Maestro del teatro político, jefe de un régimen que sistemáticamente viola los derechos humanos, el primer ministro de India, Narendra Modi, lejos de ser castigado fue reelecto y se ubicó como el político indio más popular en décadas, reactivando el peligro de que escale el conflicto con Pakistán por la región de Cachemira, donde el régimen de Nueva Delhi se ensaña salvajemente contra quienes considera “separatistas”. La otra cara de la moneda es el líder de la dinastía Gandhi, Rahul, quien fue humillado y prácticamente borrado de los comicios.
En 560 páginas un informe presenta testimonios escalofriantes de la política de violaciones a los derechos humanos aplicada por el gobierno indio, que encabeza el primer ministro Narendra Modi.
Para combatir a los grupos separatistas de la región de Cachemira, las fuerzas de seguridad no han tenido límites en sus operaciones de castigo y búsqueda de información: practican ahogo simulado, privación del sueño y escalofriantes torturas sexuales contra los sospechosos de pertenecer, ayudar o simpatizar con los grupos rebeldes.
La investigación de dos organizaciones locales –la Asociación de Padres de Personas Desaparecidas y la Coalición de la Sociedad Civil de Jammu y Cachemira– se suma a otras denuncias documentadas de Amnistía Internacional y de la ONU sobre el uso excesivo de la fuerza para reprimir las protestas en la zona.
Los votantes indios, sin embargo, no quisieron sancionar a Modi por estos abusos. Al contrario, en el prolongado proceso electoral que culminó el pasado 19 de mayo le concedieron una victoria más holgada de lo esperado, convirtiéndolo en el político indio más popular en décadas y, por otro lado, arrasaron con la organización que condujo a India desde su independencia en 1947, el Partido del Congreso, y humillaron al líder de la dinastía Gandhi, Rahul, quien perdió en el bastión familiar de Amethi, en el estado de Uttar Pradesh.
No es que las acusaciones se le resbalen a Modi; en realidad lo fortalecen. Maestro del teatro político, las convierte en evidencia de supuestas conspiraciones de élites nacionales y extranjeras en su contra.
Todavía más, estuvo a punto de provocar en febrero otra guerra con Pakistán –ambos países, que tienen arsenales nucleares, se han enfrentado ya cuatro veces–, precisamente a causa de la disputa por Cachemira.
Aunque la Fuerza Aérea india salió ridiculizada de un ataque transfronterizo en el que apenas causó daños, la versión oficial del gobierno, de una ofensiva exitosa, fue sostenida por la mayor parte de las cadenas de televisión y el primer ministro fue aclamado en las manifestaciones populares.
Peligro nuclear
“En los últimos cinco años (desde su llegada al poder en 2014) hemos hecho todos los esfuerzos necesarios para asegurar la paz en Jammu y Cachemira, mediante acciones decisivas y una política firme”, dijo Modi en su Manifiesto 2019.
Con esa sentencia explicó su propuesta de campaña de abrogar el artículo 370 de la Constitución, que garantiza la autonomía de ese mismo estado.
Es exactamente lo contrario de lo que pide la oposición cachemira. En 1947, cuando se preparaba la independencia del dominio británico, la facción que defendía mantener la unidad de la enorme colonia india perdió frente a las que exigían separar las regiones de mayoría musulmana (que se convirtieron en Pakistán y Bangladesh) de las de mayoría hindú. Esas dos comunidades y otras muchas más –cristianos, sijs, jainíes, budistas y zoroastrianos, entre otros– se encontraban mezcladas en muchas zonas y, aunque millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares, en la India conviven 900 millones de hindúes con 300 millones de fieles de otras religiones, de los que unos 170 millones son musulmanes.
Cachemira era un principado islámico que no fue incorporado a Pakistán, aunque este país controla una fracción del mismo. La disputa entre ambos gigantes no sólo condujo a cuatro guerras (1947, 1965, 1971 y 1999), sino que impulsó una carrera armamentista por la que ambos se hicieron de arsenales nucleares y se mantienen ajenos al Tratado de No Proliferación Nuclear.
