Con Donald Trump todos los caminos llevan a Rusia. Esa es la imagen de traición que el presidente de Estados Unidos proyectó al mundo cuando anunció el repliegue de sus tropas en Siria, dejando el paso libre al gobierno turco para invadir bastiones kurdos, antes aliados contra el terrorismo, y abriéndole las puertas a Moscú para erigirse como autoridad en la zona de conflicto. ¿El costo de la política exterior de Washington? Aún no es claro, pero hay indicios de que el califato de terror resurgirá.
A lo largo de octubre, “traición” podría ser la palabra más repetida sobre Estados Unidos. La usan los kurdos del norte de Siria, quienes pagaron con sangre el costo de la decisión de la Casa Blanca de darles la espalda, abandonándolos ante la ofensiva del ejército turco mientras Donald Trump le obsequiaba al presidente de Rusia, Vladimir Putin, el control de Oriente Medio.
En los países árabes e Israel resuenan las acusaciones de traición; lo mismo ocurre en Europa pese a que los señalamientos están envueltos en la tersura del lenguaje diplomático. Lo dicen hasta los rusos, beneficiarios directos de las decisiones del mandatario estadunidense.
Lo peor para Trump es que la idea de que él ordenó arrojar a los leones a un aliado que peleó duramente al lado de sus tropas contra un temible enemigo común, el Estado Islámico (EI) –y de que con ello le regaló el escenario a Putin–, se ha abierto paso como una tromba en la política y en los medios de Estados Unidos, así como entre las comunidades militar, de seguridad e inteligencia. Incluso, entre sus compañeros del Partido Republicano y los comentaristas que lo han apoyado.
En un momento en que sus rivales demócratas creen haber hallado las evidencias para destituirlo, mediante un proceso ya iniciado de impeachment, y en el que necesita más que nunca el respaldo unificado de sus correligionarios, éstos han expresado –con visibilidad sin precedente en este siglo– su discordia y rechazo hacia una decisión emanada de un presidente de sus propias filas. Dos terceras partes de los legisladores republicanos apoyaron el miércoles 16 una resolución no vinculante de la Cámara de Representantes que condena el retiro de las fuerzas estadunidenses del norte de Siria, aprobada abrumadoramente por 354 votos en favor y sólo 60 en contra.
También lamentan el tremendo golpe que está recibiendo la imagen de Estados Unidos al desechar a un socio y la manera como lo ha hecho Trump, menospreciándolo y poniendo en duda su utilidad, su compromiso y su honestidad.
Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado, describió la asociación que tenían con los kurdos como una “alianza sensacional” que hizo retroceder al EI. “Lamento que estemos donde estamos”, agregó.
El senador republicano Roy Blunt dijo que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, “no ha sido un aliado confiable y los kurdos sí lo han sido”; y su compañero Joni Ernst añadió que “de verdad hemos abandonado a un aliado estratégico, los kurdos que apoyaron en la lucha a nuestros hombres y mujeres de uniforme”.
Pero a los estadunidenses no sólo les apenan las imágenes de mujeres kurdas asesinadas y de decenas de miles de personas escapando de las ciudades.
Les impactan las fotografías y videos que muestran que donde antes había aliados kurdos ahora hay soldados del gobierno sirio de Bashar al-Asad que Estados Unidos trató de derribar y que, como fuerza de interposición entre ellas y los turcos, ya no están las tropas estadunidenses (a las que les arrojaron comida y piedras en su retirada) garantizando los intereses de Washington en la zona, sino pelotones rusos.
También desaprueban que la tregua de cinco días que el vicepresidente Mike Pence –enviado por Trump a Ankara el jueves 17– logró obtener de Erdogan, sólo sirvió de puente para que éste y Putin, reunidos en Sochi, Rusia, el martes 22, acordaran un nuevo pacto de repartición de la zona kurda-siria: fue como entregarles la estafeta a los rusos para que acaben la carrera y reciban el trofeo de la hegemonía regional.
Dicho acuerdo que deberá estar plenamente en marcha por la mañana del martes 29 prevé que las fuerzas kurdas se retiren más de 32 kilómetros de la frontera con Turquía (o si no, “serán aplastadas por la máquina militar turca”, advirtió el vocero de Putin, Dmitry Peskov), cediendo el control de seis de sus siete ciudades, cuyas poblaciones quedarán bajo ocupación extranjera tras ocho años de disfrutar de un autogobierno.
