La nueva temporada de Narcos: México, la serie de Netflix ahora dedicada a exponer la formación del primer “sindicato” nacional de traficantes de estupefacientes, coincide con el juicio a Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, en Estados Unidos.
Ningún elemento le falta al espectáculo judicial: los testigos han implicado en el tráfico a ex presidentes, funcionarios, la policía y el ejército del país. Tenemos a todos los actores necesarios: el narcotraficante, su guapa esposa, los defensores, el fiscal, y los que no están físicamente presentes son nombrados. Pese a únicamente mostrar imágenes dibujadas, la imaginación completa un cuadro descrito en palabras.
La serie inicia con la formación del cártel de Guadalajara, la siembra de marihuana sin semilla –creación de Caro Quintero en el desierto mediante riego–, la cosecha realizada por campesinos. Estos son llevados en autobuses al campo, se tapan la cara con una capucha para que no sepan distinguir hacia dónde los dirigen.
Mientras tanto en la ciudad el capo Felix Gallardo organiza el negocio. Soborna gobernadores, miembros del senado, policías federales. Se establece la llegada de Kiki Camarena, estadunidense miembro de la DEA, quien trabaja en una oficina establecida en México con permiso oficial para colaborar en el combate a los narcos. Aparecen los contubernios de esa corporación con el gobierno de nuestro país para hacer como que buscan, y realmente dejar pasar. Los dos grandes héroes, antagónicos, son Camarena y Gallardo.
El crimen, la delincuencia individual u organizada ha sido motivo de novelas, películas, series. Los protagonistas, pese a ser violentos, crueles, transgresores adquieren mediante su elevación a personas valientes, arrojadas, capaces de organizar una empresa complicada, de manejar huestes de socios y trabajadores, de engañar al fisco, burlar a la policía, el carácter de héroes de una cultura machista.
En series como la comentada, se borran las fronteras entre ficción y realidad. Se hace la observación de que estamos ante personajes fingidos, y cualquier relación con los reales es pura casualidad. Pero los nombres de los traficantes son verdaderos, la actividad que llevaron a cabo también. En cambio los funcionarios implicados se mantienen en el anonimato tras apelativos ficticios.
Narcos: México no nos dice nada nuevo. Grabada en inglés, con subtítulos en español, la traducción resulta excesiva: “se afina la guitarra”, “sonido de suspiro”, “susurro ininteligible”,,, como si esos ruidos fueran diferentes en distintos idiomas.
Si acaso la factura aporta novedades: una cuidada fotografía, actuaciones correctas, los sets verosímiles, buena edición.








