La vida de los sirios en un “tercer país seguro”

El fallido intento turco de incorporarse a la Unión Europea hizo que Ankara pusiera los ojos en Medio Oriente y le abriera las puertas a los sirios que huían de la guerra, con la intención de influir en el resultado del conflicto en Siria. No lo logró, y acudió de nuevo a sus vecinos occidentales, que convirtieron a Turquía en un “tercer país seguro”, donde ahora viven casi cuatro millones de exiliados de varios países asiáticos y africanos.

 

Estambul.- En algunas calles de esta capital son cada vez más comunes los negocios con rótulos en árabe –idioma ajeno a la población local– que ofrecen pollo frito al estilo de Alepo, comida yemenita o palestina, café de Damasco y dulces de Medio Oriente. En la céntrica avenida Istiklal los turistas se detienen ante jóvenes sirios que cantan para ganarse unas monedas, o pasan sin mirar ante una familia de refugiados que mendiga.

Los turcos, cuya lengua se escribe en caracteres latinos desde 1928, se consideran más cercanos a los europeos y siempre han mirado a sus vecinos del sur con cierto aire de superioridad: hasta hace un siglo esos países eran meras provincias de un imperio, el otomano, dirigido desde los palacios estambulitas. Ahora ven con aversión cómo su país se “arabiza”.

No son sólo los 3.6 millones de refugiados sirios que viven actualmente en Turquía (país de 80 millones de habitantes), también hay 150 mil iraquíes que escaparon de la guerra en su país y varias decenas de miles de egipcios, palestinos, libios o yemenitas, a quienes se suman los afganos (unos 170 mil), somalíes (5 mil) y miles más de africanos y asiáticos que cada año llegan a este país a fin de usarlo como trampolín para acceder a Europa.

“En torno al núcleo central que componen las superpotencias capitalistas como Estados Unidos y la Unión Europea (UE) se está formando una especie de cinturón aislante respecto a Latinoamérica, en un caso, y al África Negra y Oriente Medio, en el segundo”, sostiene Francisco Veiga, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro El turco.

Estas nuevas fronteras, opina Veiga en entrevista, las forman una serie de territorios como México, respecto de sus vecinos del norte, o el Magreb, Turquía y Ucrania, respecto de Europa.

“No se trata de fronteras al viejo estilo, con alambradas y soldados vigilando, sino fronteras blandas, más propias del neoliberalismo, que a su vez son territorio de contacto e intercambio. Un nuevo tipo de hinterland.”

El concepto hinterland (“tierra posterior”) fue usado por primera vez en tratados alemanes de geografía del siglo XIX, si bien su popularización corrió a cargo de Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional estadunidense en los setenta.

En el imaginario europeo, Turquía –que engarza Europa con Asia y con Medio Oriente y, a través de esta región, con África– se pretende como esa zona de frontera ancha y blanda donde se queden los refugiados y migrantes. Este nuevo hinterland, prosigue Veiga, lo forman países “con un grado de estatalidad reducido”, caracterizados por cierta inestabilidad y donde proliferan diferentes grupos de poder.

El analista turco Burak Bekdil escribe que no sólo en su aspecto externo sino también en la práctica política, Turquía se está alejando de los países europeos a los que antes miraba como ejemplo.

Estancado desde hace años el proceso de adhesión a la Unión Europea iniciado en 2005, la inestabilidad política –atentados terroristas, intento de golpe de estado–, la polarización social y la represión del actual gobierno islamista hacen que Turquía “se acerque cada vez más a parecerse peligrosamente a alguno de sus vecinos del sur o del este”.

 

Pacto antimigratorio

 

Precisamente porque veía cómo se le cerraban las puertas de la UE, el presidente Recep Tayyip Erdogan apostó por extender su influencia en otra dirección: lo que antaño habían sido los dominios del Imperio Otomano.

En 2011, cuando empezó la guerra civil en Siria, Ankara decretó una política de “puertas abiertas” para quienes escapaban de los combates. Pensaba que “el conflicto llegaría a una conclusión rápida y los desplazados sirios regresarían a casa”, sostiene el director del Centro de Investigación sobre las Migraciones, de la Universidad Koc de Estambul, Ahmet Icduygu.

