El fin del experimento de la izquierda radical

Todo apunta a que Syriza, el primer partido radicalmente marxista en encabezar el gobierno de un país de la Unión Europea, perderá las elecciones anticipadas este domingo 7. El primer ministro Alexis Tsipras, el gobernante más joven que ha tenido Grecia, inició su mandato temido por la Unión Europea pero con un gran apoyo de su pueblo; se va odiado por buena parte de ese pueblo y respetado por la UE. El partido y el premier no pudieron cumplir sus promesas de campaña, no mejoraron el nivel de vida de los griegos y trataron a la gente con arrogancia, según diversas fuentes. 

Atenas.- La Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) fue el partido que más votos obtuvo en Grecia en las elecciones de enero de 2015, tras seis años de austeridad impuestos por la Unión Europea (UE), el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, a cambio de dos rescates financieros para evitar la quiebra de un país que en la década anterior había gastado indiscriminadamente.

Incluso los máximos defensores de la ortodoxia económica, como el exministro de Finanzas, Gikas Hardouvelis, reconocen que el programa de ajuste aplicado a Grecia –brutales recortes del gasto público, reducciones de salarios y pensiones de hasta 40% y aumento de los impuestos– tuvo un carácter “punitivo”. 

“La crisis podía haberse resuelto rápidamente condonando parte de la deuda griega, pero eso preocupaba a los alemanes, que pensaron: ‘Si se lo permitimos a los griegos, seguirán el mismo camino italianos, españoles e irlandeses’”, explica Hardouvelis a Proceso. 

El resultado, en cambio, fue una década de recortes y recesión, durante la cual medio millón de griegos (5% de la población) abandonó el país, el desempleo se disparó de 8 a 28% y la destrucción de más de un tercio de su PIB.

Así, la población griega decidió dar su voto a un partido que hasta esta década no había pasado de 5% de apoyo. “Se debió al enfado con la corrupción, el nepotismo y la cleptocracia de los anteriores partidos, que habían llevado al país a la bancarrota y provocaron una caída en los estándares de vida”, afirma en entrevista Yorgos Christidis, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Macedonia en Salónica. Las promesas que llevaron a Alexis Tsipras al poder se pueden resumir en: acabar con la austeridad y rechazar el pago de parte de la deuda.

El día que Tsipras se trasladó a la mansión Máximos, hogar del jefe de gobierno, no fue recibido por el primer ministro saliente, Andonis Samarás. “Se llevó hasta los focos”, explica a Proceso el diputado Costas Douzinas, considerado “el filósofo” de Syriza. 

“Encontramos vacías las arcas del Estado. Samarás decidió no proceder con la negociación del último tramo del rescate financiero, porque sabía que le tocaría utilizarlo al siguiente gobierno, así que no teníamos dinero ni para pagar a los funcionarios y tuvimos que pedírselo a los ayuntamientos”, dice.

País comprometido

Entre 2010 y 2015, la democracia y la soberanía le fueron arrebatadas a Grecia. Daba igual qué partido eligieran los votantes, porque no podría cumplir lo prometido: las decisiones las tomaban los representantes de Bruselas y Berlín en Atenas, en lo que varios autores compararon con una “administración colonial”. Por eso, cuando Syriza se presentó a negociar con un programa rupturista, cundió el pánico entre los dirigentes de la UE. Si los radicales griegos triunfaban, seguirían otros partidos antiausteridad, como Podemos en España o el Movimiento 5 Estrellas en Italia.

En ese momento Grecia aún no podía caminar sola. Necesitaba nuevos fondos del exterior, pero Syriza no estaba dispuesta a asumir las contrapartidas –nuevos recortes, más austeridad– que sus socios europeos le pedían. Convocó un referéndum pidiendo el “No” a las medidas de austeridad y, efectivamente, 61% de los griegos rechazó lo exigido por la UE. 

Sin embargo la alegría le duró poco a los griegos. “Hubo un ataque brutal para derribar al gobierno de Tsipras y conseguir que la izquierda en Europa no volviera al poder en una generación”, sostiene Douzinas y cita como ejemplo el que, contra la normativa, se detuvo la transferencia de fondos de emergencia a la banca griega, que se quedó sin liquidez y obligó al Ejecutivo a decretar un “corralito” bancario. 

