Fritz Glockner: Hay que reconocerse en la historia para curar las heridas

Para Fritz Glockner, autor de Los años heridos, la historia de la guerrilla en México, no debe convertirse en héroes a quienes intentaron cambiar la realidad del país por la vía armada, como tampoco a quienes los combatieron, torturaron y asesinaron. Convencido de que existen diferencias éticas fundamentales entre ambos bandos, señala que es necesario que autoridades, sociedad civil y medios fomenten el diálogo sobre la lucha guerrillera de los años sesenta y setenta y los agravios de la Guerra Sucia para sanar las heridas.

 

Napoleón Glockner Carreto, un reputado médico de clase media alta y propietario de un hospital en Puebla, llevó a sus hijos a Disneylandia para después abandonar el hogar. Sólo se supo de él tres años después, cuando fue capturado por formar parte del grupo guerrillero Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), precursor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

“¡Seis meses antes de que mi papá se largara de guerrillero yo estaba en ­Disneylandia, correteando a Campanita, que era mi amor platónico!”, exclama Fritz Glockner Corte, quien tenía ocho años. Tres años después volvió a ver a su padre en las crujías de Lecumberri, con huellas de ­tortura. Luego sería asesinado –acusa– por ­órdenes de Fernando Gutiérrez Barrios.

“Esa es mi huella de dolor”, refiere el historiador que recientemente presentó su libro Los años heridos, la historia de la guerrilla en México 1968-1985, en el cual documenta exhaustivamente los movimientos armados en México y los mecanismos de represión del Estado –asesinatos, tortura, desaparición forzada–, que siguen siendo una llaga abierta de la nación.

En ese libro el historiador y novelista poblano –autor de Veinte de cobre y Cementerio de papel– narra las acciones de los grupos guerrilleros, como el intento de secuestro de Eugenio Garza Sada el 17 de septiembre de 1973.

Glockner no sólo menciona a los dos escoltas del magnate, muertos como éste, sino también llama por sus nombres reales a los miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre que participaron en los hechos, como Jesús Ibarra Piedra, hijo de la excandidata presidencial Rosario Ibarra de Piedra, a quienes el historiador Pedro Salmerón llamó “valientes”, lo que provocó un escándalo por el que fue despedido como director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

Entrevistado el 20 de agosto –antes de la polémica sobre Garza Sada, a quien la senadora morenista Lilly Téllez postuló a la Medalla Belisario Domínguez–, Glockner Corte asegura que la reconciliación en México sólo llegará a través del diálogo:

“Al no existir luz sobre aquella memoria, al encontrarse ésta en el más oscuro de los sótanos de la conciencia colectiva, no se ha generado el diálogo, y eso ha provocado que las heridas continúen abiertas. Para sanar cualquier herida, primero se tiene que reconocer la enfermedad, hacer un diagnóstico y entablar diálogo para empezar a suturar aquella herida.

“Hay viejos fantasmas en todos los bandos. Es obvio que la crispación social generó llantos, lágrimas, horror en todas las casas, eso es dramático, y el drama se resuelve contándolo, reconciliándose.”

–¿Hay condiciones para el diálogo y la reconciliación?

–Las tenemos que construir. Las condiciones no existen en un momento histórico por sí solas, las planteamos la sociedad, la autoridad, los organismos de la sociedad civil, los medios de comunicación.

“Esta euforia enloquecedora de las redes sociales a veces no está contribuyendo, porque no está permitiendo detenernos a ubicar las piezas del rompecabezas y esto está generando que se crispen los ánimos de manera ficticia.”

Glockner está en contra de convertir en héroes a los que participaron en el levantamiento armado y en el combate al mismo. Tampoco cree que deba ­crearse una comisión de la verdad para resarcir a las víctimas, pero ve positivo que haya memoriales y, sobre todo, que el Estado ofrezca disculpas.

Aun así, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en el que él participa como director de la red de librerías Educal, no ha asumido una posición más contundente.

“Incluso en el discurso de Andrés Manuel, aunque estuvo muy cercano a la querida Rosario Ibarra, es un tema que no ha tocado a fondo, no ha puesto el ojo en los resabios de lo que fue la guerra de baja intensidad en nuestro país y que habría que tomar en cuenta de manera clara, clave, no solamente como una creación o generar una nueva fiscalía, como el show foxista. El tema es la reconciliación: si no te reconcilias con el pasado, es difícil que tu presente te permita mirar hacia el mañana”.

–¿Qué podría hacer López Obrador?

