Ni Lazcano ni Ackerman; hay crisis de carácter
Señor director:
Como estudiante afiliado a uno de los institutos de investigación más importantes del país, el Instituto de Energías Renovables de la Universidad Nacional Autónoma de México, he seguido de cerca los comentarios sobre la situación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) de quienes son indirectamente mis profesores: los doctores Lazcano y Ackerman. Éste último publicó en la revista Proceso una respuesta a la nota del doctor Antonio Lazcano en la revista Science (https://science.sciencemag.org/content/365/6451/301.full?intcmp=trendmd-sci). Solicito pueda publicarse esta nota en aras de construir una conversación más elevada.
Primero lo que compartimos: el gobierno federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador ha demostrado una brutal torpeza en sus procesos de comunicación, asignación de fondos y establecimiento de prioridades. Presenta una inaceptable tendencia a simplificar problemas complejos, y en nada ha demostrado que después del desmantelamiento de lo que no le gusta, vendrá algo positivo para el sector científico del país.
Dicho eso, mis estimados profesores, al ver su desempeño ante la grave situación que enfrenta el sector académico de México, yo también les recortaría el presupuesto.
Primero, el doctor Lazcano, a través de una contribución a la medular revista Science, denuncia recortes usando cifras alarmistas que carecen del rigor que tanto decimos amar en la UNAM. Lo que él llama “un memorándum para cortar fondos a todos los centros de investigación apoyados por Conacyt de entre 30 y 50%”, en realidad es un escrito dirigido a toda la Administración Pública Federal.
Acierta el Doctor Ackerman al aplicar estos recortes a partidas presupuestales específicas en centros e institutos específicos. ¿Por qué habla del Instituto Mora y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE)? Ya nos dirá él. Dicho eso, los famosos 30 y 50% del doctor Lazcano se traducen realmente en 4% de reducción para el Instituto Mora y 0.8% para el CIDE. Doctor Lazcano: ¿apoco corre usted a comprar ropa cuando Sears anuncia rebajas de 50% sobre 20%?
Cita usted un artículo en la misma revista Science, como prueba de que las cosas han empeorado para la ciencia en el país, pero dicho artículo se llama: “Recortes y comentarios desdeñosos ponen nerviosos a científicos mexicanos”. Me parece interesante porque el centro de atención del artículo –estará de acuerdo conmigo quien lo lea– no son los recortes, sino lo nerviosos que se pusieron algunos miembros de la comunidad científica mexicana. Usted que es biólogo sabrá: claramente no son nervios de acero.
Menciona usted en su artículo un recorte general al Conacyt de 12%, pero evita mencionar lo que la revista Science sí publicó en su mismo volumen: “Conacyt perdió alrededor del 12% de los fondos que administraba. (El presupuesto para ciencia, tecnología e innovación en todas las agencias federales sí subió ligeramente)”.
De igual forma, declara –usando evidencia en el mejor de los casos empírica– que algunos centros “ahora no tienen recursos para pagar agua y electricidad”. ¿Dónde están las pruebas? Se extraña el rigor por el cual se le conoce.
Bien dijo la Doctora Marcia Hiriart Udanivia de la UNAM: “La ciencia nunca ha estado muy bien apoyada en México”, pero mi pregunta principal es: ¿por quién? Volvamos a eso después de atender al Doctor Ackerman.
En su artículo en Proceso casi logra hablar de lo que ha hecho o está haciendo López Obrador, pero justo cuando estamos a punto de leer algo interesante nos decepciona en el párrafo cinco. Que si se invierte más, que si se roba menos. Los defensores menos hábiles de esta administración siguen sin poder construir sin destruir.
Mi estimado doctor Ackerman: en el ejercicio del presupuesto, si hay problemas estructurales, el tamaño tampoco importa. Cayó en el mismo error que el doctor Lazcano, y francamente el mismo error en el que he visto caer a toda la comunidad científica en estos meses. La diferencia es que usted usa descriptivos como “vil” y “despiadado”. No sólo son adjetivos que degradan lo poco que sí había de rigor en su nota, sino que conforman un discurso irresponsable e innecesariamente confrontativo. El doctor Lazcano enorgullece a la comunidad académica de la UNAM, de México y al país en general con sus aportaciones. Por eso es importante tener discusiones informadas y respetuosas, porque todos queremos lo mismo.
El verdadero problema, el que nadie denuncia, es que estamos viviendo una crisis cualitativa de la visión científica en México. Los temas cuantitativos que tanto les apasionan son un síntoma del verdadero reto: la ciencia está pésimamente mal estructurada en este país. Completamente al revés cuando de presupuesto se trata.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), compuesta por 35 países y una patria, reporta un promedio de inversión en ciencia y tecnología de 2.4% del PIB. México se encuentra muy por debajo, con sólo 0.55%.
Bien se dice que no son los países ricos los que se dan el lujo de hacer ciencia, sino los que se dieron a la tarea de hacerlo que hoy son ricos. México nunca va a transitar hacia una economía del conocimiento si no nos dedicamos a aumentar nuestra inversión, pero por favor, huyamos de la antigua noción que dicta que aumentar nuestra inversión como país debe ser equivalente a aumentar nuestra inversión pública como país.
