A partir de un cuento corto, “Granjas quemadas” (Naya o Yaku, 1983) de Haruki Murakami, el realizador Lee Chang-dong desarrolla una historia que se extiende a lo largo de 160 minutos, en tiempo cinematográfico, y se propaga por todas las arterias y venas de la sociedad surcoreana; Burning (Buh-ning, Corea del Sur, 2018) es un thriller existencial,definición vaga que por lo menos responde al desasosiego que permanece en el espectador.
Jong-soo (Ah-in), hijo de agricultores y aspirante a novelista, trabaja como mensajero en la ciudad, y en una de sus entregas se topa con una excompañera de la escuela, Hae-mi (Jun Jong-sea), quien de entrada le suelta que estaba enamorada de él pero que ahora no la reconoce porque se hizo cirugía plástica; la chica lo invita a su departamento y le encarga que se ocupe de su gato mientras ella viaja a Kenia, hacen el amor, y Jong-soo queda enganchado en una fantasía erótica. Cuando la recoge en el aeropuerto, Hae-mi aparece con un nuevo novio, Ben (Steven Yuen), una especie de Gran Gatsby, sólo que más perverso.
Jong-soo nunca ve al gato, la luminosa e inquietante Hae-mi, que trabaja como animadora, desaparece, mientras el pasatiempo favorito de Ben es quemar invernaderos abandonados como forma de crimen perfecto, y así se acumulan misterios y absurdos en la vida cotidiana que fluye de manera banal; claro que parte de esa cotidianidad es escuchar el micrófono de la propaganda de Corea del Norte en la fronteriza ciudad de Panju, o buscar un pozo que no se ve, divisar un padre condenado a prisión debido al pleito con el vecino, o encontrarse con una madre que aparece después de años de ausencia.
Lee Chang-dong, maestro del cine surcoreano (Peppermint Candy, Secret Sunshine), que en su lado oscuro podría calificarse como el David Lynch coreano, aunque al tema del deseo y los celos debe agregarse el de la lucha y complejos de clases, es un virtuoso en el uso de la metáfora en todas sus variantes; pero cuando Hae-mi pregunta qué es una metáfora, Jong-soo no responde, no hay nada que explicar porque la imagen ya lo muestra todo, como la mandarina invisible que ella come y a él lo deja salivando.
Con sus recorridos de calles, filmadas a manera de laberintos, y tomas abiertas de paisajes que oprimen por su indiferencia, Burning arde con figuras de estilo, sus metonimias y alusiones sugieren e interrogan con meros fragmentos de información. Revelaciones como la del abandono de la madre, la quema de su ropa frente al niño, provocan más interrogantes que respuestas. El talento de Lee consiste en construir un edificio a base de retórica sin que nada pese, detalles y pormenores que se convierten en un material peligroso por inflamable.
Clave de Burning y de la obra, en general, de Lee Chang-dong es la cólera, la rabia, el sentimiento de abuso y humillación del hombre coreano; no es casualidad que Lee haya elegido un título en inglés (“ardiendo”) pronunciado a la coreana (buh-ning); de manera fluida y natural, la pulsión incendiaria se extiende por estratos visuales, afectivos, sexuales y políticos.








