Se ha dicho que la política exterior es como un tablero de ajedrez con varias dimensiones. La crisis bilateral actual presenta diversos escenarios: mediático, electoral, económico y comercial, migratorio y fronterizo. Y desde luego los egos de dos poderosos mandatarios, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Este ensayo intenta resumir esa complejidad mediante cinco grandes nudos.
1. El presidente Donald Trump ya logró, y con creces, su objetivo inmediato al provocar una crisis bilateral con México: cambió radicalmente el ciclo noticioso en Estados Unidos.
La primera aparición pública del fiscal especial Robert Müller –“mi informe no exonera al mandatario”, dijo– puso a Trump contra las cuerdas. No habían pasado 24 horas cuando el mandatario tuiteó su draconiana medida de imponer aranceles a todas las importaciones de México para que pusiera un freno al creciente flujo de migrantes en tránsito.
Trump llegó a Europa esta semana con una amplia sonrisa. Todos los medios de su país, de México y muchas latitudes, dedicaron sus principales espacios a evaluar cómo la medida afectaría la economía estadunidense y desde luego, el daño que está provocando en la consolidación del nuevo Tratado Estados Unidos, México y Canadá (TMEC).
Esta arrolladora victoria mediática debe ser tomada por los negociadores mexicanos como una ventaja. Las crisis que le han salido mejor a Trump son aquellas para las que él mismo provee la solución. En su primer año provocó una por la financiación de la OTAN. Se resolvió sin que ningún país miembro cambiara nada, pero todos le permitieron al mandatario que celebrara “su gran victoria”. Esa puede ser una salida para México. Siempre que AMLO pueda asumir un costo mediático de permitirle al estadunidense reclamar victoria.
2. Estados Unidos no puede sostener una guerra comercial con sus vecinos pues ya está en una con China. Tanto México como Canadá leyeron mal la decisión del 17 de mayo pasado de sacarlos de la lista de países con nuevos aranceles para acero y aluminio. Más aún, mayo parecía el mes de consolidación del TMEC.
México y Canadá habían iniciado la ratificación legislativa. El error fue pensar que eso los dejaría libres de conflicto. Lo que ya sabemos, y no cambiará de aquí a la elección de noviembre de 2020, es que Trump sólo posee un objetivo: reelegirse. No nos hagamos ilusiones. En los próximos 17 meses la relación bilateral será una montaña rusa.
Ahora bien, como la realidad es que una guerra comercial con México sí afectará, y gravemente, a algunos sectores y regiones de Estados Unidos, ya un grupo de senadores republicanos está montando una oposición a Trump. Destaca John Cornyn, de Texas, presidente del poderoso Comité de Finanzas, quien señaló que imponer aranceles a todas las exportaciones mexicanas es como “apuntar con una pistola a nuestras cabezas”.
Los demócratas, con el control de la cámara baja, también están en pie de guerra. El representante Richard Neal, quien preside el más importante comité –Medios y Arbitrios– subrayó: “La política comercial de Estados Unidos para influir en la seguridad de la frontera es un abuso de poder. Si el presidente declara una emergencia nacional y trata de establecer estos aranceles, presentaré una resolución para detener su exceso”.
Los pesos y contrapesos de la democracia estadunidense están funcionando. En el Congreso y en los estados están surgiendo aliados de México. La diplomacia de AMLO tiene que cabildear fuertemente sus posiciones en las entidades que son más afectadas y con sus delegaciones legislativas en Washington. Aquí el acompañamiento del empresariado mexicano es de singular importancia. Y afortunadamente la renegociación del TLCAN despertó a los empresarios nacionales.
3. La posición de AMLO –no pelearse a toda costa con Trump– es inmejorable.
AMLO es un político fajador, pero ha perfeccionado su estrategia de “amor y paz”, como bien demostró en la última campaña. Gracias a esto es una especie de guerrero de boligoma. Los golpes de Trump le rebotan. De pugilista “rudo” se ha venido convirtiendo, por necesidad, en “técnico”.