Este claro déficit de inversión en ciencia y tecnología con el que contamos no emana del Estado. México se mantiene como el país de la OCDE en el que el Gobierno se responsabiliza por el mayor porcentaje de inversión en el tema que nos atañe: un impresionante 71.2% de todo lo que se gasta en este rubro en el país, que contrasta claramente contra 15.4% en Japón, 24% en Estados Unidos, o 33.3% en Holanda.
El Estado es culpable, tal vez, pero no de gastar poco, sino de una clara falta de liderazgo enfocado a que el sector privado mexicano invierta en el desarrollo del futuro del país, no sólo a través de proyectos de infraestructura y manufactura, como tan acostumbrados estamos, sino a través del desarrollo de conocimiento.
Elaborando entonces sobre el comentario de la doctora Marcia Hiriart Udanivia que dejamos pendiente hace unos párrafos: sí, la ciencia en México ha recibido poco apoyo, pero hay un elefante en este cuarto del que nadie habla y ese elefante no es el gobierno, es la titánica deuda que tiene el sector privado de este país con la ciencia: sólo el 20.6% de la ciencia en el país usa fondos privados, contra 76% en Japón, 64.2% en Estados Unidos o 48.7% en Holanda.
Lo que a mí me molesta del presidente no es que apriete el cinturón, es que no sea capaz de ser el líder de una sociedad civil que necesita despertar al hecho de que las empresas mexicanas deben invertir en ciencia y tecnología, y él, como cabeza del proyecto de nación que nos gobierna, es el primer responsable de comunicar una visión de país en la que participen todos los mexicanos. De acuerdo, el Conacyt no debe dar dinero a privados, pero sí debe funcionar como puente entre la academia y la empresa. Sí debe ser moderno.
Al mismo tiempo, el sector científico mexicano debe dejar su infancia y darse cuenta de que en una economía en desarrollo es necesario responsabilizarse más. Representamos, a final de cuentas, la cúpula intelectual del país. Si no nosotros, ¿quiénes? El Estado ya nos dio educación básica, intermedia, superior, posgrados. Nos toca hacer algo que no sabemos hacer: convencer a las empresas de que la ciencia mexicana vale y vale mucho.
Y claro, la crisis de carácter es generalizada: empresarios de México, ¿qué les pasa? ¿No les avergüenza lo que invierten en ciencia? Cada centavo que se invierte en desarrollo de tecnología alimenta cerebros, pasiones, sueños, futuros. Pocas inversiones son tan redituables para el futuro de una empresa, y muchas menos son tan redituables para el futuro de un país. ¿No tienen ustedes MBAs en las mejores universidades del mundo? ¿Qué les enseñaron?
Al final, me parece que todos queremos lo mismo. Un México con mejor ciencia, un país con mejor tecnología, una sociedad basada en conocimiento. Buscar los fondos necesarios en el Gobierno no tiene ningún sentido. Doctor Lazcano, con el mayor de los respetos y una admiración profunda, lo invito a reflexionar al respecto. Doctor Ackerman, no sé qué piensa lograr con sus vociferaciones sino polarización, y aquí no la queremos.
Reconozcamos que el Conacyt sí necesita una profunda reestructuración. No declaro ni pienso que los pasos que está tomando AMLO vayan en la dirección correcta, pero ¿dónde está nuestra responsabilidad? ¿Vamos a pasar el sexenio peleando con el Gobierno para que invierta el 80% del dinero en ciencia en el país? No es sostenible.
Tengamos esperanza, pensemos de forma positiva y aprovechemos la aparente adversidad para construir un sector nuevo. El Conacyt debe ser menos poderoso, y eso no se logra restándole poder, sino creando poder nuevo. No nos pongamos nerviosos, que México tiene que ir para arriba.
Atentamente:
Santiago Espinosa de los Monteros
Estudiante
Respuesta de Ackerman a Santiago Espinosa
La carta de Santiago Espinosa no pone en duda los argumentos de fondo de mi artículo en Proceso, sino que se limita a criticar la forma, mi estilo supuestamente “irresponsable e innecesariamente confrontativo”. Entiendo y respeto que muchos académicos prefieren utilizar un lenguaje supuestamente “neutro” para esconder sus ideologías y posturas, pero yo prefiero ser más franco y honesto en mis opiniones. El debate y la confrontación pacífica de ideas son elementos importantes que hacen avanzar la ciencia y el conocimiento. Con respecto a la utilización de los adjetivos “despiadado” y “vil” en particular, me parece que corresponden de manera certera al tipo de ataques y mentiras que una parte de la comunidad científica ha lanzado contra el Conacyt y la 4T. La verdadera “confrontación irresponsable” es la que han armado los opositores a la gestión de Elena Álvarez-Buyllá, que se resisten al cambio que la nueva directora del Conacyt encabeza hacia una ciencia humanista, al servicio de la sociedad y en favor de la resolución de los grandes problemas nacionales.
Atentamente:
John M. Ackerman








