Lúdicos caprichos presidenciales

En un recorrido con este semanario, el director administrativo del Complejo Cultural Los Pinos, Homero Fernández Pedroza, detalla a qué sexenio corresponden los inmuebles de la que fuera la residencia oficial, los usos que les dieron y, sobre todo, los caprichos y aficiones que satisficieron allí los todopoderosos mandatarios mexicanos.

 

Por aficiones deportivas o proclividad a ciertas ostentaciones, gustos personales y detalles para consentir a los hijos o a las esposas, los presidentes de México intervinieron, construyeron y dilapidaron recursos públicos en la residencia oficial de Los Pinos de manera discrecional y opaca.

La vieja casona del rancho de La Hormiga, que ocuparon en sus respectivos periodos el presidente Lázaro Cárdenas y su sucesor, Manuel Ávila Camacho, fue insuficiente para el presidente Miguel Alemán Valdez, que decidió construir la faraónica residencia que hoy lleva su nombre.

Conocidas son las amenidades de la residencia Miguel Alemán, con su sala de cine VIP, que mandó construirse Miguel de la Madrid en un sótano que encierra otros enigmas de cada placer presidencial: el spa, la sala de puros, el boliche, capricho de responsabilidad ignota, y aun la sala de crisis, “el búnker”, encargado por el jefe de Estado del sexenio sangriento, Felipe Calderón.

En la recámara principal de esta residencia, una puerta falsa pasa inadvertida por dentro de un clóset: conduce a un túnel de unos 200 metros por el cual se sale a la maleza que hay frente a una barda perimetral donde otra puerta falsa de piedra permite salir del complejo habitacional de Los Pinos e internarse en el Bosque de Chapultepec.

En la parte posterior de esa residencia tienen lugar otros caprichos: hay registro visual de los entrenamientos del presidente López Portillo, que gustaba de presumir su afición a los deportes, convertido el jardín enorme en estancia de recreo: ejercicios aeróbicos, lucha grecorromana y hasta tiro con arco; fue ese el espacio donde le gustaba entrenar.

A un costado de la residencia, impecable la integración arquitectónica, está la alberca semiolímpica que Carlos Salinas de Gortari mandó instalar. No importaba que a unos metros de ahí, entre la casa Miguel Alemán y la que hoy se conoce como Lázaro Cárdenas, la antigua pileta en la que el general quiso que sus hijos aprendieran a nadar, tuviera ya una alberca para la familia presidencial.

Esa antigua alberca, que Adolfo López Mateos edificó en sustitución de una alberca pequeña, construida a su vez sobre un ojo de agua, fue eliminada al iniciar el sexenio de Enrique Peña Nieto, explica Homero Fernández, director administrativo del Centro Cultural Los Pinos, durante un recorrido con Proceso.

En lugar de la alberca, Peña ­Nieto mandó construir su despacho, adjunto a una sala en cuyo centro había una gran mesa en forma de herradura en el que podían sesionar los gabinetes legal y ampliado. Frente a cada silla emergían automáticamente de la mesa micrófonos y pantallas. En las paredes, los retratos de los ­presidentes. A este espacio se le llamó Miguel de la Madrid.

 

Las “cabañas”

 

Al salir por la parte trasera de la residencia Miguel Alemán hay un espacio libre, puro césped rodeado de edificaciones que, además de los entrenamientos de López Portillo, servía como helipuerto presidencial. Si se camina a la derecha, un pasillo de 150 metros conduce a la Cabaña I, aquella que Vicente Fox y Marta Sahagún presumían como un espacio más modesto que la enorme casona.

Las “cabañas” fueron diseñadas por el arquitecto Juan Artigas, y aun después de diferentes intervenciones conservan su estilo de bloques de cantera y madera estéticamente avejentada. Se trata de un conjunto de 800 metros cuadrados, donde también vivieron Felipe Calderón y Margarita Zavala.

Las cabañas de Artigas se edificaron demoliendo dos cabañas –rústicas, esas sí– construidas como muestra para un programa social en el sexenio de López Portillo. Una tercera cabaña de características similares se habría ubicado en torno a la barda que colinda con la calzada Chivatito.

El dormitorio principal contaba con dos enormes clósets y vestidores, su ventanal daba al jardín exterior, pero por dentro contaba con dos jardines, cada uno con su respectiva fuente de piedras encerradas por un arbolado que generaba intimidad respecto a las áreas más próximas a la residencia Miguel Alemán.