Se trata de una franja de 440 kilómetros de largo, de los cuales unos 120 –de Tal Abyad a Ras al Ain– permanecerán bajo dominio turco y el resto está recibiendo tropas rusas y del gobierno sirio.
El establishment se opone a Trump
Los kurdos, cuya población está repartida entre Turquía, Siria, Irak e Irán, y que son el único de los cinco grandes pueblos de Medio Oriente (además de persas, turcos, árabes y judíos) que no tiene Estado propio, emplearon el paréntesis de la guerra civil en Siria para tomar el territorio habitado por los suyos en el norte de ese país, al que llamaron Rojava, con el objetivo de al menos ganar autonomía.
La ofensiva del EI en 2014 se convirtió en un peligro que forzó a todos los contendientes a concentrarse en derrotarlos. Los kurdos fueron los primeros en detener a los yijadistas, que hasta entonces habían parecido invencibles, y Estados Unidos –entonces presidido por Barack Obama– los escogió como aliados. Con grupos árabes y cristianos, los kurdos crearon la coalición Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) que, con apoyo aéreo occidental, encabezó la ofensiva contra el EI hasta su derrota, en marzo de 2019.
Los cerca de dos mil soldados que Washington desplegó en Siria pelearon junto a ellos, pese a las repetidas objeciones de Turquía: los kurdos de ese país, liderados por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), han sostenido una lucha armada de liberación desde 1984.
Erdogan los llama terroristas y exige que la autonomía kurda en Siria sea eliminada. Más aún: su intención explícita es repoblar Rojava con dos millones de los tres y medio que existen de refugiados sirios en su país, arabizando las zonas kurdas.
En Estados Unidos los estamentos militar y de inteligencia, y políticos demócratas y republicanos se manifestaron por sostener la alianza por necesidad porque el EI sigue lanzando ataques y miles de sus miembros, prisioneros de los kurdos, y sus familiares que están en campamentos bajo su custodia, podrían escapar y volver al combate.
También apoyan la alianza por imagen pública, para que no se vea que Estados Unidos abandona a sus aliados; por desconfianza, porque Erdogan, con sus maniobras en sus 16 años en el poder ha entrado varias veces en conflicto con Washington y ha hecho sentir que Turquía es el socio menos confiable de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y por estrategia, ya que la presencia militar estadunidense en Siria apoyaba y se apoyaba en los kurdos, y así no terminaba de ceder el país a la influencia conjunta de Rusia e Irán.
Trump no tiene experiencia en política exterior, no suele leer los reportes sobre la situación mundial que le entregan diariamente, tampoco escucha a sus secretarios de Estado y consejeros y acostumbra tomar decisiones rápidas, a veces espontáneas, orgulloso de confiar en su instinto.
Lo volvió a hacer el jueves 3 cuando Erdogan lo llamó por teléfono y lo convenció de mover las unidades estadunidenses que se interponían entre los tanques turcos y las trincheras kurdas; Trump lo tuiteó de inmediato y el domingo 6 comenzó la invasión.
Desde el oeste, donde ya tenían control de territorio sirio, los turcos avanzaron hacia la población clave de Manbij. Y en tres puntos de la frontera se internaron para cortar la carretera que une a Rojava e iniciaron la toma de las ciudades de Ras al Ain y Tal Abyad, además de docenas de aldeas, como primer paso.
La artillería turca disparó lo mismo contra posiciones militares que contra áreas civiles en los pueblos y ciudades. Muy pronto, unas 300 mil personas se habían lanzado al desierto para escapar de la guerra. Carentes de equipo pesado y de aviación, las fuerzas kurdas retrocedían ante los ataques aéreos y el empuje de los blindados. Cifras preliminares indicaban 231 muertos en Siria y 20 en Turquía, alcanzados por fuego de represalia.
No sólo la gente del lugar se vio atrapada: las unidades estadunidenses designadas para movilizarse cumplieron las órdenes de inmediato y descuidaron las vías de abastecimiento de otros de sus pelotones en posiciones más lejanas. Las que se retrasaron o no habían sido previstas en los planes, de pronto se hallaron en la línea de avance de las tropas turcas y algunos obuses cayeron cerca de ellas.
