“Midsommar”

Invitada por un amigo sueco, una pareja de americanos viaja al norte de Suecia para asistir a un ritual pagano, de tradición medieval que se celebra veraniegamente cada 90 años, con días enteros sin oscuridad; al grupo de jóvenes antropólogos atraídos por el tema, los recibe una comunidad vestida de blanco: Las flores abundan, runas y signos extraños excitan interés, pero a poco el propósito secreto de la congregación y sus rituales destapan pulsiones reprimidas.

Sin ser propiamente un remake, Midsommar (Suecia-Estados Unidos, 2019) retoma el tema de The Wicker Man (El hombre de mimbre) del británico Robin Hardy, un clásico de horror de los 70, que exploraba el comportamiento de un pueblo del norte de Escocia bajo la influencia de un culto celta; el norteamericano Ari Aster, aclamado como nuevo maestro del horror por su primera cinta, Hereditary (2018), escribe y dirige esta historia que se toma dos horas y media para deslizarse en lo espeluznante, y habrá que esperar la edición del director (director’s cut, 171 minutos) para llenar los huecos narrativos de la esta versión comercial.

La duración cuenta porque Aster no recurre a los sobresaltos propios del género, ni a las angustias provocadas por persecuciones de monstruos o psicópatas asesinos agazapados en la oscuridad; antes que nada, expone la desgracia familiar de Dani (Florence Pugh, la brillante intérprete de Lady Macbeth), la hermana bipolar que se suicida y calcina a sus progenitores. Posteriormente la relación entre Christian (Jack Reynor) y Dani, la tensión dentro del grupo de amigos posgraduados que se comportan como estudiantes de primer año, deja fluir a la vez una veta cómica con la calentura de uno de ellos, Mark (Will Poulter), convencido de que en Suecia las cosas son fáciles con las chicas de la comunidad.

En realidad, Aster busca desarticular el género, en vez de oscuridad, luz, la luminosidad de un verano (“midsommar”, en sueco) que se siente inclemente, los efectos especiales, flores palpitando, sólo sirven para mostrar cómo los protagonistas perciben la realidad bajo el efecto de psicotrópicos, con los supuestos hongos de la región. El guion se apoya en motivaciones de los personajes, no en giros de tuerca. Admirador precoz de Bergman, este joven realizador se apoya en la concisión de diálogos y en la economía de planos, los temas personales y de pareja no resueltos se expresan en pesadillas concretas.

El miedo –pánico si se considera la experiencia dionisíaca a la que se exponen– proviene de la fuerza con que actúa la psique colectiva liberada de la armazón patriarcal; y tal fuerza resulta, obviamente, femenina. Si Aster se logra mantener como maestro del horror (folk horror, para más señas) y madurar su estilo, se hará claro que el temor a la imagen femenina alimenta sus fantasmas (abuela bruja, hermana decapitada en Hereditary), y no será fácil acusarlo de misoginia porque la mujer tiende a tomar el poder y a trascender, aunque al estilo bacante, y quizá sea esto lo que lo aterra y fascina.