Las áreas comunes son también amplias y en una es posible admirar una chimenea que se intervino para colocar un calentador de gas; en la otra subsiste una barra licorera empotrada en un muro ornamental.

En el pasillo que une el dormitorio presidencial con las habitaciones que usaron los hijos de Felipe Calderón, sobrevive un complejo mecanismo de regulación de agua.

Hoy, para el equipo de arquitectos que trabaja en el inventario de inmuebles, es una incógnita el uso del aparato hidráulico, pues no han logrado determinar si se trata de un mecanismo para calentar pisos y paredes con tuberías de agua caliente, o bien de un sistema que pudo ser utilizado como spa.

La Cabaña I fue usada por Fox y Sahagún, pero según Homero Fernández, también vivió ahí el secretario de Hacienda y posterior canciller Luis Videgaray. No sería el único colaborador de Peña Nieto que recibió en Los Pinos trato preferencial, pues a Aurelio Nuño se le hizo un edificio de cristal que es posible advertir desde la avenida Constituyentes, al otro extremo del predio.

Frente a la Cabaña I, Artigas diseñó otra, que terminaría demolida para construir la casa de Angélica Rivera, ya en el sexenio de Enrique Peña Nieto, justo a un lado del salón Adolfo López Mateos, en el que solían realizarse las actividades presidenciales pero que fue inaugurado por Carlos Salinas de Gortari y estrenado por su hija, Cecilia, para festejar sus 15 años.

En el jardín de la residencia que se le construyó a Angélica Rivera hay también una casa en el árbol que permanece encaramada e inútil en un primoroso álamo. Por ahí hay un pasillito de piedra que lleva al campo de futbol rápido.

La cancha, con gradería y malla ciclónica, fue construida en el sexenio de Felipe Calderón. Ahí, la esposa de López Portillo, Carmen Romano, tuvo una hortaliza en la que cosechaba verduras que, según testimonios recogidos entre miembros del Estado Mayor, servían para la cocina presidencial.

 

Simulador y antro

 

El predio tiene sus límites marcados por las bardas del antiguo Molino del Rey y la calzada Chivatito, una escuadra en la que alguna vez hubo una tercera cabaña.

Según Fernández, las cabañas fueron en efecto unas construcciones de madera que sirvieron como muestra para un programa que pretendía realizar López Portillo.

Hoy, la administración de Los Pinos no sabe si fue en el sexenio de Felipe Calderón –quien tenía debilidad por los videojuegos, como la zaga de guerra Age of Empires–, pero la cabaña se eliminó y se construyó un inmueble que él o Peña Nieto usaron para instalar un simulador de vuelo.

En el suelo del inmueble subsisten las marcas del aparato de uso predominantemente militar, pero por más que Fernández envió oficios a la Secretaría de la Defensa Nacional y la administración de Presidencia de la República, los acervos documentales no conservaron registro alguno sobre eso ni sobre ninguno de los 79 inmuebles localizados en el perímetro que fue presidencial.

Las intervenciones de los mandatarios en Los Pinos no respetaron el valor histórico ni la flora endémica de Chapultepec. Peña Nieto, por ejemplo, mandó desinstalar un barandal de herrería del siglo XIX cuyo destino es una incógnita y solía renovar los jardines cada seis meses sin que exista registro de los costos que aquellas remodelaciones representaban.

Hoy un equipo de especialistas levanta un inventario de los jardines, repletos de plantas de ornato de instalación reciente, a fin de determinar lo que debe conservarse.

Pero el barandal decimonónico no es todo. López Portillo mandó construir un frontón destruyendo los vestigios del acueducto que salía del Molino del Rey. Ese lugar, localizado a un lado de la edificación que albergó el simulador de vuelo, se extiende como nave de acero y cristal donde el sexenio pasado organizaban fiestas los hijos de la pareja Peña-Rivera.

Revestidos de cemento y pintura blanca, las salientes del viejo acueducto se perciben apenas entre las edificaciones cuyo diseño corresponde a la respectiva época y capricho de cada inquilino del lugar.

Para Fernández, los presidentes se dieron cuenta de que construir en Los Pinos era buen negocio: “Podían hacer lo que querían, gastar a su antojo y no había transparencia ni rendición de cuentas, porque se cobijaban en que todo lo relacionado con el sitio era tema de seguridad nacional”.