La politóloga sirio-belga Myrna Nabhan vivía en Bruselas cuando comenzó la guerra en Siria. Urgida de conocer lo que pasaba en su patria, viajó repetidas veces a la capital siria; y la necesidad de contarle al mundo lo que ahí ocurría la convirtió en documentalista. El resultado es Damasco, donde la esperanza es la última en morir, película que lejos de ser un panfleto o un análisis político, le da voz a los damascenos y sus vicisitudes diarias. En entrevista con Proceso, la novel cineasta cuenta la génesis y desarrollo de su proyecto.
Bruselas.- “Nunca salgo sin mi credencial. Antes ni siquiera se me ocurría traerla conmigo, pero ahora sí, por si me pasa algo, por si necesito identificarme.”
“Cada mañana, al salir de casa, miro al cielo y le confío mi vida. Luego me lanzo a la calle…”
“Ahora tengo siempre presentes la guerra, los misiles, los desplazados, los refugiados. Es inconsciente, pero es así. De hecho hoy me pregunto qué soñaba yo antes de la guerra. Todo eso es tan desproporcionado que nos rebasa a todos.”
“La gente fuera de Siria piensa que nuestro país es sólo ruinas, guerra y muerte; pero se sigue viviendo en Siria y día tras día nos toca arreglarnos con la realidad de la guerra.”
Entrevistados furtivamente en calles de la capital siria o, con más tiempo, en sus casas, sus lugares de trabajo o en hospitales donde se reponen de sus heridas, los damascenos hablan. Lo hacen casi siempre sin odio, con una mezcla de dignidad, fatalismo, humor negro, lucidez, agobio, determinación e instinto vital, que despiertan admiración y respeto.
Cuentan su vida diaria a Myrna Nabhan, politóloga sirio-belga y realizadora de Damas, là où l’espoir est le dernier à mourir (Damasco, donde la esperanza es la última en morir), documental polifónico que por su enfoque contrasta con otros reportajes y películas sobre la tragedia siria.
No hay ninguna imagen de combate en Damasco… Ninguna escena de guerra. Ningún cadáver. Ningún análisis político. Solamente la resiliencia cotidiana de damascenos de todas edades, orígenes sociales, convicciones religiosas. Así lo decidió la cineasta.
Nadie sabía de Siria
De padre sirio y madre marroquí, Nabhan nació en Bruselas, creció en Damasco, regreso a Bélgica para estudiar ciencias políticas y relaciones internacionales y su única ambición era volver a su patria para ejercer su carrera. Pero la guerra cambió sus planes. “En 2004 muy poca gente ubicaba a Siria en un mapa, y aun menos gente se interesaba en el país. Fue a partir de 2011, con los primeros acontecimientos violentos, cuando Siria cobró realidad en Bélgica”, recuerda en entrevista.
“Viajé a Damasco en junio de ese mismo 2011. Se sentía tensión y sabíamos que cosas graves ocurrían en provincia”, sigue. “Viajé otra vez en diciembre y entendí que la guerra ya estaba ahí. Había atentados, brotes de violencia; todos temían por sus vidas y empezaba la desconfianza recíproca. Mis amigos y contactos belgas me asediaban con miles de preguntas sobre la situación. No me pedían análisis políticos, querían testimonios humanos. Escribí un largo texto que les mandé a todos. Un amigo me pidió permiso de publicarlo en La Libre Belgique.”
Su testimonio circuló ampliamente en las redes sociales y diarios electrónicos, como The Huffington Post, le abrieron sus páginas.
“Volví en 2012. La situación empeoraba día tras día. Me sentía mal, con mala consciencia. No sabía cómo ser útil a mi país”, confía. “De regreso en Bruselas abrí Cham Consulting Group, una consultoría sobre el mundo árabe, con un enfoque especial sobre Siria. Buscaba ofrecer elementos objetivos de comprensión de la situación en la que se debatía mi país. Pero eso no me bastaba”.
