Con nueve décadas de existencia, el Partido Revolucionario Institucional sobrevive con penurias y muy escasas posibilidades de resurgir. Por lo demás, si no elige a su dirigencia nacional en un proceso transparente y creíble, no conseguirá la unidad que tanto necesita para remontar su situación actual. En este punto coinciden Dulce María Sauri y Ulises Ruiz, ella expresidenta nacional del PRI y él uno de los aspirantes a presidirlo tras la estrepitosa derrota del año pasado. Ante ese panorama, afirma la diputada federal, ese partido puede desaparecer o ser absorbido… por Morena.
El PRI llega a su aniversario 90 sumido en su peor crisis política, financiera, electoral, legislativa y de confianza. Aunque sus integrantes estiman que no desaparecerá ni cambiará de nombre, advierten el riesgo de fracturas más hondas que en 1988 y de que pueda convertirse en un partido testimonial o, incluso, sea absorbido por Morena, fundado por el presidente Andrés Manuel López Obrador.
El lunes 4 de marzo el PRI cumple 90 años de haberse formado, pero ya no es aquel partido que llegó a ser considerado de los más poderosos en el mundo por permanecer en el poder siete décadas seguidas y controlar de manera absoluta todas las gubernaturas, más los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Por el contrario, está desdibujado ideológicamente, menguado política y electoralmente, con la votación más baja de su historia con apenas 9 millones de sufragios (el 13% de los emitidos en la elección de 2018), en tercer lugar como fuerza política electoral con 47 diputados federales, 14 senadores, 13 gubernaturas, 550 presidencias municipales de 2011 y 184 de un total de mil 123 diputaciones estatales.
También está en pésimas condiciones financieras, con el apremio de tener que pedir un crédito por 250 millones de pesos para los gastos de este año, en el que tendrá que elegir a su nueva dirigencia y realizar la asamblea nacional.
El año pasado tuvo prerrogativas por mil 94 millones de pesos para gastos ordinarios y de campaña, pero su derrota estrepitosa le costó muy cara: el financiamiento disminuyó 30% y se estimaba que tendría alrededor de 811 millones de pesos. Las multas impuestas por el Instituto Nacional Electoral (INE) minaron las arcas y Enrique Burgos, encargado de las finanzas partidistas, informó que se quedaron con 590 millones 600 mil pesos, monto que no les alcanzará para los gastos del presente año.
En 2003 el PRI tuvo que hipotecar los edificios de su sede nacional, ubicados en Insurgentes Norte, para conseguir un crédito de 60 millones de pesos del Banco Interacciones, tras la multa de mil millones de pesos impuesta por el Instituto Federal Electoral (IFE), como consecuencia del Pemexgate.
En esta ocasión tampoco se descarta que se vuelva a hipotecar la sede nacional priista, ya que la falta de recursos ya pegó hasta en las sedes estatales: los edificios del partido en Tijuana, Culiacán y Chetumal estuvieron a punto de ser embargados por adeudos de impuesto predial, mientras que en Colima, Aguascalientes y Oaxaca no hay dinero para pagar a los empleados.
La unidad interna está agarrada con pinzas. La militancia quedó lastimada tras la derrota. El exgobernador de Oaxaca Ulises Ruiz, que aspira a presidir la nueva dirigencia, estima que entre 6 y 8 millones de militantes no votaron por el candidato del partido, José Antonio Meade, sino por los candidatos de Morena y principalmente por el presidencial, López Obrador.
El análisis de la Comisión de Diagnóstico, a cargo de Samuel Palma, que evaluó el sentir de la militancia tras la derrota del año pasado, refleja de manera contundente la percepción actual del simpatizante y del ciudadano:
“No cree en nuestros procesos internos y mucho menos en las y los candidatos de unidad. No confía en la ética y profesionalismo de nuestras candidatas y candidatos. No ve atractivas nuestras campañas y asegura que jugamos sucio en las mismas. No ve a nuestros gobiernos y legisladores como factores de prosperidad. Nos considera el partido corrupto de México”, señala el documento.
De agosto a septiembre de 2018, esta comisión recogió la opinión de más de 5 mil militantes y simpatizantes. Una buena parte culpó a Enrique Peña Nieto de la derrota por los escándalos de corrupción en su gobierno y en los estatales, los malos resultados en las reformas estructurales que impulsó, la elección de malos candidatos y el maltrato a la militancia, que fue hecha a un lado en la toma de decisiones.