El domingo 13 se anunció que su retirada sería total, pues en las nuevas condiciones ya no era sostenible que permanecieran ahí. Se advirtió que su extracción se hacía peligrosa en medio de los combates. Su cuartel principal, al sur de la ciudad de Kobani, fue desalojado a toda prisa cuando se aproximaban milicias sirias al servicio de Turquía y dos cazas F-15 lo bombardearon para evitar que se posesionaran de él.
Algunos miembros de las fuerzas especiales declararon a The New York Times que lamentaron el abandono de sus aliados. “Confiaron en nosotros y rompimos esa confianza”, dijo un oficial. “Es una mancha en la conciencia estadunidense”.
Los kurdos descuidaron los campos de prisioneros del EI: los guardaban con sus combatientes mejor preparados y debieron moverlos hacia el frente, dejando a milicianos sin experiencia. Pronto empezaron las fugas masivas de yijadistas. Trump declaró que le tenían sin cuidado “terroristas a 7 mil millas de aquí”, pero la diputada republicana Liz Cheney le recordó que los responsables de la destrucción de las Torres Gemelas “vinieron desde 7 mil millas de distancia”.
Sumisión o genocidio
Ante las señales de que Trump podía abandonarlos a merced del poderoso enemigo, los kurdos iniciaron pláticas con el gobierno de Asad, a fin de facilitar que su ejército recuperara el control de los pasos fronterizos y posiciones estratégicas en Rojava, y que de esta forma disuadiera a Turquía de invadir, a cambio de que permitiera conservar la autonomía kurda.
Asad no cedió: sus negociadores contaban con que muy pronto los kurdos tendrían que elegir entre la sumisión a Damasco y la aniquilación a manos de Ankara. Así fue.
Enfrentados a la realidad de la ofensiva turca, el domingo 13 los kurdos anunciaron el pacto logrado con la intermediación de Rusia.
“A la luz de la traición de Estados Unidos, no tuvimos más alternativa que buscar a Damasco”, dijo Badran Jia Kurd, uno de los principales dirigentes de los kurdos sirios.
“Si tenemos que elegir entre ceder y el genocidio, escogeremos a nuestra gente”, escribió Mazloum Abdi, comandante en jefe de las FDS. “Los rusos y el régimen sirio han hecho propuestas que pueden salvar las vidas de millones de personas que viven bajo nuestra protección”. Llegar a un acuerdo requirió “hacer concesiones dolorosas”, pero no había más opciones: “Nuestra gente está bajo ataque y su seguridad es nuestra preocupación principal”.
Después de ocho años, el ejército de Asad inició su retorno al norte de Siria. De manera coordinada, las milicias kurdas se fueron retirando para permitir la entrada de los batallones de Damasco, que se acercaron a algunas de las zonas por donde había actividad turca. Y Moscú empezó a implementar la espectacular y efectiva sustitución de Washington: a principios de mes, soldados estadunidenses efectuaban tareas de interposición entre turcos y kurdos para asegurarse de que no hubiera choques entre ellos.
Ahora, los únicos que no se han marchado son los turcos, y los que actúan como garantes de paz –pese a que desde 2015 han peleado del lado de Asad– son los rusos.
Las fotografías de soldados rubios que levantan banderas en los edificios de Manbij, y de vehículos que patrullan igualmente con las tres barras horizontales de colores blanco, azul y rojo, adoptadas como emblema de los zares de Rusia desde 1696, han llegado a las pantallas televisivas de Estados Unidos y a los escritorios de sus políticos.
El miércoles 16, en la ríspida reunión que tuvieron con Trump y sus secretarios, con intercambio de insultos, los legisladores demócratas no usaron la palabra traición. Pero poco les faltó: Rusia siempre ha querido “tener un pie en Medio Oriente”, le dijo Nancy Pelosi, líder de la Cámara de Representantes, a Trump: “Con usted, todos los caminos llevan a Putin”.
Una semana después, tras la visita de Erdogan a su aliado ruso en Sochi, la cadena CNN resumía en sus titulares: “Los sueños de Putin se han vuelto realidad”. Y el portal Político adivinaba la posición de Moscú ante el proceso para enjuiciar a Trump: “No, a Putin no le gusta el impeachment”.








