El martes 17, al cumplirse 46 años del homicidio del empresario Eugenio Garza Sada, Pedro Salmerón, entonces director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, calificó de “jóvenes valientes” a los miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre que participaron en el intento de secuestro y subsecuente muerte del industrial. En medio de la controversia detonada por dichas declaraciones, el exguerrillero Elías Orozco Salazar, quien participó en aquellos hechos, agradece los señalamientos de Salmerón, “fue un acto sincero de reconocimiento”, pero reflexiona sobre el “suicidio” de su lucha armada: “Éramos jóvenes arrinconados ante tanta injusticia (…) Hoy el país debe elegir la reconciliación”.
MONTERREY.- Elías Orozco Salazar, uno de los guerrilleros que participaron en el frustrado secuestro de Eugenio Garza Sada, recuerda la fallida acción que acabó con la vida del empresario regiomontano.
El operativo duró unos 30 segundos, pero la breve balacera cambió la historia de México. Minutos después de las 09:00 horas de ese lunes 17 de septiembre de 1973, seis hombres de la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S) ejecutaban el plan que días antes diseñaron: una camioneta Ford pickup amarilla esperaba en la esquina de las calles Luis Quintanar y Villagrán, en la colonia Bella Vista de esta ciudad. Hilario Juárez, al volante, esperaba la señal.
El objetivo, un Galaxy negro con placas RHK 588 avanzó por la avenida Villagrán y se detuvo en la esquina. En el lugar del copiloto viajaba el empresario de 81 años. En el asiento trasero estaba alerta uno de sus escoltas, pegado a la ventana derecha.
En viajes anteriores Garza Sada era acompañado por otro auto con personal de seguridad, pero en esa ocasión sólo llevaba dos guardaespaldas.
Al ver su objetivo, Hilario atravesó la camioneta en un trayecto de izquierda a derecha cerrándole el paso. De la pickup descendió de un salto Elías, quien venía solo en la caja del vehículo y llevaba la pistola en la mano. Su función era ayudar al conductor a detener el coche del industrial.
Otro cómplice, el médico Miguel Torres, esperaba en la esquina como vigía. Aunque estaba armado, su misión era atender a la víctima en caso de que presentara algún problema de salud durante el secuestro y su cautiverio.
Bernardo Chapa, chofer de Garza Sada, era diestro en el oficio de guardaespaldas. Fue quien disparó primero su escuadra y desató la balacera; derribó a los guerrilleros Javier Rodríguez y Anselmo Herrera, quienes se aproximaron por la puerta donde estaba el empresario. Ambos atacantes habían esperado en la acera y recibieron los tiros a quemarropa. Eran jóvenes inexpertos y dejaron su vida en la calle sin haber accionado sus armas.
Orozco Salazar, conocido como Compañero Ulises, se aproximó al lado del conductor y le disparó cuatro veces. Torres, al ver la resistencia, se acercó al coche y también descargó su pistola contra Chapa, quien alcanzó a dispararle en el hombro izquierdo. Al final, el chofer-escolta quedó muerto frente al volante. El peritaje arrojó que tenía 17 impactos de bala.
El otro guardia que estaba en la parte trasera del coche, Modesto Hernández, alcanzó a desenfundar, pero no pudo defenderse. Fue acribillado por Edmundo Medina, quien lo atacó por el lado derecho del Galaxy. Él también disparó contra Chapa.
Cuando los escoltas fueron neutralizados Orozco Salazar rodeó el auto y encontró la puerta abierta. Garza Sada salía de la parte de abajo del tablero, donde se había refugiado. Pretendió sentarse, pero se fue reclinando lentamente en el asiento mientras gritaba agónicamente. Un instante después perdió el conocimiento.
El secuestrador lo jaló fuera del auto y Garza Sada quedó tendido en la calle, inerte. Orozco supuso que se había desmayado por la impresión. Le quitó la escuadra calibre 22 que portaba y lo jaló de los pies, pretendiendo llevarlo a la camioneta, mientras escuchaba a sus compañeros que desesperadamente le pedían que lo dejara y que se retirara.
Impaciente al punto del pánico, Orozco los encaró y les preguntó por qué no querían llevárselo. Le dijeron que el hombre estaba herido y se percató de que, ciertamente, sangraba. El empresario había recibido un balazo que le atravesó el tórax de derecha a izquierda.
Hilario bajó de la camioneta y vio los cuerpos tirados. “Qué bárbaros, qué mal nos vimos”, exclamó abatido. Ahí estaban sin vida Javier, su compadre, y Anselmo, un ingeniero agrónomo de El Mante.
