“Roma”, de Cuarón, trasfondo revolucionario

Muy buena película la Roma de Cuarón. Porque mueve a pensar y conmueve. Tendida sobre una honda melancolía autobiográfica porque aquí el solo pasado ya es estremecedor.

En blanco y negro arranca la novedosa narrativa con modestia, con sutileza y diría que hasta con humildad, que previene al escéptico espectador que de entrada duda si la historia no será aburrida entre tanto gris de la pantalla. Pero de inmediato, en el repetido fregar del piso cuya agua de jabón propina ilusión de figuras que se forman como en las nubes de los niños, así entramos al escenario: la perezosa atmósfera de la casa con la familia extensa.

La seguida imagen blanca/negra se desenvuelve serpentina. El doctor del Seguro Social con su esposa, personajes de la clase media de los 60-70s, ella crasa, no tonta, sólo limitada, aunque no maligna con su limitación, la abuela obnubilada, los niños, excelentes actores y las criadas, Cleo y Adela, mixtecas, bajitas, alegres en sus jaulas de discreción, diría, de majestad indígena; son tan refinadas que no se las oye caminar: se deslizan por la casa. 

Cleo va a ser el personaje central, pero no sólo de la película: de nuestra historia. Una heroína sublime de la vieja gravedad de los orígenes. Friega, lava, cocina, cuida a los niños, a la abuela, solapa al doctor., ¡al doctor., nada menos!, concebido por el pueblo como una especie de autoridad moral. Las muchachas hablan en mixteco, sus blancas picardías, sus chanzas por los novios, que van a ver el domingo, la matiné que primero pasa noticias del viaje a la luna.

Va resaltando la figura de Cleo, después del paseo va a un hotel con el novio, joven violento que le da una exhibición atlética de artes marciales, desnudo frente a la cama donde ella reposa complacida, él, estatuario y perfecto como un Doríforo. Se detiene después de su exhibición con los volantines de su palo de bambú esperando un resultado. Ella desde el lecho suelta una graciosa sutileza de su impresión estética: “¿vas a practicar todos los días?”, o algo así; que él, agresivo y malhumorado no entiende. Su malhumor: un resentimiento largo, social, de dura miseria, que después confesaría a su novia como una justificación, que no es justa pero que busca su efecto de amorosa compasión. Por eso, dice, yo soy así, violento, cabrón. Esta es su génesis de criminal a sueldo.

El resultado de aquella tarde dorada es la preñez de Cleo. Cuando ella se percata asume una tristeza milenaria, pues su fruto, lo sabe, será otro eslabón de la miseria.

La historia en la ciudad cuya atrocidad está subrayada por la polvorienta falta de color en la imagen, conjunta la actuación “de género” y por un lado se manifiestan los dos hombres, el doctor y el Halcón cuya triste justificación vital y primitiva es la imposición de sus deseos: copular y abandonar; por el otro las mujeres, “la patrona” engañada y abandonada que debe hacerse cargo de la familia, y “la muchacha” encinta de su primer amor y no sólo abandonada sino insultada y amenazada de muerte con inusitada violencia.

Hay un trasfondo revolucionario en la narrativa, de sentido peculiar y entrañable y adecuado a la singularidad histórica del país. La historia: una lágrima. Porque deja ver la lealtad, la valentía, el dolor del mundo originario prehispánico. La construcción de una limpia heroicidad silenciosa: una lección tremenda para la confusión del mundo moderno. Y aquí cae por su propio peso un feminismo leal frente al mundo en buena medida masculinista, que es violento y desesperado por querer salvarse a toda costa con dinero.

Tres momentos mayores, la mejor entrega de la narrativa de Cuarón: 1) El parto y la niña muerta, la bebé de Cleo. 2) Cuando ella descubre que uno de los asesinos que matan estudiantes de la manifestación del jueves de Corpus del 71 y que se esconden en una tienda, es su exnovio, halcón del régimen. 3) Su espontánea decisión de salvar a los niños que se están ahogando en el Golfo de México, el Seno Mexicano.

La entrañable heroína que después de su actuación acude vestida de gala a recibir un premio por su deslumbrante papel, recibió también severas críticas puestas en las luciferinas redes. Como si Juárez no hubiera vestido de frac. Como si algunas triunfantes intelectuales no acudieran a recibir premios con atuendos indígenas.

Una de las sustancias importantes de la película es el tratamiento de la interrelación de la cultura nacional con la indígena, del mestizaje con la cultura primigenia. De esta última aparece la nana (nene, nenetl, cosa de mujer), Tonantzin/Chimalma/Guadalupe, nuestra madre, una relación desigual pero fatalmente íntima, la criada, un miembro ilegítimo de la familia, una reincorporación familiar del enemigo de España, primero, después de la media naranja repudiada y vergonzante del “mestizo”. La relación familiar con la nana es desigual, claro, aunque el indígena en su comunidad vive con mayor precariedad y la asistente doméstica en la urbe haya sido pagada con salarios miserables. Y este drama social está surcado sentimentalmente de afecto familiar. El precio simbiótico y simbólico del sincretismo Tonantzin-Guadalupe, es el mismo que el del afecto recíproco con la nana.

Prueba de la profundidad de esta obra son los muchos comentarios ejercidos por todos los medios y conversaciones familiares: algo nuestro de fondo y quizás oculto ha tocado su director.   

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* Antropólogo, narrador y poeta (Jalpa de Méndez, Tabasco, 1943), autor de La conquista de la Malinche. La mujer que fundó el mestizaje en México (INAH/Conaculta/Martínez Roca, 2009).