“La última locura de la señora Darling”

Convencida de que vive el último día de su vida, la señora Claire Darling (Catherine Deneuve) decide vender, en ese mismo momento, todos los objetos que llenan su mansión en una provincia al norte de París; en el jardín organiza un tianguis a precios irrisorios, con las antigüedades y obras de arte que acumuló la familia por generaciones. Alarmada por la extravagancia, esta anticuaria del pueblo llama a la hija de Claire, Marie (Chiara Mastroiani), distanciada de su madre desde hace 20 años.

Basada en la novela de Lynda Rutledge, escritora tejana, La última locura de la señora Darling (La dernière folie de Claire Darling; Francia, 2018), la directora Julie Bertuccelli organiza un drama sobre la memoria afectiva incrustada en el tiempo y en las cosas, para lo cual recurre a su experiencia como documentalista. Construye así un universo visual donde joyas, cuadros, muebles, muñecos y autómatas suscitan los recuerdos de toda una vida, la carga afectiva de las cosas, y las desdichas familiares; no es la contemplación nostálgica, sino el choque de desprenderse de esos objetos lo que activa la memoria y libera el apego.

Esta odisea debe ocurrir en el tiempo condensando un solo día; las visiones del pasado y las fantasías de Claire se mezclan con los recuerdos de Maire, y de su mejor amiga, como el del péndulo fabuloso de un reloj; la avalancha del pasado convoca a personajes de éste y del presente que deambulan por el escenario de la casa y sus decorados. La técnica de cine, claro está, es la del flashback, procedimiento que Bertuccelli utiliza sin tapujo, de manera casi promiscua, sin delinear espacio y tiempo.

Alice Taglione interpreta una Catherine Deneuve joven muy apegada al estilo de la gran diva, y Colomba Giovanni, a su vez, al personaje de Chiara Mastroiani de joven; el redoble de actrices funciona, pero la imposición de mantenerlas ligadas por jarrones, juguetes y autómatas dificulta la liga afectiva entre ellas, como el rencor y el odio y la demanda de perdón. En La última locura de la señora Darling, los objetos saben más que el público y los mismos personajes.

Filósofa de formación, Julie Bertuccelli aprendió a dirigir como asistente de directores de la talla de Kieslowski, Tavernier y Otar Iosseliani; sus credenciales pesan y no la libran de un cierto academismo cuando instala elementos del pasado en el presente, afloja los hilos del relato, con un barroquismo deliberado que el espectador puede interpretar como inconsistencia y falta de equilibrio, sin que lo sea. En sus documentales, Bertuccelli (El curso de Babel) destaca por su manera de catalogar y registrar de manera objetiva tiempo y acción, pero en sus largometrajes de ficción (El árbol) se aleja del cada vez más del realismo.

Y justo el problema, con esta señora Darling, es que la fuerza liberadora del desprendimiento de esas bellas cosas que la persiguen queda empañada con la amenaza del Alzheimer o de los posibles síntomas de locura senil; el drama realista de la egoísta esposa y madre familia se ahoga bajo el lirismo y la fantasía, y tampoco cabe bien la metáfora del derrumbe de esa burguesía francesa, elegante y de buen gusto que la Deneuve pudo estereotipar en sus tiempos de dama Chanel.

Aunque el placer de verla, aun a sus 75 años, caminar o fumarse un cigarrillo como en los buenos tiempos de Buñuel o Truffaut, no lo opaca nada.