“Asako I y II” en La Muestra

Virtuoso del cine y del teatro experimental, Ryusuke Hamaguchi representa a una generación de cineastas menos preocupados en exponer el lado insólito de la cultura japonesa –como lo hacen Sono Sion (Cold Fish) o Kiyoshi Kurosawa (Sonata de Tokio)–, que de escrutar la actitud frente al amor y a las relaciones que adoptan los jóvenes en la era digital del Japón.

Con Asako I y II (Nete mo samete mo; Japón-Francia, 2018), el experimento de este director de 40 años consiste, paradójicamente, en explorar la normalidad; por ello, esta historia de amor, adaptada a partir de la novela de Tomoka Shibasaki, cuenta un romance trivial. Asako (Erica Karata), que vive en Osaka, se enamora, a primera vista, de Baku (Masahiro Higashide), un joven destorlongado que la abandona; un par de años después, Asako vive ahora en Tokio y trabaja en un café donde conoce a Ryohei (el mismo Masahiro Higashide), empleado de la oficina de enfrente.

Lo ordinario, en la mirada del realizador frente a este triángulo tan estereotipado, no es, necesariamente, coherente; Ryohei es idéntico a Baku, tanto que Asako piensa que se trata del mismo individuo, en realidad, son opuestos en carácter y actitud; impredecible, Baku salió un día a comprar zapatos y nunca regresó, mientras que Ryohei es un salariman (salary man), el típico hombre de traje, trabajador y responsable, ideal social del esposo y padre de familia. Cuando, como ocurre en las novelitas de amor de revista de modas, Baku reaparece, no faltaba más, convertido en un modelo exitoso, Asako se enfrenta a la disyuntiva de elegir entre el hombre confiable y modesto, o apostar por la pasión. Aquí empieza la película.

La repetición del otro en su opuesto corresponde al misterioso regreso del fantasma erótico, el arrebato de duda y miedo a la locura que Hitchcock exploró en Vértigo (1958); Hamaguchi ubica el drama en el nivel de la telenovela de amor japonesa, pero el formato televisivo no está en el guion, sino en la mente de Asako y la fantasía social, la de las jóvenes que persiguen celebridades como al ahora glamuroso Baku, escondido dentro de su costoso automóvil.

El título en japonés, Nete mo samete mo (“Tanto dormida como despierta”), letra de una canción popular, a la vez que alude a la obsesión de pensar todo el tiempo en alguien, introduce el tema de la dualidad, del juego de espejos sobre el que el director monta su narrativa; examinar los nuevos esquemas de pareja del moderno Japón exige una manera de narrar que los desarticule; Asako I y II seduce con la buena factura de su historia de amor en primer plano, e irrita a quienes esperaban sorprenderse con el trabajo del director de Happy Hour, la multidimensional película de 5 horas que lo disparó a la fama.

Pero Asako I y II esconde su código de desarticulación con el ritmo binario de su composición, las primeras secuencias establecen las reglas; Baku y Asako sobre el asfalto después un accidente de moto, frente a frente, cómodos como en cama a punto de hacer el amor; Asako encuentra a Baku en una exposición de fotografía, frente a la foto de unas gemelas, clave para entender que el doble es más la misma Asako, dormida y despierta, que Baku/ Ryohei; el reencuentro fuera de la galería está escenificado como secuencia de danza, una sutil referencia a Amor sin barreras; Baku se presenta desarrapado, aunque con mucho estilo, reaparece después como impecable rey de la moda; Ryohei es un tipo con traje normal, y termina de camiseta y vaqueros. En medio de todo esto, la estupenda escenificación del Gran Terremoto de 2011, justo durante una presentación de teatro.