–Una comisión de la verdad que realmente replantee y evidencie los nombres de los torturadores y los represores. No estoy de acuerdo en las comisiones de resarcir el daño, porque no es posible resarcir los asesinatos y los desaparecidos políticos, pero sí reconocerse en el pasado.

“Andrés es una persona que se reconoce en el pasado, en Francisco Madero, en Benito Juárez. Habría que reconocerse en el pasado inmediato de los años ­sesenta y setenta”.

El escritor elogia las disculpas públicas a nombre del Estado, como a la periodista Lydia Cacho y a Martha Camacho Loaiza, quien fue secuestrada y torturada durante la Guerra Sucia –cuyo esposo, José Manuel Alapizco Lizárraga, fue asesinado por militares– por formar parte de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

“Esta es una manera de colocar en el tablero piezas de un diálogo donde no esté sólo el gobierno, sino la sociedad, todos; es la implantación en el imaginario colectivo lo que ha estado en la oscuridad –subraya Glockner–. La gracia no es que las calles lleven nombres o haya estatuas. No se reconcilia uno con ese tipo de medallas. La gracia es desterrar el desconocimiento, contar la historia, narrarla, y ahí comienza el diálogo entre el pasado y el presente, y eso nos permite ubicar qué utopías contamos hoy en día que nos permitan levantar la cosecha mañana.”

 

Hay 19 guerrillas

 

El empeño de Fritz Glockner por documentar y divulgar la historia de los movimientos armados en México es de prácticamente toda su vida, marcada por la decisión de su padre y su tía Julieta de irse a la guerrilla. Por eso estudió historia en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, de la que su abuelo fue rector.

En 1971, cuando él tenía nueve años, el padre de Glockner se ausenta y, cuando la familia pensaba que se había ido con otra mujer, aparece en 1974, en el noticiario de Jacobo Zabludovsky, arrestado,  como parte de un comando de las FLN.

Lo fue a ver a Lecumberri. Tenía el rostro desfigurado por las torturas, y después de recobrar su libertad fue asesinado. En 1981, Fritz decide estudiar historia y comienza a escribir sobre el tema. También se relaciona con exguerrilleros y con un exintegrante de la Brigada Blanca.

En 1996 publica Veinte de cobre, que cuenta su tragedia mediante la ficción, y luego viene Cementerio de papel, en 2004, en el que entrelaza ficción con hechos reales sobre la Guerra Sucia, la fiscalía especial y la apertura de los archivos de la DFS depositados en Lecumberri.

En 2007 publica Memoria roja, que es el inicio de la narrativa histórica de los movimientos armados en México, y este 2019 el segundo tomo, Los años heridos, que resume 30 años de investigación. En el intervalo se relacionó con familiares de otros exguerrilleros que formaron un colectivo fraterno llamado “Nacidos en la tempestad”.

“Yo no quería escribir la historia de mi papá, Napoleón Glockner; era escribir la historia de mi hermano Diego Lucero; la historia de mi hermana Mica Cabañas con su padre, Lucio Cabañas; la de mi hermana Alicia de los Ríos con su madre Alicia de los Ríos; la historia de mi Alejandra Cartagena con su padre Jiménez Sarmiento. Ellos se fueron convirtiendo en mi familia”.

Glockner decidió escribir los nombres reales de los insurgentes, pero también los de policías y gobernantes torturadores, como el expresidente Luis Echeverría Álvarez, con quien se reunió el 19 de septiembre de 1997.

Entre muchas cosas, Echeverría le confesó que había ordenado el asesinato de Lucio Cabañas, el fundador del Partido de los Pobres: “Mandé al Ejército a romperle la madre”.

También accedió a entrevistarse con él Fernando Gutiérrez Barrios, quien antes de ser secretario de Gobernación de Carlos Salinas fue el todopoderoso director de la DFS y uno de los principales persecutores de la guerrilla y los movimientos sociales.

“Había aceptado recibirme y faltando tres días sentí que las vísceras no estaban sanas y que no estaba yo preparado… Me quedé pensando: ¿le voy a ir a ver la jeta al que estaba ordenando y presenció cuando le colocaban los cables en los genitales de mi padre? No tengo la objetividad. Curiosamente sí la tuve con Echeverría, pero no con él, tal vez por el testimonio de mi padre de que Gutiérrez Barrios había estado en varias de las sesiones en las cuales se le torturó.