Después de 1987 se formaron movimientos que exigen la independencia (unos son pacíficos y otros son armados) a raíz de una elección estatal en Cachemira, cuestionada por la oposición y bajo la influencia de la exitosa guerra islamista contra los rusos en Afganistán, la cual tuvo apoyo de Estados Unidos.
Pakistán ha permitido que se asienten en su territorio y lancen ataques desde allí, desencadenando airadas reacciones de sus vecinos.
Hablar de Cachemira no es fácil en ambos países. Las razones no son pocas y las pasiones, abrasadoras. Hay leyes que castigan a quien se aparte de la línea oficial en los discursos públicos o, por ejemplo, al hacer mapas: aunque cada nación controla una parte de la región, ambos gobiernos utilizan instrumentos legales para asegurarse de que en el papel se muestre que cada uno tiene el dominio total sobre la demarcación.
Tortura sistemática
Para llegar a Cachemira desde India hace falta cruzar un brazo amplio y nevado de los Himalaya. Al llegar a la cima de un paso se divisa un enorme valle verde, con el corazón relampagueante del lago Dal, cuya clara reflexión retrata nítidamente las altas cordilleras que lo protegen de las tormentas de nieve, no de la violencia.
Si el gobierno de Modi hizo “todo lo necesario” por la paz en Cachemira, como lo afirma, los hechos no indican éxito alguno. El año más sangriento en la región en una década fue 2018, con la muerte violenta de al menos 586 personas, de las cuales 160 eran civiles.
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos denunció en junio de 2018 el uso sistemático de escopetas de perdigones de parte de los grupos antimotines; se trata, dijo, de “una de las armas más peligrosas que se utilizan contra los manifestantes”.
El reporte confirmó que el gobierno había ignorado un informe de Amnistía Internacional, publicado dos años antes, en el que daba cuenta de la muerte de 78 personas y del enceguecimiento de un centenar más tras destruirles los ojos. Entre las víctimas había manifestantes y simples paseantes.
Tortura. Instrumento de control del Estado indio en Jammu y Cachemira, es el título de la investigación divulgada el 20 de mayo. Presenta los testimonios de quienes sufrieron maltrato bajo la custodia de las fuerzas de seguridad.
“Muzaffer Ahmed Mirza, de Tral, y Manzoor Ahmad Naikoo fueron sometidos a la inserción de barras de hierro a través del recto. Esto causó rupturas múltiples en sus órganos internos”, menciona el reporte. Mirza murió 10 días después por el daño que sufrió en un pulmón. Naikoo tuvo que soportar cinco cirugías. A él, además, le envolvieron el pene en un trapo al que le prendieron fuego. En total, son los casos de 432 hombres y mujeres.
De vender té a gobernar
Dado el enorme tamaño del país y que es el segundo más poblado del mundo, las elecciones en India se realizan en siete fases. Este año se efectuaron entre abril y mayo.
Los meses anteriores fueron ominosos para Modi y su Partido Baratiya Janata (BJP), el desempleo llegó a su nivel más alto en 45 años, los campesinos ganan menos que hace dos décadas y el eslogan que utilizó el primer ministro en su campaña de 2014, “Vienen buenos días”, amenazaba con convertirse en una denuncia contra él mismo.
Modi proviene de una familia dedicada a uno de los oficios más humildes: vendedor de té. De joven se incorporó a Rashtriya Swayamsevak Sangh, considerada la organización de voluntarios más grande del mundo, que estuvo prohibida por realizar atentados terroristas bajo la bandera de la ideología hindutva, que pretende que India sea un país sólo para hindúes, o que dé prioridad a quienes profesen esa religión y ponga en segundo término a los musulmanes, cristianos y demás.
El fundador de la patria, Jawaharlal Nehru, su Partido del Congreso y su dinastía Gandhi (Nehru bautizó a su hija Indira con el apellido del Mahatma, que también llevan sus descendientes) hicieron énfasis en el carácter laico del Estado, como una manera para promover la convivencia y evitar los conflictos religiosos.
