ese apoyo y qué beneficios obtienen tanto el museo como la galería? Describir la colaboración no sólo transparentaría la relación entre el mercado y la institución gubernamental sino que, asimismo, confirmaría que el discurso antineoliberal de la 4T no es simulación.

Nacida en 1964, Adriana Varejao inició su trayectoria en el contexto de las apropiaciones postmodernas de la pasada década de los años ochenta.  Excelente como dibujante y de una expresividad cromática sumamente fina y atmosférica, la artista desarrolló una pictoricidad hiperrealista que, con base en la apropiación de imágenes e imaginarios colonialistas-portugueses se expandió hacia la tridimensión, convirtiendo referencias cárnicas en metáforas de las heridas humanas y culturales de la colonización.  

Centrada en la apropiación de referentes tan afectivos y típicos como los azulejos barrocos que, con sus tonos azul cobalto, narran historias de dominación cultural ornamentando y cubriendo edificios portugueses de los siglos XVI al XVIII, Adriana Varejao reescribió la mirada que tuvieron los conquistadores sobre los habitantes de Brasil. Creadora de una poética tan violenta como seductora a nivel visual y cerebral, la artista reinterpretó el mestizaje como una antropofagia que, como señala Georges Bataille en su teoría de la religión, se apropia de lo otro al sacrificarlo, comerlo y hacerlo parte de sí mismo.  

Después de realizar, al final de los años ochenta, algunas pinturas que disolvían a las deidades católicas en la sensualidad pictórica y desfigurada de ornamentaciones barrocas, Varejao se apropió de la visualidad de los azulejos para denunciar con imágenes y metáforas cárnicas la otredad colonizada. 

Trabajadas en un hiperrealismo perfecto, sus pinturas percibidas como azulejos se expandieron en relieves y esculturas que evidenciaban, con vísceras objetuales, la existencia de esa otredad que habitaba adentro de la cultura dominante. 

Consciente de que su hiperrealismo no problematiza la pintura, Verajao ha señalado que su propuesta no se basa en explorar la disciplina sino en utilizarla para materializar y visualizar narrativas de reinterpretación histórica y social. Crítica ante la tipología del ser humano con base en su color de piel, después de reinterpretar la pintura de castas a principios de los noventa, en 2015 inició una serie que, bajo el título de Polvo (“Pulpo” en español), presenta distintos tonos de piel a partir de retratos y círculos cromáticos. 

Bajo el título de Otros cuerpos detrás. Adriana Varejao, el Museo Tamayo presenta una selección de piezas realizadas entre 1993 y 2018. Dividida en tres secciones que corresponden a lienzos figurativos de los noventa, selección de la serie Ruinas de carne seca y la versión 2018 de la serie Polvo que presenta Gagosian, la exposición abunda en relieves cárnicos y retratos, sin abordar series como Platos, Kindred, Hojas y Baños.