“¿Iba a reconocer que había ordenado el secuestro de Jesús Piedra Ibarra, que había ordenado el secuestro de Alicia de los Ríos, que había ordenado la tortura a mi padre? ¡Por favor! Entonces decidí no llegar a la entrevista. Fui educado y la cancelé.”

Glockner indica que “en el más reciente censo de gente de seguridad nacional se habla de 19 grupos armados clandestinos ideológicos”, y aunque aclara que “hay algunos de papel”, los demás siguen activos.

“Están en un impasse, en la lógica del triunfo de Andrés que a final de cuentas modifica el discurso de la izquierda mexicana. Y si enterraron las armas como lo hizo Jaramillo después del triunfo de la Revolución Mexicana, siguen con ellas”.

–¿Tiene sentido un grupo armado para transformar la realidad?

–A nivel de discurso no, porque Andrés les está robando el discurso mediático con “primero los pobres”. ¿Qué discurso van a asumir desde el EZLN o el ERPI o el EPR? La gracia es lo que hizo Jaramillo con sus combatientes en 1917: escondan las armas, pero no se olviden de ellas porque a lo mejor en un futuro las necesitamos.

“El futuro es incierto. El sexenio de Andrés se va como un suspiro y los movimientos de derecha y la iniciativa privada están organizándose; muchos están inconformes con la nueva forma de gobernar; la realidad geopolítica puede cambiar en 24 horas.”

 

Historias de jóvenes

 

Glockner está convencido de que los jóvenes están interesados en la historia de los movimientos armados, como lo vio con sus libros: “Las historias que van a encontrar ahí son historias de jóvenes como ellos. Y aunque sean milenials y aunque ya acudan poco a la biblioteca porque prefieren buscar por la red la tarea, son jóvenes. Y son historias de jóvenes como ellos, con los mismos sueños”.

En su historia de la guerrilla se habla de jóvenes que “no se quedaron sentados y discutiendo sus lecturas. Dijeron: es tal la cantidad de agravios que el Estado mexicano ha sorrajado a los campesinos, a los obreros y a los estudiantes y a las clases medias, que nos toca actuar”.

Ejemplifica “Mi padre era dueño de un hospital en Puebla. Era clase media alta. Yo estudiaba en el Colegio Americano, y de éste bajé a colegio semipúblico por la decisión de mi padre, que tenía 38 años y cinco hijos. Mi tía Julieta, de 23, deja a su único hijo, mi primo Carlos, con sus padres porque se sumaba a la causa del mismo grupo de mi papá. No son decisiones fáciles”.

Fritz recuerda que en la escuela, cuando otros niños contaban que su padre era abogado, médico o albañil, él decía que el suyo era guerrillero.

–¿Y si hubiera estudiado con los hijos de Gutiérrez Barrios o Miguel Nazar Haro?

–Ahí sí qué chinga me hubieran puesto –ríe–. Hubiera tenido que doblar las manitas, porque en su caso los hijos de Nazar Haro me hubieran dicho: “Mi papá torturó a tu papá”. Imagínate la ­situación.

Pero aclara: “No me hubieran ganado en valor, en ética, porque no creo que sea un orgullo decir que tu papá es torturador. Si mi papá generó la violencia revolucionaria era en función de un México mejor, y el torturador es torturador sea del signo, símbolo o ideología que sea. Mi papá y sus compañeros no torturaban.

“Ellos pensaron que ante la cerrazón del Estado mexicano y su represión había que tomar las armas revolucionarias. También es muy cuestionable cambiar al país a través de la violencia, pero ni siquiera pensaban matar, cosa que el Estado sí hacía. Y en esa lógica no es lo mismo ser hijo de un guerrillero o hijo de un torturador.”

–¿Se trata de una victoria ética sobre los torturadores?

–Yo creo que sí. La aplicación de la violencia es muy diferente desde la óptica de un torturador, que incluso se solaza y hasta se excita con esa acción inhumana y me queda clarísimo que el guerrillero pretendía liberar a su país.

En todo caso, lo que debe hacerse es dialogar con los contrarios, como los que admiran a Garza Sada, cuya muerte, no aclarada del todo, es un hecho histórico.

“Hay que reconocer el pasado, identificarte con él y exorcizar los fantasmas, como Estado, como sociedad, como empresarios, como grupúsculos, como clubes. Y como he dicho en Veinte de cobre: emborrachémonos con los fantasmas. Hay que reconocernos.

“Cuando te reconoces y te emborrachas con tus fantasmas vas a tener una maravillosa cruda. Pero después de la cruda va a venir el cultivo de otro tipo de sueños.”