“Una daga en el corazón”

La década de los años setenta está por terminar, Anne (Vanessa Paradis) produce y dirige películas porno gay, vive obsesionada por Lois (Kate Moran), su editora y amante que está a punto de abandonarla; para colmo, un asesino serial enmascarado ronda por los bares, se liga a actores que trabajan con ella, y los asesina con un puñal que se dispara de un dildo; Anne va a participar en la investigación y a destapar secretos muy oscuros.

Por desvariada y burlesca que suene, la historia de Una daga en el corazón (Un couteau dans le coeur; Francia, 2018) está inspirada en un caso real, la vida de Anne-Marie Tensi, de quien se sabe poco: las pocas cintas que le sobreviven tienden a convertirse en objeto de culto, tenía una casa de producción, era dueña de varias salas de cine porno en París, y por ahí se habló de un asesinato.

A partir de esta nebulosa, Yann González elabora una ficción en diferentes grados de realidad, con un humor que rechaza el toque que Almodóvar hubiera dado a este material plagado de sentimientos extremos y situaciones descabelladas. Una daga en el corazón se toma en serio el tema, y el humor, inevitable en situaciones tan hiperbólicas, se siente demasiado conceptual, quizá porque su homenaje al género del cine giallo del italiano Dario Argento (El pájaro de las plumas de cristal), por ejemplo, con su carga de crimen, horror psicológico y sexplotation, es demasiado respetuoso de sus maestros.

De tonos azules y verdosos, rodada en película de 35 mm, con escenarios y materiales de la época, el director y sus actores dirigen y hacen películas porno en 16 mm, con una arqueología de máquinas y métodos propios de edición y filmación rescatados de la era pre digital (Kate Moran tuvo que filmar y editar su propia cita porno, por aquello del método), todo a pulso, sin efectos digitales. Una daga en el corazón es un auténtico tótem cinematográfico, el adiós de un cineasta a un cine y a una manera de hacerlo que será imposible en un futuro cercano. El director llevó la atmósfera del cine giallo, el miedo y la excitación, al set mismo, pues el actor que interpreta al asesino llegó enmascarado y durante dos días los otros actores del reparto no sabían quién era; si existe el documental del rodaje, debe ser tanto o más fascinante que la cinta misma.

1979 es el umbral de la epidemia del sida; la película, sin embargo, no se interesa en recrear el ambiente de presagio de la catástrofe, sino en rescatar la inocencia y la despreocupación de un sexo gozoso, especie de paraíso perdido que Yann González, nacido en 1977, imagina que habría existido; reacción que quizá represente la de toda una generación cansada de cargar con la amenaza. Pero es la evasión de una realidad cruda, del sexo asesino, y la fantasía de un mundo sin el imperativo de sexo responsable, lo que impide que la historia acceda al otro tipo de gozo, el de la risa.

A pesar de estar plagada de citas y referencias a las películas clásicas de los géneros con que creció, Una daga en el corazón no es un pastiche, sino un trabajo muy personal donde este gran experto en cine de los setenta, incluyendo al porno, sublima sus miedos y construye su propio mito sobre el amor y la libertad sexual.