Y al volver a su país tras haber probado la hospitalidad de Turquía, esos sirios ayudarían a Ankara a ganar influencia en una eventual Siria sin Bashar al-Asad. Pero la guerra civil se enquistó y la política turca sobre los refugiados se caracterizó por una “ausencia de guías políticas generales”, según Icduygu, generando una situación de incertidumbre para los millones de migrantes en suelo turco.

Cuando Angela Merkel, canciller alemana, dijo en 2015 que no cerraría las puertas a quienes escapaban de la guerra, cientos de miles de sirios que huían de las bombas –y otros cientos de miles de otros países en situación de crisis– decidieron seguir su camino hacia Europa Central en lugar de quedarse en Turquía.

Ese año más de 850 mil personas llegaron ilegalmente a las islas griegas, luego cruzaron a pie los Balcanes y numerosas fronteras y pidieron asilo en Austria, Alemania, Bélgica, Suecia… La derecha xenófoba europea percibió su momento y vio en esta oleada migratoria el momento para explotar los sentimientos ultranacionalistas de la población. Alarmados, los dirigentes de la UE decidieron pactar un acuerdo que cerrara esta vía de entrada a su territorio.

En virtud del pacto antimigratorio firmado por la UE y Turquía, que entró en vigor en 2016, el gobierno de Ankara se comprometió a reforzar la seguridad de su frontera con Medio Oriente. Y de los abultados números de 2015 se pasó a sólo 50 mil entradas ilegales en 2018.

En este sentido “el acuerdo ha sido un éxito”, explica a Proceso el embajador de la UE en Ankara, Christian Berger. Asimismo se pactó que Turquía aceptaría la devolución de los migrantes que cruzaran ilegalmente y no pudieran optar por el estatus de refugiado en Grecia y, a cambio, por cada uno de ellos, los países de la Unión Europea aceptarían que el gobierno turco les enviara refugiados sirios en situación de vulnerabilidad.

Aunque esta vía supone un modo “legal y seguro” de reasentarse en Europa, lo cierto es que esta parte del acuerdo no ha funcionado como debería, reconoce Berger. No todos los países europeos aceptan a los refugiados y sólo 20 mil sirios han sido reasentados en tres años.

Por otra parte, los migrantes que Grecia pretende devolver pueden objetar legalmente su decisión y, dado el atasco de peticiones de asilo en las islas griegas que los funcionarios no son capaces de procesar, sólo mil 500 han sido retornados a Turquía.

Numerosas ONG han criticado el pacto, al que denominan “acuerdo de la vergüenza”, ya que creen que la UE no puede considerar a Turquía “tercer país seguro” pues no ha reconocido plenamente la Convención sobre los Refugiados: sólo otorga este estatus a ciudadanos de países europeos, no de otros continentes. A los sirios, por ejemplo, los considera “huéspedes” con un paraguas legal de “protección temporal”.

“Siempre hay críticas”, se defiende el embajador Berger, “pero algo había que hacer. El acuerdo ha permitido que haya menos muertes en el mar Egeo”.

Es cierto: 799 migrantes murieron tratando de alcanzar las costas griegas en 2015 y en 2018 fueron 174. Eso sí, esta justificación tiene un pero, pues el acuerdo ha significado que las rutas migratorias se desvíen de la frontera turco-griega hacia el Mediterráneo en barcazas que parten de Libia rumbo a Italia, una vía mucho más peligrosa: si en 2015 por cada mil personas que llegaban irregularmente a Europa morían cuatro, actualmente mueren 16 por cada mil. La mortalidad del viaje se cuadruplicó.

Además, el cierre de la vía de salida desde Turquía significa que el gobierno turco, a su vez, selle su frontera de entrada. A lo largo del confín territorial con Siria, Ankara edificó un muro de cientos de kilómetros para evitar la entrada de refugiados. Y según Gerry Simpson, de Human Rights Watch, se ha elevado el número de deportaciones de sirios: “Antes de la firma del acuerdo no habíamos escuchado de ninguna deportación desde Turquía; luego, se han multiplicado las devoluciones en caliente”.