Muerto, el industrial regiomontano ya no servía para sus propósitos. Nunca fue su intención matarlo. En su ensoñación revolucionaria habían planeado que, a cambio de regresar vivo al fundador del Tecnológico de Monterrey y de las fábricas Hylsa, Aceros Alfa y Cartón Titán, el presidente Luis Echeverría les permitiría difundir un manifiesto en el que condenaban la política oficial antipopular y la represión criminal del gobierno.
El suicidio de la Liga
Orozco Salazar rechaza ser el autor material del homicidio de Garza Sada. Sostiene la teoría de que al empresario lo mató su propio chofer, porque la víctima jamás estuvo en la línea de fuego, asegura. Tal vez, continúa, al conductor se le escapó un tiro por accidente, porque ya agonizando seguía accionando el arma buscando a ciegas a los agresores.
También considera extraño que no se conozca el peritaje sobre las causas de la muerte. Cree que el examen forense echaría luz sobre los hechos y deslindaría responsabilidades sobre los cinco muertos de la operación.
Con el secuestro los guerrilleros querían consolidar su movimiento subversivo; pero lo que obtuvieron, lamenta Orozco, fue el suicidio de la Liga Comunista 23 de Septiembre y el ocaso de la guerrilla en México, pues el contraataque oficial fue contundente y demoledor.
El exguerrillero asegura que sólo ha matado al chofer del empresario; nunca volvió a darle muerte a nadie, ni cuando lo capturaron días después en un operativo policial en el que pretendió abrirse paso a tiros para escapar.
De nuevo en el secuestro fallido de Garza Sada… Con el olor a pólvora aún en la calle, los cuatro guerrilleros sobrevivientes cargaron en la caja de la camioneta los cadáveres de Javier y Anselmo. Abandonaron el vehículo en la colonia Industrial, en las calles Justo Sierra y Lima, cerca de la balacera. La Policía Judicial del estado encontró horas después la pickup modelo 72 con placas ES 2951, que días antes fue robada para el secuestro.
Los frustrados guerrilleros abordaron después un Ford Falcon gris con placas sobrepuestas RRZ 92, que más tarde abandonaron con los cadáveres de sus compañeros. Aunque querían llevárselos, José Ángel García, El Gordo, uno de los jefes máximos de la organización que los apoyó en la fuga, les ordenó que los dejaran; no podían perder tiempo, les dijo, porque una jauría de agentes ya los buscaba.
Cada uno de los perpetradores regresó a sus casas de seguridad. Hilario Juárez García decidió separarse del movimiento y fue ayudado a huir de la ciudad. Es el único del grupo que nunca estuvo detenido ni procesado. Luego se retiró y no se ha vuelto a saber de él.
Con la muerte del industrial se desató una sangrienta represión. El objetivo era encontrar a los culpables, y uno a uno fueron cayendo presos. Así fue como a Orozco lo capturaron a los pocos días, el 6 de octubre de 1973. Ahora de 76 años, dice que cuando intentó huir ya no quería usar su pistola. Estaba demasiado triste por la muerte del escolta. El remordimiento lo abrumaba.
Después de ser detenido pasó por el infierno de la tortura. Vio a varios de sus compañeros que perecían en manos de la policía, pero él sobrevivió.
Por el homicidio de Garza Sada fue condenado a 17 años y seis meses de prisión, pero por beneficios de preliberación purgó 11 años, un mes y dos días de sentencia en la cárcel de Topo Chico, Nuevo León.
Ni valientes ni cobardes
Pedro Salmerón Sanginés, exdirector del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), publicó el martes 17 en redes sociales un relato en el que explicó el intento de secuestro y calificó como “jóvenes valientes” a los integrantes de la LC23S que tomaron parte en él.
El texto fue publicado en la página de Facebook del INEHRM en el 46 aniversario del homicidio del industrial, y retirado después de que se desataron críticas y protestas. El entonces funcionario tuvo que presentar su renuncia. El Congreso de Nuevo León lo declaró persona “non grata”, al considerar que sus expresiones mancharon el nombre de Eugenio Garza Sada.
También fueron condenados los señalamientos del diputado del PT Gerardo Fernández Noroña que respaldaron los dichos de Salmerón.
En el contexto de esta polémica, Orozco considera que los jóvenes de la Liga Comunista 23 de Septiembre no fueron los valientes que describió Salmerón, pero tampoco los cobardes que señala un sector de la población.
En entrevista telefónica desde Ciudad Mante, Tamaulipas, donde radica, el exguerrillero dice que, si acaso, se trató de mexicanos que se vieron forzados a tomar las armas en una época de represión sistemática en la que se habían cancelado las vías democráticas y hasta la libertad.
“Más que ser valientes o cobardes, este asunto se trató de una juventud arrinconada y desesperada frente a la violencia extrema del Estado mexicano, y no sólo por los políticos, también por las fuerzas armadas y la policía, la prensa que linchaba y por el sector empresarial, y me refiero a los empresarios que sólo quieren el capital, pero no a México.”