“Un PRI callado y un gobierno silenciado ante los cuestionamientos sobre actos de corrupción, la ineficacia de sus reformas y un país inmerso en la inseguridad, son las expresiones más constantes de la militancia”, indica el diagnóstico.
El análisis descalifica el modelo de operación o gestión partidista en la elección de 2018. Destaca que el PRI triunfó sólo en 5% de los 300 distritos electorales federales, y que de 9 mil secciones que siempre habían votado a favor del partido sólo se ganó en mil.
“El PRI no se sintió representado por el PRI y muchos de sus potenciales electores sufragaron por otras opciones”, reconoce el diagnóstico.
También advierte que la vida interna del partido está fracturada, desmantelada, los comités seccionales no tienen presencia ni actividad, lo mismo que los comités municipales, estatales y los órganos de gobierno.
“Se exportaron a las regiones pugnas nacionales de grupos o figuras. Las luchas entre las cabezas se convirtieron en guerras, muchas veces irreconciliables entre sus leales”, señala el informe.
En entrevista, la diputada Dulce María Sauri Riancho, quien era presidenta nacional del PRI cuando sufrió su primera derrota en comicios presidenciales, resume la situación del partido: “Su misión histórica quedó agotada cuando se perdió la elección en el año 2000 y el punto más complejo y difícil ahora es cómo construir la nueva identidad”.
Legitimidad y credibilidad, los retos
Sauri Riancho explica que el PRI nació para mantener en el poder al Estado de la Revolución, pero esa misión fundacional de 1929 se agotó con la derrota en el 2000, cuando pasó a servir como un partido de oposición con un proyecto ideológicamente socialdemócrata o liberal social.
–¿Qué queda de ese PRI que durante 71 años fue gobierno y ahora tiene una fuerza mínima?
–Queda una importante cosecha de instituciones y de cambios que generó a lo largo de esos años. Nos podrán tachar de cualquier cosa, pero menos de que el PRI no haya ejercido una vocación reformadora cuando ha ejercido el gobierno. No se dedicó, como el PAN, a administrar el gobierno. Incluso con Peña Nieto podrá haber desacuerdos profundos, pero tenía un proyecto de transformación del país, de modernización, que aplicó y que tuvo los resultados electorales que conocemos.
Sauri destaca que ahora los priistas tienen que debatir sobre la ideología que debe sostenerlo y, especialmente, acerca del proyecto político que quiere presentarle a la sociedad mexicana si aspira a ser considerado opción de gobierno. “Hay que imaginar un proyecto de país y lentamente, porque tenemos condiciones adversas, empezar a perfilar ese proyecto a la sociedad. Es lo que se llama opción de gobierno. De eso se trata, de tener una visión de largo plazo”, precisa.
Recuerda que en el año 2000 el expresidente español Felipe González les dijo a los priistas en una reunión que la verdadera democracia comienza con el reconocimiento de la derrota. Ahora, reitera Sauri, el partido tiene que definir sus principios porque lo van a orientar en los próximos años.
“Las dificultades que hemos tenido en buena medida son por el pragmatismo electoral –explica–: no importa lo que se haga con tal de ganar una elección. Pero eso no funciona electoralmente ni en las funciones de gobierno. Tampoco hay que irse al otro extremo, de adorar los principios, pero si hay que definir la identidad, si somos un partido socialdemócrata o un partido liberal social, y eso cómo se refleja en posiciones políticas o en causas para defender. Pero eso se tendrá que discutir cuando se tenga una dirigencia renovada.”
De hecho, Sauri reconoce dos temas fundamentales para la elección de la nueva dirigencia: la legitimidad, es decir, que se definan, en una elección creíble para los militantes, las estructuras territoriales y sectoriales, a fin de que los nuevos dirigentes tengan fortaleza suficiente para conducir los cambios.
El segundo tema es la unidad: “Que el proceso sirva para cohesionar a los priistas, a los que estemos en el PRI, porque este proceso nos va a enfrentar a nuestra realidad”.
