“Leto” en La Muestra

En arresto domiciliario, el diseñador, escenógrafo, director de cine y teatro Kiril Serebrennikov no pudo asistir a la última etapa del rodaje de Leto (Rusia, 2018), y terminó por editar con su equipo técnico en casa; y es a la libertad de vida y de expresión a lo que alude esta biografía poética del roquero Victor Tsoï (Teo Yoo), a su amistad con Mike Naumenko (Roman Vilyk), estrella del rock a principios de los 80, y al triángulo amoroso con Natasha, su mujer. 

Leto no es la biografía (biopic) de Tsoï, ni tampoco del rock en la Unión Soviética en los albores de la Perestroika, sino una porción de vida, especie de rebanada del pastel de lo que significaba ser joven y formar un grupo de música, Kino, en la corriente por donde fluían figuras como Lou Reed, David Bowie, Bob Dylan, y atreverse a imitarlos, o asistir a un concierto vigilado por comisarios encargados de evitar que los jóvenes espectadores se desfogaran más de la cuenta con gritos o brincos.

Aunque Serebrennikov, nacido en 1969, creció con las canciones de Tsoi, pertenece a otra generación, y el mundo del rock que él imagina funciona apenas como mito fundador de la llegada de una expresión musical, global, de los jóvenes hacia el final de la era soviética; lo que sí conoce bien este director del Centro Gogol es la política cultural en la Rusia de Putin; la crítica, sin embargo, es más subrepticia de lo que fue El estudiante, la estupenda adaptación que hizo de la obra de Mayenburg (Mártir) sobre un joven preparatoriano que adopta una actitud religiosa fundamentalista.

La realidad es que Tsoi sí fue un fenómeno musical, toda proporción guardada, similar a lo que fue Jim Morrison, aunque su persona mediática no fue la de un dandy de las substancias psicotrópicas, sino que se modeló con la imagen de Bruce Lee, al cual admiraba; de su propio origen coreano tomó formas poéticas sutiles para componer sus canciones (reposar como piedra o arder como estrella, dice la letra de Kukusha); datos, todos éstos, importantes para apreciar el trabajo del coreano Teo Yoo que los integra en su actuación; Serebrennikov, maestro de teatro y admirador de Stanislavski, se apoya en una minuciosa dirección de actores durante meses de ensayos.

La fotografía en negro y blanco alude, probablemente a Control, la cinta de Anton Corbijn sobre la banda de Joy Division, pero en vez de apuntar al realismo inglés, Leto establece su distancia temporal en la narrativa con una enorme carga de nostalgia; este filme de la memoria evoca los flujos afectivos de esos jóvenes que lograron crear un universo propio dentro de márgenes políticos muy rígidos. Leto (verano en ruso), es como una onda de calor que atraviesa un sistema frío; Serebrennikov apoya esta metáfora con planos secuencia por donde la cámara se desliza, fluye, sigue a sus protagonistas y luego se mezcla, se diluye en el entorno.

Estos roqueros de Leningrado participan de un espectáculo donde la vida interna de cada uno se objetiva, por momentos, en color y lo colectivo se desvanece en grises; la personalidad de cada uno queda intangible, aun dentro del triángulo amoroso que, en una narrativa convencional, provocaría un conflicto dramático de celos y competencia. Leto funciona como una forma de ensayo cinematográfico, género aún no definido, que sobre una estructura documental y crítica se permite expansiones líricas.