“Territorios de la memoria” en el MAM

Es lamentable que una exposición que pudo haber marcado un hito museístico se reduzca a una selección curatorial discrecional, una narrativa forzada y un concepto incongruente.

Esperada por artistas y mencionada por coleccionistas desde 2018, la apuesta de la entonces directora del Museo de Arte Moderno, Silvia Navarrete, se percibía como un proyecto pertinente y atractivo que, además de recordar el dinamismo creativo y pictórico característico de las dos últimas décadas del siglo XX, evidenciaría su continuidad hasta el presente. Diseñada por el curador invitado José Manuel Springer –exfuncionario cultural, académico y fundador del portal de artes visuales Replica21 (2000-2014)–, la exposición tenía una sólida prospectiva de éxito.

Aun con el cambio de dirección del museo y ya bajo la gestión de la 4T, el proyecto se inauguró el pasado 6 de junio con el título de Territorios de la memoria. 1985-2019. Sin informar sobre posibles cambios o adaptaciones en el concepto y narrativa curatorial, la muestra, a pesar de la recuperación de algunas firmas que fueron tan relevantes en los ochenta como olvidadas en el siglo XXI –como Dulce María Núñez–, provoca una gran desilusión.

Integrada por aproximadamente 90 obras de autores nacidos entre 1883 –José Clemente Orozco– y la pasada década de los años setenta, la exhibición, con base en lo que informó la directora del museo, Natalia Pollak, integra “…34 años de diferentes propuestas de artistas que han trabajado el tema de la memoria, los territorios, los desplazamientos, la violencia, la migración”. Primera incongruencia, ya que al incluir las obras Pomada y perfume de Orozco de 1946 y Nuestra imagen actual de David Alfaro Siqueiros de 1947, la muestra sugiere un lapso de 73 años que no está trabajado.

Dividida en cuatro secciones que desde su título evidencian la generalidad del concepto curatorial, la muestra aborda con aproximadamente 52 autorías las siguientes temáticas: la familia, el poder y los modos de relación entre la sociedad y las instituciones; las transformaciones en los papeles sociales y mitos culturales que determinan el presente; la devastación de la naturaleza y la migración del campo a zonas urbanas; y propuestas de restauración social.

Con imprecisiones en el contenido como la pieza El mojado de Boris Viskin que, aun cuando está fechada en 2008, incluye una imagen con el logotipo del Partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena) que se creó en 2014, lo primero que resalta en la exposición es la discrecionalidad en la selección autoral: ¿qué criterios sustentan la convivencia de presencias tan significativas en las últimas décadas del siglo XX como Nahum Zenil, Julio Galán y Gustavo Monroy, o pintores contemporáneos tan contundentes como Eric Pérez o tan sutiles como Antonio Luquin, con la pintura de Alejandra López Yasky? Y, en este contexto, ¿por qué hay artistas que, como Gabriel Macotela o Boris Viskin se repiten en varias secciones?

Sin lograr definir una narrativa ni temática ni histórica, la exposición abunda en autorías de cuestionable pertinencia, entre ellas la del norteamericano James hd Brown. Y si bien en el contenido existen piezas interesantes como la ambivalente pintura de Daniel Ruanova y la escultura colgante en papel de china de Maribel Portela, hay obras muy menores de artistas tan significativos como Carla Ripey y Cisco Jiménez.

Entre los aciertos de la muestra se encuentra un espléndido Viacrucis realizado por Antonio Ortiz El Gritón de 1999. Realizado a partir de intervenciones pictóricas de poéticas gestuales sobre 14 mapas impresos en 1930, la pieza es emblemática en su trayectoria, ya que define el inicio de una exploración abstracta e icónica que se mantiene hasta la fecha. l