Respecto de la controversia que desató el exdirector del INEHRM, Orozco considera que sus declaraciones fueron “un acto sincero de reconocimiento, pero creo que más reconocimiento sería describir las circunstancias en las que tuvimos que vivir, aunque no fuéramos valientes. Tuvimos que atrevernos a hacer acciones que nos dieran una sobrevivencia política. Nos dijo valientes y veo con alta estima eso, pero a lo mejor no caracterizó bien, no era prudente decirlo en estos momentos”.
El exguerrillero insiste en que “tuvimos que luchar por nuestra vía, que además no es nueva. Éramos adolescentes, veníamos de la lucha estudiantil y quisimos pasar a la lucha política grande”.
Orozco, quien actualmente es extensionista en el agro tamaulipeco y en la Huasteca Potosina, considera que la reacción de los indignados que llevó a la salida de Salmerón obedece a una “derecha belicosa” que busca presionar al gobierno federal: “Sacan de contexto todo para acusarnos de cobardes, pero no dicen que eran ciudadanos mexicanos que buscaban su derecho a la libertad política e, incluso, a la rebeldía que está consagrada en el artículo 39 de la Constitución”.
Continúa en su defensa: “Si insisten en que éramos cobardes, tengo que decir que no éramos un grupo de bandidos ni de asesinos. Éramos jóvenes revolucionarios arrinconados ante tanta injusticia; no nos quedaba otra que arriesgarnos a lo que fuera, a jugarnos la vida para que hubiera apertura, y creo que sí se fue dando, aunque con un precio muy alto”.
Al hablar de aquellos años turbulentos siente que se equivocaron en todo, como en el operativo para secuestrar a Garza Sada: “Traíamos armas Browning y pistolas 45. Todas eran armas cortas. Nomás lo recuerdo y me da coraje porque no traíamos las armas adecuadas y ni siquiera sabíamos eso”.
Orozco tiene toda la vida tratando de superar el pasado y reflexiona sobre lo que el país debe tomar de aquel episodio trágico: “Espero que le entremos al llamado que hace el presidente Andrés Manuel López Obrador, que emprendamos una verdadera reconciliación. Que los poderosos no quieran imponer sus interesas egoístas por encima de la comunidad nacional. Hay una pobreza enorme. Estamos devastados. Esa guerra en la que estuvimos hace años fue como un tsunami que nos llevó a ser damnificados sociales. La violencia genera más violencia, no genera conciencia”.
Dice que después de los hechos trágicos de 1973 ofrece disculpas a la ciudadanía, pero no a los empresarios; menciona que los industriales también contribuyeron a que se generara el ambiente en el que florecieron las guerrillas. “Lamento lo que ocurrió aquel 17 de septiembre de 1973. Era un joven inexperto y no sabía lo que significaba, lo que era una polarización, que también hizo el propio señor (Eugenio). Sacan sus bondades, pero no hablan de su trayectoria política”, señala.
A decir de Orozco, Garza Sada dio 50 millones de dólares a Augusto Pinochet para que adquiriera armas y consumara el golpe en Chile, el 11 de septiembre de 1973. La razón de ese financiamiento al dictador era porque el empresario regiomontano tenía en territorio chileno intereses que fueron defendidos por el golpista, agrega.
“Con el paso del tiempo veo que tomar las armas fue una vía errónea. Pero estábamos arrinconados y echábamos manos a lo que fuera. Fue sobrevivencia política. No teníamos razón, aunque no lo pudimos evitar. Pero históricamente no era necesario hacer ese tipo de actividad en la que todos íbamos a perder. Se cometieron muchos errores de parte de ellos y de nosotros, pero fuimos víctimas de la polarización que ellos causaron”, reconoce.
“Ofrezco una disculpa a toda la gente. Pero a ellos (los Garza Sada) ni los toco porque no sé cuál sea su actitud. Me disculpo con la gente en general, la que vivió el sobresalto y el dolor; con mi familia y mis amigos que esperaban mucho de mí porque era un joven sensato y prudente, y al final ya ves cómo nos orilló la violencia.
“Tuvimos muchos amigos que fallecieron por torturas, gente inocente, amigos míos que no tenían nada qué ver. A ellos les ofrezco disculpas. Lamento la muerte de Eugenio Garza Sada, pero ¿tanto como que me duela? No he dicho eso. Es un asunto que todavía no acabamos de digerir”, agrega.
En el pasado reciente Orozco fue diputado local en Tamaulipas y luego dirigente estatal del Partido del Trabajo. Se retiró de la política, pero desea regresar. Se siente atraído por la propuesta de antiguos camaradas de lucha que intentan crear el Partido Amplio de la Izquierda Social. l








