“Dogville”: La “normal” violencia hacia las mujeres

Dogville fue una película que en 2003 provocó gran polémica por la propuesta artística del danés Lars von Trier, tanto por el hecho de que todo sucedía en un foro cinematográfico, como por el narrador omnisciente que cuenta la historia y el tono cándido utilizado para cuestionar la barbarie humana.

Ahora se presenta en teatro en la versión en español de Miguel Cane y con la dirección de Fernando Canek.

El universo que plantea Dogville pone en la mesa de la discusión la lucha del bien y el mal, los orígenes perversos del alma humana, la animalidad que prevalece en los seres humanos y la maldad intrínseca de un cuerpo social que emerge desde cualquier rendija de la sociedad.

En Dogville una mujer, Grace, llega a un pueblo huyendo de sus perseguidores y es admitida en él a cambio de trabajo y humillación. Este abuso normalizado va creciendo hasta que los hombres del pueblo se dan el derecho de violarla diariamente, con la justificación –como sucede en nuestra sociedad– de que es ella la que lo permite, la que lo provoca, que se lo merece y, peor aún, que es a ella a la que le gusta ser violentada.

Siguiendo este argumento machista llegarían a la conclusión de que a ella también le hubiera gustado que la mataran; porque lo que seguiría en la trama de Dogville, si es que no llegan los gángsters –“el mal del padre sobre la hija”–, es el feminicidio inmediato cometido por todo el pueblo, sin importar la mano ejecutora.

Es durísimo observar la maldad desde múltiples dimensiones. Desde lo sutil y normalizado: como sucede al inicio, en donde la explotación laboral hacia ella es a cambio de la protección que el pueblo le brinda, hasta el repudio de las mujeres y la violación diaria en este pequeño pueblo del inframundo, que mucho tiene que ver con la explotación de mujeres en nuestro país.

Tanto en la película de Lars von Trier como en la versión en español de Miguel Cane, que se presenta en el Teatro Helénico, se utiliza al narrador como guía de la historia. En la película es una voz en off la que cuenta, y en la obra de teatro, acertadamente, los personajes se convierten en narradores; salen de su personaje y hablan de los acontecimientos por encima de ellos. La narración fría e idealizada es como si nos estuvieran contando un inocente cuento infantil. Nos hablan de barbaridades y utilizan un lenguaje “rosa” que contrasta con lo que estamos viendo. Por ejemplo, para nombrar las violaciones constantes que padece la protagonista, simplemente dicen: “acosos nocturnos”, como sucede dentro del lenguaje que actualmente se utiliza para nombrar la violencia de género.

A este triunfo de la maldad sobre la bondad humana –que es cómo los análisis de la película la refieren–, Dogville es una crítica feroz a esta normalización de la violencia. Si observamos e incluimos en la reflexión el hecho de que sea una mujer la que es víctima de este poder, podemos hablar de cómo el patriarcado implementa y justifica la violencia sobre las mujeres y estructura todo un sistema para perpetuarla.

Fernando Canek, el director de Dogville, traslada lo más fiel posible la película al teatro, lo cual le hace perder posibilidades escénicas a la propuesta. En cine, la propuesta era hacerla como teatro; en teatro, ¿cómo sería? En el Teatro Helénico, cuyo foro es muy pequeño, se amontonan los espacios y los personajes, a diferencia de la película, donde transitaban por toda una nave para filmar. La actriz Ximena Romo, muy débil y plana en su interpretación, usa una peluca rubia a la Nicole Kidman, y las convenciones sonoras para abrir y cerrar puertas que se realizan en la película, también se actúan aquí con pantomima y se agregan, a veces sí y a veces no, a objetos diversos.

Las actuaciones son de primer nivel, pero la dirección de actores es desigual. Entre los actores se encuentran Mercedes Olea, Carmen Delgado, Luis Miguel Lombana, Pablo Perroni y Judith Inda.

Dogville es una propuesta difícil pues hay 18 actores en escena y más de 10 espacios conviviendo en simultaneidad. La propuesta escénica se sostiene y sale adelante, aunque le hubiera beneficiado apretar la primera parte de la trama. La experiencia de ver este Dogville­ en el teatro es estrujante. Una obra muy oportuna para observar el mal en las violaciones, los abusos, los acosos y las intimidaciones que vivimos las mujeres, teniendo como fachada el “Ay, no es para tanto”, y que son solapados por toda una sociedad que encubre las responsabilidades de los individuos.