“La camarista”

Mucho tiene de ciencia ficción la lógica y el ambiente de este hotel de lujo en la Ciudad de México donde trabaja Eve (Gabriela Cartol) –de esa que se describe como distopía, la de un futuro donde el progreso técnico se vuelve contra el ser humano, gobernado por un poder anónimo y totalitario–; el servicio de aseo en cada habitación y baño, tender camas sin dejar arrugas y recoger basura, funciona como una maquinaria trituradora de precisión.

Si no fuese porque Eve comenta que sale noche del trabajo y llega muy temprano, el hotel de más de 40 pisos, escenario y personaje en esta primera cinta de Lila Avilés, La camarista (México, 2018) podría tomarse por una enorme nave espacial, sin rumbo aparente, de la que salen y llegan extraterrestres que no tienen manera de verla o de hablar con ella. Ahí todo ocurre de manera vertical, entre más alto, más lujoso y panorámico; abajo, más cerrado y ruidoso, áreas de lavado que parecerían cuartos de combustible y máquinas de propulsión.

Eve, madre soltera, no pasa tiempo con su pequeño hijo, se esmera por subir, estudia y obedece, la única vez que una huésped habla con ella es para que la ayude a atender a su bebé. La cámara, que observa los métodos de limpieza, capta, a través de los gestos de la joven limpiadora, el efecto que tienen en ella los objetos que dejan los huéspedes, su basura, el desorden… no por aburrimiento, pues una obsesión como la de Eve no da lugar al tedio, sino porque quiere sentir, animar un tanto ese desperdicio anónimo, meros residuos de una vida que pasó por ahí.

El contacto más real, aunque supeditado al sistema devorador de la verticalidad, es con algunos de los trabajadores, como Minitoy (Teresa Sánchez), jocosa seductora, y otros tantos que apenas rozan la piel de Eve, pero la erizan. Aunque se apoyen en estereotipos, cada uno de ellos, a su manera, participa en el engranaje de esta especie de Castillo de Kafka: el ama de llaves del hotel, la supervisora de limpieza, la encargada de bodega que aprovecha para vender cremas y contenedores de plástico, tienen su propio sello y será difícil olvidarlos; la asimilación de la escuela de Cassavettes es sorprendente.

Menos se olvidará la mezcla de encanto, delicadeza y fuerza inaudita de Eve; al igual que Cuarón en Roma, Lila Avilés devuelve el alma a este rostro de mujer oprimida por una actitud cultural carente de respeto; sin recurrir a la demagogia, Eve existe por sí misma; la sociología de La camarista empieza y acaba en el títuto, banal de tan genérico.

Lila Avilés y su equipo de diseño de arte arman instalaciones con montañas de ropa de cama donde Eve se pierde y parece naufragar, o esa secuencia que parece seguir la técnica de un documental pedagógico para ilustrar cómo se ordena y asea un cuarto, y ahí mero surge un huésped, como saliendo de su propio sueño, confundido entre sábanas como nubes rugosas. l