Advierte que estos temas son primordiales porque hay regiones del país donde las estructuras del partido están prácticamente deshechas después de la elección el año pasado: “Hay estructuras municipales que están mal y hay que saber trabajar en estos lugares. No se puede partir hacia ese proceso de refundación o de renovación si no nos enfrentamos a la realidad de las estructuras, de la militancia”.
–¿Está en riesgo la unidad?
–La unidad que sirve es la que se va construyendo, la unidad por decreto no existe. En el proceso interno del partido, insisto, como un primer paso tiene que haber esa voluntad de unidad por parte de todos los actores.
Se le recuerdan los pasajes violentos en la vida del PRI como los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu en 1994, la crisis financiera de 1995, la pérdida de la mayoría legislativa en 1997 y la primera derrota presidencial en 2000. Y al preguntarle si ya se cerró esa etapa histórica, responde:
“Insisto en que la misión histórica del PRI se cerró en 2000, después de esa elección pierde su tarea fundacional del Estado de la Revolución, se vuelve un partido político para luchar por el poder. Su misión histórica en 2102 no era regresar al Estado de la Revolución a la Presidencia de la República, sino que ya tenía una nueva misión en las nuevas condiciones políticas y en la modernización democrática del país.
–¿Qué misión tiene ahora?
–Participar como partido político en la construcción de la democracia en México desde la perspectiva propia y que debe ser redefinida, redimensionada. Ahora su mandato histórico es sostener la democracia en México junto con otras fuerzas políticas.
“No se trata de sólo una frase con pretensiones, sino que describe una situación que estamos viviendo ahora: el ataque a las instituciones, al Estado mexicano, el afán de destruir sin que se vea con claridad la propuesta de construcción. A las fuerzas políticas históricas les corresponde defender la democracia con todos sus vicios y defectos. Finalmente, al PRI le toca ver cuál es la parte que le corresponde en este proceso.”
–¿Cree que en este proceso el PRI alcance a recuperar la confianza de los ciudadanos y la credibilidad?
–Hoy lo veo muy difícil en un corto plazo. Los plazos históricos de la sociedad son prolongados, pero finalmente en esta era globalizada los ciclos políticos se han acelerado. Entonces hay que trabajar mucho para mantener la posibilidad de renovarse a pesar de que tenemos una enorme carga en contra.
–¿Aun no es el tiempo de apagar la luz y cerrar las puertas en el partido?
–Yo espero que no. Precisamente para mantener las luces prendidas e incluso instalar paneles solares en el techo del PRI, hay que hacer una buena elección de la dirigencia nacional. No me refiero a las personas, sino a los procesos. Una elección creíble de la que surja una dirigencia legítima con fuerza para encabezar los cambios que necesita el PRI. Una dirigencia que tenga muy clara su función y cuyo compromiso sea única y exclusivamente con el partido, que no aspire a construir desde la dirigencia una candidatura a la Presidencia de la República. Sería fatal eso.
“Lo menos que puede hacer la nueva dirigencia es la graciosa entrega del PRI a Morena. Esa es una posibilidad, pero no quiero ver al PRI en la elección de 2021 como estoy viendo al Partido de la Revolución Democrática ahorita. No soy soberbia y veo que lo que les pasa a los otros partidos nos puede pasar a nosotros. Son tiempos de definición muy importantes y delicados, una equivocación tiene un costo muy alto.”
A su vez Ulises Ruiz, en su propia evaluación, asegura que no se puede entender al país en sus últimos 90 años sin las instituciones creadas por el PRI. No obstante, admite que, como todo partido hegemónico, cometió errores y excesos que lo arrastraron a su peor condición.
“Se olvidaron las principales causas, se alejó de la población, de la militancia, imponiendo la política del cuatismo, de los juniors, de los recomendados. Prácticamente la militancia pasó al segundo nivel, no la dejaron participar ni decidir. Todo se convirtió en votos; alejarse de la socialdemocracia para ser hoy un partido de derecha nos alejó de las grandes mayorías del país.”
–¿Qué pasará con el PRI si sólo se hacen cambios de maquillaje?
–Vamos a desaparecer. Si ellos insisten en seguir con las mismas prácticas, usar los recursos económicos de los estados, imponiendo sus intereses apropiándose de la dirigencia nacional sin respetar las condiciones de equidad que deben tener, seguro que el PRI tiende a desaparecer o a ser cooptado por el presidente López Obrador.








