Los hijos del sacerdote José Miguel Machorro Alcalá –quien murió a causa de las puñaladas recibidas el 15 de mayo de 2017 en la Catedral Metropolitana– y su madre viven en el desamparo desde hace más de dos años. Las autoridades eclesiásticas se niegan a darles apoyo económico, y cuando llegan a recibirlos, los denigran, como lo hizo el obispo auxiliar Antonio Ortega Franco, quien en una ocasión le dijo a la viuda que sus hijos eran “producto de un error” del padre Machorro.
Por considerarla una familia que mancha la imagen de la Iglesia, la arquidiócesis primada de México se niega a pagar pensión a la viuda y a los tres hijos de su sacerdote José Miguel Machorro Alcalá, quien murió en agosto de 2017, semanas después de ser apuñalado mientras oficiaba una misa en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.
Desde que agonizaba el padre Machorro, su mujer y sus hijos fueron desalojados de la casa parroquial del templo de San Agustín Zoquipa, de la Ciudad de México, donde el sacerdote era párroco y habitaba con su familia, la cual hoy quedó en el desamparo. Los cardenales Norberto Rivera Carrera y su sucesor, Carlos Aguiar Retes, los dos titulares de la arquidiócesis a quienes acudieron en busca de apoyo, no han querido recibirla.
Este caso revela una realidad que trata de encubrir la Conferencia del Episcopado Mexicano: alrededor de 50% de sus 14 mil sacerdotes tienen a escondidas mujer e hijos, rompiendo así el celibato sacerdotal, una norma disciplinaria de la Iglesia que, por cierto, actualmente se está debatiendo en el Vaticano.
La viuda de Machorro, Patricia León Acosta, de 50 años y quien hoy trabaja en una maquiladora para sostener a su familia, comenta con tristeza: “Mis tres hijos y yo hemos quedado en la desprotección. Para las autoridades eclesiásticas no existimos ni tenemos ningún derecho. Nos quieren ocultar, negar. Dicen que somos producto de un ‘error’. Pero lo cierto es que existimos y hoy estamos atravesando por una situación muy difícil”.
Su hijo mayor, Bryan Miguel Machorro León, un joven universitario de 24 años, la secunda: “Hemos tocado puertas en la arquidiócesis de México pidiendo una pensión para mi madre. Pero nos rechazan diciendo que nosotros no tenemos por qué existir. Ni el cardenal Norberto Rivera ni el cardenal Carlos Aguiar Retes han querido recibirnos. Ellos hablan mucho dizque de la caridad cristiana. ¿Cuál caridad?… No la conocen, son unos hipócritas.
“Con la muerte de mi padre yo ahora me vi obligado a trabajar para concluir mis estudios en la universidad y ayudar en lo que pueda a mi familia. Estamos malviviendo mi madre y mis dos hermanos: Irving, de 18 años y quien tiene un problema de retraso, por lo que apenas puede hablar y requiere atención médica; y Harry, de apenas 14 años.”
–¿No han intentado conseguir un abogado para que los defienda?
–No podemos darnos ese lujo. No tenemos dinero para pagar un abogado, apenas nos alcanza para vivir al día.
Los Machorro León, como la mayoría de las familias formadas por sacerdotes que deciden no colgar la sotana y continuar en sus funciones eclesiásticas, tuvo que padecer el ocultamiento, la doble vida y en ocasiones el poco contacto con la figura paterna.
Doble vida
Cuenta Patricia León que conoció a Machorro hace 26 años, durante los festejos a San Miguel el 29 de septiembre de 1993, en la ciudad veracruzana de Nautla, donde ella vivía y donde el sacerdote estaba a cargo del templo de San Miguel Arcángel.
Ese día festivo, relata, ella acudió al templo a pedirle trabajo de secretaria, pues él acababa de llegar y necesitaba apoyo en los quehaceres administrativos de su nueva parroquia. De inmediato surgió una atracción mutua. “Creo que fue amor a primera vista”, dice Patricia.
Refiere que pronto se dio el concubinato, con el conocimiento de los superiores eclesiásticos inmediatos que simulaban no darse cuenta. También la feligresía de esa calurosa zona costeña –a la que poco le importa la disciplina del celibato– sabía muy bien que ella era la mujer del párroco. “Todos me respetaban, al grado de que cuando quedé embarazada por primera vez me organizaron un baby shower”, detalla Patricia.
Nunca contrajeron matrimonio por lo civil. Sin embargo, ella y el cura, sin testigo alguno, realizaron una ceremonia religiosa frente al altar. Ahí expresaron sus votos matrimoniales por la Iglesia, incluso intercambiaron anillos. “Estábamos convencidos de que, si había amor, era porque Dios estaba de acuerdo”, comenta. Ya después sacarían un acta oficial que les reconociera su concubinato.
De Nautla, Machorro fue trasladado a la arquidiócesis primada de México, en 1997, donde estuvo a cargo de dos parroquias antes de llegar al templo de San Agustín Zoquipa, en la calle Oriente número 32 de la colonia Merced Balbuena. Durante esos cambios, en ocasiones su familia llegó a vivir en domicilios distintos al suyo para guardar las apariencias. Pero él siempre se responsabilizó del sostén de sus hijos, con la aprobación de sus superiores, entre ellos el cardenal Rivera Carrera, entonces arzobispo.
Por su lado, su familia siempre respetó una regla que logró sostener la doble vida de Machorro: dentro del hogar era el “esposo” de Patricia y el “papá” de sus hijos, pero de puertas afuera era el respetable párroco y todos debían llamarlo “padre”.
Refiere la señora Patricia sobre su caso: “En la casa yo era su esposa. Pero afuera me convertía en su secretaria y en una catequista más. Mis dos hijos menores llegaron incluso a ser sus acólitos. A todos les dio su apellido, los reconoció como padre. Durante nuestros 24 años de convivencia, sus distintos superiores jerárquicos siempre simularon no saber de nuestra relación”.