Tras un breve silencio confiesa: “Intenté escribir crónicas más personales para hablar de la fuerza interior de los damascenos que pasaban por pruebas terribles, como la muerte de un hijo o la destrucción de su casa y que siempre acababan diciendo: ‘Gracias a Dios sigo de pie… todavía’. Fracasé. Mis textos no transmitían lo que vivían cada día. Finalmente entendí que la única solución era simplemente darles la palabra”.
Así se impuso a Myrna la idea de hacer un documental, de construirlo como un mosaico de vivencias contadas por los propios habitantes de Damasco. No tenía dinero ni noción alguna de realización cinematográfica. Consiguió financiamiento vía crowdfunding; aprendió rudimentos técnicos para filmar con su celular y manejar una cámara GoPro que pidió prestada… y se lanzó.
En varios viajes entre 2015 y 2016 entrevistó a miembros de su familia y amigos, luego a amigos de amigos y poco a poco amplió el círculo de interlocutores. También se atrevió a acercarse a transeúntes.
Myrna Nabhan atiende a la corresponsal en la sede de Les Films de la Récré, la sociedad de producción belga de películas independientes que le brindó un apoyo entusiasta al descubrir sus primeros pasos como documentalista.
Su ayuda fue determinante en el montaje de Damasco… que acabó siendo un collage apasionante –pese a las deficiencias técnicas– de escenas grabadas con teléfono celular o con cámara y de fotos e imágenes de archivo.
En hora y media el espectador sigue los pasos de Myrna en la capital siria, “su ciudad del alma”, antaño efervescente y ahora desfigurada, pero “aún viva y vibrante”. Junto con ella escucha a sus habitantes: taxistas, vendedores callejeros, desplazados internos que viven en los parques o albergados en campos de la ONU, adolescentes que dejaron la escuela para trabajar en talleres mecánicos, músicos que de pronto improvisan un concierto callejero, niños que sueñan con ser capitanes de barco para ayudar a la gente a huir de Siria…
La cineasta nos invita también a compartir largos momentos con mujeres reunidas en un modesto salón de belleza:
“Al principio los niños se aterraban cada vez que oían un misil. Ahora se asustan menos. Se van acostumbrando. Uno va perdiendo sus emociones”, dice una joven de forma muy natural.
“Si un misil nos desmoraliza, estamos perdidas”, comenta otra.
“Acabamos aceptando que la guerra es parte integrante de nuestra vida”, concluye pragmática la tercera y agrega: “Vivimos en el presente. Ya no tenemos sueños para el futuro. Seguimos saliendo para divertirnos de vez en cuando. Nos casamos. Pero perdimos ese ánimo ligero y despreocupado que teníamos antes de la guerra”.
Calla un segundo y añade: “Cada noche te acuestas y antes de dormir no puedes dejar de preguntarte ‘¿moriré mañana?’”. No se percibe tristeza en su voz. Tampoco resignación. Sólo un gran cansancio.
“Todo esto agota moral y físicamente. Creo que estamos agobiadas”, acaba reconociendo. No es una queja, sólo una constatación.
Myrna las escucha muy atenta. De pronto se oye una detonación sorda. La cineasta se sobresalta y empieza a caminar nerviosa por el salón. Las demás mujeres no se mueven, pero todas toman sus celulares; llaman a sus familiares y consultan El diario de morteros, una página de Facebook que da información precisa sobre la hora de cada explosión de mortero, la calle y el barrio en el que cae, el número de víctimas y los daños.
En pocos minutos ya todas saben que el misil que acaban de oír cayó en el barrio de Abu Rummaneh y no causó víctimas.
“¡Una suerte!”, dice una peluquera que muestra a Myrna el recuento de los obuses disparados esa mañana, publicado por El diario de morteros: 15 misiles y ocho muertos, dos niños entre ellos.
Myrna sigue muy nerviosa. “Lo que tiene que ocurrir, ocurrirá”, le dice una de sus compañeras para tranquilizarla.
La cineasta sonríe cuando la reportera le recuerda esa escena. “¡No la corté, por supuesto! Era importante mostrar el abismo que nos separaba. Mis ‘compañeras’ de ese día llevaban la guerra por dentro. Identificaban cada explosivo, medían distancia y peligro, domaban su miedo mientras yo no controlaba mi pánico. No soy reportera de guerra”.