Hasta el momento Trump ha sido respetuoso con AMLO. Pero es un genio en sacar de quicio a sus rivales –“el enano de los cohetes”, llamó al líder de Corea del Norte, Kim Jong-un–. Y cuando no se entendió con algún aliado, como durante la cumbre del G7 en Canadá, cruzó espadas sin miramientos con el primer ministro Justin Trudeau.
Es evidente que AMLO confía en que su estrategia es la adecuada. Su paciencia y colmillo están, sin embargo, a prueba.
4. La demanda precisa y concreta de la Casa Blanca –“detengan a los migrantes en tránsito”– es un grave reto para AMLO, pues está cargada de racismo y xenofobia. Trascendió que Trump montó en cólera al ver el video de cómo mil 36 migrantes, la mayoría miembros de familias del Triángulo del Norte de Centroamérica, se introdujeron por un hoyo en el muro fronterizo entre Ciudad Juárez y El Paso, Texas, y se entregaron a las autoridades.
El pasado 16 de mayo Trump presentó un plan de reforma migratoria al Congreso, basado en reclutar “grandes talentos”. Su propuesta es cambiar la política humanitaria de reunificación familiar –seguida durante décadas– a una de puntos que da preferencia a migrantes con estudios universitarios y que sepan inglés. Es decir, no quiere migrantes del sur, sino de países del norte, y menos numerosos.
En sus primeros seis meses en la Presidencia, la propuesta de AMLO frente a los flujos de migración en tránsito ha sido contradictoria. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, dio un giro de 180 grados y pasó de halcón a paloma. El Instituto Nacional de Migración (INM) insistía en otorgar visas humanitarias a los transmigrantes. Esto pudo haber alentado los flujos, los cuales han crecido extraordinariamente en los últimos tres meses. Ahora bien, la Cancillería ha tomado el control y ha revertido el énfasis humanitario por uno de control, más realista y pragmático. Se requiere encontrar un punto medio. Medidas a corto plazo que ayuden a frenar los flujos, sin dejar ir las raíces de la expulsión.
5. La ausencia de política migratoria está en el centro de la crisis bilateral. AMLO tiene razón cuando señala que los gobiernos anteriores dejaron pasar el tema. Pero ya tiene seis meses en la Presidencia y no se necesita tener un sofisticado esquema de espionaje para darse cuenta de que “el emperador está sin ropa”.
La gran propuesta de AMLO ha sido un plan de desarrollo, tipo Marshall, para Centroamérica y el sur de México.
El plan de la Comisión Económica para América Latina a que ha hecho referencia Ebrard es muy acotado: una modesta propuesta sobre corredores migratorios entre el sur de México y Centroamérica.
Desde hace prácticamente dos décadas, cuando sobrevinieron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, Washington ha presionado a México para poner orden en la frontera sur y en el flujo de migrantes en tránsito. No se ha hecho. Más aún, al INM y a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados se les recortó el presupuesto.
AMLO requiere hacer de la migración una prioridad de su sexenio. Ello va más allá de contestarle a Trump. Una política migratoria de flujos seguros, ordenados y legales es esencial para un México cada vez más global y en el centro del corredor de intensa migración Centroamérica-México-Estados Unidos.
Desde los ochenta no estábamos sumidos en una crisis bilateral de esta magnitud. Más aún, es la primera crisis que enfrenta AMLO en su sexenio. Por su complejidad e importancia no le queda otra: si desea salir adelante, tiene que meterse de lleno al terreno de la política exterior y de la relación con Estados Unidos. Su máxima, “la mejor política exterior es la interior”, ya no aplica.
Está en AMLO rectificar e interesarse en el mundo para pasar a la Historia.
*Profesor de la Universidad de California, San Diego y director del Centro de Estudios México-Estados Unidos.








