La ópera Otello (1887) de Giuseppe Verdi (1813-1901) viene una vez más a engalanar el máximo escenario operístico del país. La reposición del Otello de hace dos años se llevó a cabo en la ópera de Bellas Artes (OBA). Se trata de la penúltima ópera de Vedi, compuesta cuando el autor de 74 años parecía retirado; la posterior, Fastaff, está también basada en Shakespeare (1564–1616).
Otello es una adaptación de The tragedy of Othello, the Moor of Venice. El autor del libreto fue el escritor, poeta y compositor Arrigo Boito (1842–1918).
En el personaje protagónico vimos a Lorenzo Decaro, joven tenor italiano que ha cantado ya en La Scala de Milán, y cuenta con una impresionante voz de tenor lírico spinto que a veces suena como dramático; matiza perfectamente cumpliendo así con las complicadas exigencias musicales de la partitura. Canta de maravilla, y su actuación más que convincente gustó mucho tanto a los añejos conocedores como al público nuevo. Su vestuario raro e inapropiado; (cual pirata de Argelia), su espada de otra época y estilo (parece hindú, no es ni una cimitarra ni un alfanje de abordaje), y la acción se desarrolla en Chipre en el siglo XV. Su peluca no del todo negra, cuando Shakespeare señala que Otello es negro (black Othello) –lo dice por lo menos ocho veces a lo largo de la obra–, y el ser negro ocasiona la tragedia. Error sin duda del director de escena.
El personaje de Desdémona fue bordado por la rubia Elizabeth Caballero, originaria de Cuba; ofreció inolvidables funciones, bien cantada y actuada. También con un vestuario fuera de lugar: Pantalones y botas… ¿para una dama del siglo. XV? Ninguna señora se ponía pantalones en esa época.
Yago fue cantado por el italiano Giuseppe Altomare, que ya lo había hecho hace dos años en Bellas Artes. Muy eficiente actor-cantante, cuya voz a ratos se oye atenorada, de gran volumen, excelente. Yago realizó un impecable trabajo sin caer en exageraciones de maldad: la peor de las hostilidades es la hostilidad encubierta.
Lo escénico a cargo de Luis Miguel Lombana, con las mismas fallas de hace dos años, lo que resultó en una puesta en escena caótica, a la que contribuyeron la escenografía de Adrián Martínez Frausto, que no era otra cosa sino un puñado de columnas bamboleantes, algo ya muy visto; columnas que estorbaban la actuación y la visibilidad. Ello, acompañado de algunas utilerías y el extraño vestuario de Estela Fagoaga, contribuyeron también a una muy desaseada escenificación. Un ejemplo: Arrigo Boito, en su libreto, indica que Desdémona se adormece en su lecho, como debe ser, y no en el suelo, sin una almohada, como un animal.
Cassio, el capitán, muy bien interpretado como siempre por Andrés Carrillo, a quien ya hemos aplaudido en Bellas Artes en varias ocasiones. Un Cassio impecable. Muy bien también la Emilia que cantó Grace Echauri.
Elogiable del todo el Coro infantil Ágape, y la mandolina de Julio Contreras.
Director musical, Gavriel Heine. La ópera es ante todo canto y música, y en eso no nos falló La Ópera de Bellas Artes.








