Para los occidentales, el Oriente era un secreto, un enigma a descifrar. Aún hoy cuando los trenes rápidos atraviesan China y los vuelos enlazan las ciudades del este desde Venecia hasta Kirguistán pasando por el Bósforo, Irán, Uzbequistán, las civilizaciones con raíces ancestrales persisten como un arcano, envueltas en un halo misterioso.
Pese a la modernización, para fortuna de los contemporáneos, hay caminos, paisajes, construcciones y asentamientos humanos casi intocados desde hace dos mil años o más. Enormes grupos de personas continúan con sus costumbres, su vestimenta, su forma de vida, sin importar el contacto con Europa, el haber formado parte de la Unión Soviética, tener el ruso por lengua franca más que el inglés.
La ruta de la seda constituye un entramado de recorridos diseñado por los comerciantes del este y así bautizado por Marco Polo, aunque se mercadeó además de la tela, especias, frutos secos, cerámica y jade. Se afirma que los intercambios existieron en esta región desde el paleolítico, y la ruta era entonces denominada de Jade, hace por lo menos siete mil años. La UNESCO declaró el corredor Chang’an-Tian-shan en junio de 2014 como Patrimonio de la Humanidad.
La serie titulada La ruta de la seda que difunde desde el 1 de noviembre Canal 22, tiene a Alfred de Montesquieu como conductor. Los 15 episodios con los que cuenta se transmiten en pares una vez por semana. El recorrido lo hace por tierra, en ocasiones en transporte de pasajeros con objeto de mezclarse con la gente y experimentar las mismas dificultades de los paisanos; participa de algunas fiestas y tradiciones. A veces sus cámaras le abren puertas, a veces se las cierran. No todos los países tienen la misma apertura a la mirada de los extranjeros.
Brevedad en los textos, imágenes detenidas en el tiempo es lo que nos entrega el conductor. Sus comentarios están basados en hechos históricos y en la cotidianeidad de pueblos que habitan al lado o entre las ruinas, las reconstrucciones, la conservación de un mundo ido pero presente en los resabios del pasado. Se visitan hasta cuatro sitios arqueológicos de grandiosa belleza. Quizá demasiado conciso, cada episodio nos deja con la necesidad de saber más.
La ruta de la seda despide el mismo sentimiento de “amargura” –en nuestro idioma, “nostalgia”–, definido por el Premio Nobel de literatura Orhan Pamuk, en su libro de memorias Estambul, esa nostalgia atribuida a su ciudad natal, antigua Constantinopla, anteriormente Bizancio. Dicha atmósfera surge como efecto de vivir al lado de los vestigios de un gran imperio, el turco-otomano, desaparecido hace siglos. Una especie de estoicismo ante el recuerdo de la gloria pretérita mezclada con el ahora de pobreza, suciedad, grisura.