Ocho días después del plebiscito, Tsipras se vio obligado a firmar nuevas medidas de austeridad a cambio del tan necesario rescate: de no hacerlo, Grecia sería expulsada de la unión monetaria europea y las consecuencias resultarían más catastróficas para la población. 

El partido se rompió. Parte de los antiguos compañeros de Tsipras –los que apostaban por una salida del euro– lo abandonaron y el joven primer ministro hubo de convocar nuevas elecciones para septiembre. Las volvió a ganar, pero ya sin la alegría o la esperanza de antes. 

“A Tsipras siempre lo perseguirán los seis primeros meses de su gobierno. No supo calcular los riesgos ni supo leer la capacidad de maniobra que tenía dentro de la apretada estructura de la Eurozona. Y eso dejó un legado del que no se ha podido recuperar en cuatro años”, explica a Proceso el periodista Nick Malkoutzis, editor del medio independiente Macrópolis: “Era un gobierno de gente sin experiencia, que no tenía amigos en los medios ni en la élite empresarial y que fue aprendiendo a gobernar sobre la marcha”. 

“Al llegar al Parlamento, un diputado de ND me preguntó cómo podía ser que yo, un respetado profesor de derecho en la Universidad de Londres, me uniese a una gente de los que la mayoría ‘no ha salido nunca al extranjero, no habla idiomas y, lo que es peor, no saben escoger un buen vino’”, rememora Douzinas: “Esto demuestra que (los de ND) ven el poder como algo elitista y patrimonial, y que nosotros no tenemos derecho a ejercerlo”. 

La derecha odia visceralmente a Tsipras. “¿Por qué? ¡Porque nos ha traído el comunismo!”, justifica Zanis, un joven que acudió al mitin de ND con un escudo nacional bordado en su costosa playera de marca. Cuando se le hace notar que, en realidad, el primer ministro ha aplicado casi al pie de la letra todas las ordenanzas de Bruselas, incluidos recortes del gasto público, privatizaciones, dolorosas reformas e importantes alzas de impuestos a la clase media, admite: “Sí, pero porque estaban los europeos vigilando. Si no, nos habría impuesto el comunismo”. 

“Irónicamente, un gobierno de la extrema izquierda ha sido el que mejor ha cumplido los objetivos fiscales y de déficit de la historia reciente. Y hay que reconocer que han hecho bastantes cosas bien: han creado una agencia independiente de recaudación de impuestos, alejada de influencias políticas como era tradicional en Grecia”, explica Malkoutzis: “Syriza heredó una economía en mala situación y la entrega al siguiente gobierno en un estado muy razonable. Incluidos 30 mil millones de euros (unos 640 mil millones de pesos) de reservas en efectivo”. 

En los dos últimos años, tras ocho de no hacerlo, la economía griega volvió a crecer, si bien a un ritmo muy bajo. Eso sí, los marxistas griegos hicieron que Grecia volviera a poder pedir prestado en los mercados internacionales.

Dim Rapidis, asesor del vicepresidente del Parlamento Europeo y miembro de Syriza, prolonga la lista de medidas positivas de Atenas: reducir la deuda del sistema sanitario, racionalizar el sistema de pensiones, repartir comidas en escuelas para medio millón de niños necesitados y declarar la sanidad pública gratuita y universal, permitiendo que tres millones de griegos que antes no podían, ahora tengan acceso a atención y medicamentos. 

Además, reducir el desempleo de 26 a 18% de la población activa (de 60 a 40% en el caso de los jóvenes), a la vez que, este año, se incrementaba el salario mínimo hasta los 650 euros (casi 14 mil pesos), todavía entre los salarios más bajos de la UE en un país con los precios 6% más caros que la media europea en el caso de los alimentos y 57% en las comunicaciones. 