Bryan relata: “Durante un largo tiempo él vivió aparte y sólo iba a la casa a dejar dinero para nuestros gastos. Nos mantenía ocultos, solíamos salir de noche en familia para guardar las apariencias. A mí eso siempre me molestó. Le reclamaba el porqué no dejaba el sacerdocio para dedicarse de lleno a nosotros. Podía conseguir otro trabajo, pues ya estaba haciendo un doctorado en derecho en la UNAM. Pero nunca quiso dejar el ministerio.
“Mi padre también sufría mucho por llevar esa doble vida; varias veces lo descubrí llorando. Traía una carga muy pesada. Al final nos llevó a vivir con él a la casa parroquial del templo de San Agustín. Lo hizo porque se sentía muy solo. Ahí nos prometía que pronto se jubilaría y nos iríamos a vivir a Nautla… pero pasó el incidente de catedral y todo acabó.”
El 15 de mayo de 2017, mientras oficiaba misa en la Catedral Metropolitana, Machorro fue atacado a puñaladas por Juan René Silva, un desequilibrado potosino que ahí mismo fue detenido. El sacerdote quedó malherido, se le trasladó primero al hospital Ángeles Mocel de la Ciudad de México y luego se le estuvo atendiendo en Puebla, de donde es originario. Allá su situación se agravó. Se le regresó a la Ciudad de México, donde finalmente murió el 3 de agosto en el Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán.
“La Iglesia nos abandonó”
El sacerdote sufrió una agonía de casi tres meses que acaparó la atención de los medios nacionales e internacionales, por lo que la arquidiócesis, durante todo ese lapso, obligó a la familia del párroco a mantenerse oculta para no manchar la imagen de la Iglesia.
Cuenta la señora Patricia que, tan pronto supo del atentado en catedral, acudió con sus hijos al hospital Ángeles Mocel. Pero ahí, enviados de la arquidiócesis los bloquearon, pidiéndoles que se mantuvieran alejados para que los medios no supieran de su presencia.
Relata la viuda: “En ese momento me pidieron que ya no regresara a la casa parroquial, aunque ahí teníamos todas nuestras pertenencias. Me quitaron las llaves de la casa y algunos objetos de José Miguel que traía conmigo, como su celular y su cartera. Durante tres días, a escondidas, tuvimos que dormir en el hospital, evitando todo contacto con los medios”.
Refiere que el abogado del cardenal Rivera Carrera, Armando Martínez, fue quien les ordenó salir del hospital para evitar un escándalo mediático. Ya sin techo, la familia se fue a refugiar con familiares a Veracruz.
Cuando el sacerdote salió del hospital Ángeles Mocel y fue trasladado a Puebla, su familia nuevamente se reunió con él. Ya fallecido, a su viuda y sus hijos no se les invitó a la misa de cuerpo presente que se celebró en la Catedral Metropolitana. Y en el sepelio, en Ajalpan, Puebla, terruño del sacerdote, la familia tuvo que mantener muy bajo perfil para no llamar la atención.
Cuenta Patricia que personalmente le solicitó apoyo económico al obispo auxiliar Antonio Ortega Franco, encargado de la IV Vicaria de la arquidiócesis y quien fue el superior inmediato de Machorro. Pero éste siempre le dio largas. “En una ocasión, fui a ver al obispo Ortega y me comentó que mis hijos y yo habíamos sido un ‘error’ de su subalterno”, dice la viuda.
La familia también intentó hablar personalmente con Norberto Rivera para ver si podía otorgarles una pensión. Acudieron a sus oficinas, en la calle Durango de la colonia Roma. Les cerraron el paso. Volvieron a acudir ahí para dejarle una carta al cardenal. Nunca recibieron respuesta.
A principios de 2018 a Rivera Carrera lo sustituyó Aguiar Retes en el cargo. La familia también intentó hablar con el nuevo arzobispo, pero hasta la fecha no lo ha logrado.
“Ahora en la arquidiócesis nos dicen que nuestro caso es un asunto de la pasada administración, por lo que ya no pueden hacer nada por nosotros”, comenta Bryan, quien actualmente trabaja en un expendio de tabaco para poder sostenerse.
Concluye: “Quedamos en el desamparo. La Iglesia nos abandonó. Me sorprende mucho la frialdad con la que nos ha tratado, pero sobre todo su hipocresía; somos como una mancha que trata de ocultar”.
Para Lauro Macías, dirigente de Ministrare, la organización que aglutina a sacerdotes mexicanos casados, el caso de Machorro es uno entre miles.
Apunta al respecto: “De los 14 mil sacerdotes mexicanos que están en funciones, 50% tiene mujer y familia. Es una realidad que la Iglesia en México trata de ocultar para no afectar su imagen. Que yo recuerde, el único obispo que públicamente reconoció esta realidad fue don Bartolomé Carrasco, cuando fue arzobispo de Oaxaca”.
En efecto, a finales de los ochenta y principios de los noventa, Carrasco reconocía que 75% de sus sacerdotes infringían el voto de castidad, muchos de ellos tenían concubinas e hijos; incluso envió un informe al Vaticano donde detallaba la problemática. Y a quienes lo criticaban por ventilar públicamente el tema, les decía: “Que empiecen a arrojarnos piedras quienes estén limpios de pecado” (Proceso 697).
Se calcula que a escala mundial hay alrededor de 100 mil sacerdotes católicos que tienen mujer. Por ello, el Papa Francisco por fin abrió a debate el tema del celibato sacerdotal, a través del Sínodo Amazónico que arrancó el domingo 6 y concluirá el domingo 27.