Así, los partidos hinduistas no solían reunir más de 10% del voto, hasta que lanzaron una campaña para destruir la mezquita de Ayodhya, del siglo XVI. Lo lograron en diciembre de 1992 y causaron el primero de varios motines en diversos estados en los que persiguieron a miles de musulmanes por las calles para matarlos, violaron a sus mujeres y arrasaron con casas y comercios.
En 2002 Modi gobernaba el importante estado de Gujarat y permitió este tipo de ofensivas sangrientas en las que asesinaron a más de mil personas. Lo anterior lo convirtió en un paria internacional, le fue prohibida la entrada a Estados Unidos y otros países. Sin embargo, no fue procesado penalmente. Su figura siguió creciendo y ganó las elecciones de 2014.
Juego peligroso
Modi prometió llevar a la juventud india al primer mundo, un tren bala, millones de empleos nuevos y la estatua más grande del planeta…
Su atractivo es religioso, pero también aspiracional –en parte– por su propia historia de niño pobre que llegó a la cima. Al finalizar su primer quinquenio nada de esto se había materializado.
Dos meses antes de la primera fase electoral, sin embargo, la ayuda provino de Jaish-e-Mohammed (JeM), un grupo islamista que pretende la anexión de Cachemira a Pakistán y actúa desde ese país. El 14 de febrero atacó un convoy militar indio con un coche bomba que mató a 40 personas.
Modi juró venganza. El 26 de febrero, 12 cazas Mirage 2000 de la Fuerza Aérea India cruzaron la frontera y bombardearon un campo de entrenamiento de JeM. La televisión de su país difundió que habían matado a “entre 300 y 350 terroristas”. Eso fue lo que dijeron los presentadores, sin pruebas.
Las fotografías que publicó el gobierno pakistaní no mostraron ni una construcción destrozada y ni a un miliciano muerto.
La aviación pakistaní contraatacó al día siguiente, dos cazas se trenzaron en combate, un MIG-21 indio se desplomó y su piloto fue capturado.
La diplomacia internacional se activó para impedir una escalada bélica entre las dos potencias nucleares. A ninguno de los lados le convenía una guerra. Pakistán devolvió al piloto el 1 de marzo.
Y Modi tuvo con el amparo de los medios una doble victoria en plena campaña electoral: les entregó a los indios la satisfacción de –supuestamente– haber humillado a Pakistán y rescató a un héroe derribado.
Avalancha electoral
Si el Partido del Congreso pasó décadas ganando mayorías absolutas por sí solo, hoy tiene que recurrir a alianzas. Aún así quedó muy lejos de su rival: 91 escaños ganados contra los 336 que obtuvo la coalición de Modi.
La gran diversidad étnica y política impone que las organizaciones nacionales se asocien con otras de presencia estatal o regional. Pero con sólo 38% de los votos, en virtud del sistema electoral uninominal, Modi podría prescindir de sus socios porque su partido en solitario consiguió 303 asientos, y bastan 272 para tener la mayoría en el Parlamento.
Se dio el lujo de humillar a los Gandhi: Rahul perdió en su distrito de Amathi, aunque gracias al sistema que permite ser candidato en más de un lugar podrá representar al de Wayanad, en el estado de Kerala, territorio que todavía se resiste a Modi.
Los primeros que temen al reelecto primer ministro son los migrantes: su gobierno no dudó en recurrir a ellos para culparlos de los males del país y expulsarlos es un punto prioritario de su agenda. También se preocupan los musulmanes y cristianos, entre otras minorías, y todos los que confiaban en un Estado laico.
Esta segunda victoria del líder extremista, según los observadores, parece indicar que lo de 2014 no fue una aberración y el país ha entrado a una era de hegemonía del nacionalismo hindú.
“Juntos construiremos una India inclusiva y fuerte”, declaró Narenda Modi en Twitter: “¡India vuelve a ganar!”.