La mayoría del trabajo que se crea, eso sí, es precario y a tiempo parcial, por lo que, según la oficina de estadística, 30% de los trabajadores griegos sólo cobra 400 euros al mes (poco más de 8 mil 500 pesos). “Los salarios han mejorado, pero sabemos que no son cantidades con las que se pueda vivir, no podemos estar satisfechos”, reconoce Rapidis.

Hardouvelis es más duro: “Este gobierno no estuvo a la altura. Estaban habituados a discutir Marx y Lenin, pero no tenían ni idea de la economía real; son lo que yo llamo ‘socialistas de café’. En 2014 la economía estaba en vías de estabilización, sólo necesitaba un pequeño empujón para empezar a crecer. 

“Entonces llegó el nuevo gobierno y su enfrentamiento con la UE nos costó dos años más de recesión, además del hundimiento de los bancos y del sector privado. Los préstamos en mora son casi la mitad del total. Y así la gente, que lleva diez años en crisis, ha solidificado su malestar, ha perdido la esperanza.”

Basta darse un paseo por Atenas para comprenderlo. Aparte de las ruinas de la época clásica, que siguen atrayendo turistas, están las ruinas actuales: infraestructura abandonada a medio construir, edificios desocupados por falta de uso y sobre todo, las personas: rostros agotados y tempranamente envejecidos. Vidas rendidas en el altar de la austeridad.

Esperanza perdida

La psicóloga Olga Theodorikakou ha sido testigo de ello. En Klímaka, la ONG en la que trabaja, un cartel recibe en la puerta: “Si perdiste la esperanza, hace falta ayuda”. En su edificio se atiende cada día a decenas de personas que pasan por graves dificultades. 

“Los problemas económicos producen un mayor estrés para la gente, que es de por sí vulnerable. Durante la crisis hemos documentado un incremento de hasta 25% del número de personas sin techo y, aunque sigue siendo una cifra baja, también han aumentado exponencialmente los suicidios”, dice al reportero. 

Como su organización, en los últimos 10 años han proliferado las ONG que atienden directamente a personas sin hogar y sin trabajo, que reparten comida u ofrecen refugio, financiadas por particulares o por organismos internacionales para actuar ahí donde el Estado se ha demostrado incapaz.

Pero si hay algo que le dolió a los votantes de Syriza, aparte de no haber podido elevar los estándares de vida como había prometido, es que en algunos aspectos se comportara como los viejos partidos políticos a los que sustituyó. 

“Por desgracia ciertos dirigentes de Syriza trataron a la gente con gran arrogancia y utilizaron sus posiciones de poder para dar empleos públicos a personas cercanas”, opina Christidis. Otros críticos mencionan también los intentos de presionar a la justicia para perseguir a oponentes políticos y el intento de manipular a los medios para que estuvieran a su favor (si bien en esto fallaron estrepitosamente). 

Por ello este domingo los griegos habrán votado por el principal rival de Syriza, Kyriakos Mitsotakis, líder de ND. Vuelven con él la vieja derecha y las tradicionales familias que han controlado la política griega durante décadas: el candidato es hijo de un exprimer ministro, hermano de una exministra de Exteriores y tío del actual alcalde de Atenas. 

“Vimos estos años a un primer ministro que no es de ninguna familia política y ha sido el peor primer ministro desde la vuelta a la democracia en 1974”, opina en entrevista Haris Theoharis, diputado de ND. “Y aparte de la familia a la que pertenece, Mitsotakis es un gran político, renovador y preparado”. 

Sólo el vaticinio de las encuestas en favor de Mitsotakis ya hizo subir a la bolsa de Atenas; sus promesas de bajar los impuestos encendieron una chispa en los ojos de los empresarios y la clase media. Probablemente con las arcas llenas que deja Syriza, esto bastará para que la economía griega despegue, al menos en un primer momento.

De poco ha servido que en los últimos años la imagen internacional de Tsipras haya ganado. En un país muy religioso y celoso de su identidad nacional, él, ateo y antinacionalista, logró legalizar el matrimonio homosexual –pese a la oposición de la Iglesia Ortodoxa–, aprobó una ley que concede la nacionalidad griega a los hijos de los inmigrantes y arriesgó su capital político para solventar las disputas con Macedonia del Norte.