 

Escuelas y hospitales

 

La parte más importante del acuerdo firmado entre Turquía y la UE es la del dinero: un poco más de 6 mil millones de euros. No es mucho atendiendo a la cifra que el gobierno turco afirma haber gastado en ayudar a los refugiados: más de 26 mil 600 millones de euros.

“La idea es ayudar no sólo a los refugiados sino también a la comunidad que los hospeda, por ejemplo construyendo infraestructura que pueden usar los refugiados pero también la población local”, afirma Berger. “Y estamos muy satisfechos con los resultados, especialmente en campos como la educación o la salud”.

Aproximadamente un tercio del monto está presupuestado para “ayuda de emergencia”, por ejemplo un proyecto por el cual las familias con menos recursos reciben una tarjeta en la que se les da, por persona, el equivalente a 20 dólares al mes para usarlo en alimentos o ropa.

Otro tanto está destinado a salud y educación: construir nuevas escuelas, clínicas y hospitales en los lugares donde más refugiados hay y formar a los profesionales que servirán en ellos. Si en el curso 2015-2016, el Ministerio de Educación turco sólo pudo ofrecer 70 mil plazas para los sirios, ahora esa cifra se ha multiplicado por 10. “En Turquía hay 1.04 millones de refugiados sirios en edad escolar, y 63% está ya escolarizado”, asegura Omar Kadkoy, académico sirio y analista político del centro turco de estudios TEPAV.

Hay también asuntos más prosaicos. Por ejemplo, fondos destinados a que los ayuntamientos adecuen su infraestructura para alojar a una creciente comunidad de refugiados. Kilis, con 140 mil habitantes, ha recibido en siete años a 114 mil sirios. “Antes recogíamos 40 toneladas de basura al día, ahora 160. Y el consumo de agua potable se ha incrementado un tercio”, explica Hasan Kara, alcalde de esa ciudad, fronteriza con Siria.

“Hemos recibido de pronto una cantidad enorme de personas que tienen una cultura y una lengua diferentes de la nuestra. Pese a todo, compartimos lo que tenemos. Conocemos las necesidades de nuestros huéspedes sirios porque nuestro personal los visita en casa. Podemos atenderlos por menos dinero que en Europa. Pero sin apoyo no podremos seguir dándoles servicios”, afirma en entrevista.

 

Futuro en Turquía

 

La comunidad de refugiados en Turquía es variopinta. Hay sirios que pudieron salvar sus ahorros, establecieron empresas y viven mejor que en su patria: han abierto 10 mil negocios en suelo turco desde 2011, invirtiendo mil 200 millones de dólares y dando trabajo a unas 75 mil personas.

Muchos otros luchan cada día por llevar comida a la mesa, y los hay también que a duras penas subsisten en edificios abandonados, en parques o en portales con el único recurso de la mendicidad. No pocos son víctimas de la explotación de empresarios desalmados que se aprovechan de su desconocimiento de las normas locales para pagarles menos de lo debido.

Incluso así, Turquía no es el país que los ha tratado peor. “Después de haber experimentado Egipto y Líbano, en Turquía te sientes mejor acogido, tanto por el gobierno como por la mayoría de la gente”, explica el refugiado y activista Abdullah Qabbani. “Al menos tenemos derecho a la salud y a la educación gratuitas”.

Y a medida que la situación económica en Turquía ha ido empeorando, cada vez se escuchan más voces contrarias a la presencia de los refugiados y la oposición lo ha aprovechado con un discurso ciertamente racista en el que llama a devolver a los sirios a su país.

Pero hasta el momento sólo 320 mil refugiados se han acogido al programa de retorno voluntario impulsado por el gobierno turco, que los reasienta en las provincias controladas por su Ejército dentro de Siria, donde la seguridad aún es precaria.

Todo indica que buena parte de los refugiados terminarán por encontrar su lugar en el país de acogida y echarán raíces. Según los estudios, 73% de los jóvenes sirios prefieren quedarse en Turquía y cerca de 80 mil ya tienen la nacionalidad turca.

“Regresar a Siria es especialmente difícil para las familias que tienen a sus hijos en la escuela. Porque, además, esta segunda generación (415 mil hijos de sirios nacieron en Turquía desde 2011) hablará turco como los nativos”, opina Kadkoy, “y las historias que sus padres les cuenten sobre Siria les parecerán muy lejanas”. l