En el hospital
Recuerda el día que pasó en un hospital donde grabó la escena más estremecedora de su documental: en un cuarto austero un niño de unos ocho años, delgado y pálido, acostado en una cama, está absorto en un videojuego. Sentada a su lado, su madre lo mira, callada. Al pie de la cama el padre describe con lujo de detalles la explosión que mutiló al pequeño en el Kurdistán sirio y lanza una violenta diatriba contra Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía. Es el único discurso político de todo el documental. La madre baja la mirada. El niño sigue jugando.
De pronto el padre arranca la sábana que cubre el cuerpo del niño; destapa su carne herida y la ausencia de piernas. “¡Diles que fue Erdogan quien te mutiló!”, ordena.
El niño mira la cámara y obedece.
“¡Diles que la culpa la tiene Erdogan!” El niño repite todo lo que se le pide decir. Luego, sin tomar aliento ni esperar una nueva orden paterna, recita con una voz sin timbre: “Dios me mandó esta prueba para saber qué tan fuerte soy y si merezco su misericordia”. Luego vuelve a hundirse en el videojuego. El hombre no vuelve a cubrir el cuerpo de su hijo.
“Aun hoy me atormenta esa escena”, confiesa Nabhan. “Me pasé días preguntándome si incluirla o no en el documental. Finalmente decidí mostrarla porque permite medir el grado de violencia que enfrentan centenares de miles de niños sirios. Me ayudó también a tomar esa decisión el haber podido grabar en el mismo hospital y el mismo día otra escena que es la antítesis de la que protagonizó ese muchachito kurdo.”
Alude a una estudiante de bellas artes que desborda vida, energía, voluntad y alegría. Sentada en su cama cuenta su historia: “Eran las nueve y media de la noche. Estaba trabajando en mi tesis, sentada en el balcón de mi casa. De pronto oí misiles. Corrí para refugiarme en mi cuarto, pero tres obuses cayeron en el balcón. Me derrumbé herida en las piernas y me di cuenta que estaban casi cortadas…”.
Explica Nabhan: “Esa joven llamó a sus vecinos y dirigió todo su operativo de rescate. Les explicó paso a paso cómo acomodar sus piernas destrozadas mientras llegaba la ambulancia. Su sangre fría la salvo de la amputación. Hoy empieza a caminar. Por si eso fuera poco ‘se dio el lujo’ de presentar su tesis en su cuarto de hospital, donde se reunió el jurado de votación de la Escuela de Bellas Artes. Se graduó con honores”.
Quedarse o irse
Cada uno de los protagonistas de Damasco… merecería ser mencionado.
Sólo en su antigua tienda de telas, un viejo comerciante pasa semanas enteras sin ver clientas. “¿Por qué abro mi tienda puntualmente cada mañana?, ¿por qué me quedo allí hasta el atardecer?”, se pregunta. “Si la cierro, ¿qué hago?, ¿me voy?, ¿a dónde? Aquí están mis raíces. Si me voy pierdo mis raíces. Entonces lo habré perdido todo. Mi pasado. Mi presente. Mi futuro”.
Quedarse. Irse. Ese dilema surge en casi todas las conversaciones entre Myrna y sus compatriotas. Entre ellos destacan varias mujeres de la alta burguesía. Según cuenta una de ellas, gente adinerada salió del país porque peligraban sus vidas; otros huyeron enseguida para poder vivir mejor en un lugar tranquilo; los demás se quedaron para salvar lo que aún se puede salvar en Siria. No cerraron sus fábricas por intereses propios y para mantener fuentes de trabajo a toda costa.
“Consideraron que era su deber ayudar a que el país se mantuviera de pie a pesar de todo”, asegura.
“El exilio abrió brechas profundas en la sociedad siria. Inclusive en las familias mismas el diálogo se vuelve difícil entre quienes viven fuera y quienes se quedan. Y en un futuro muy cercano, cuando poco a poco la gente vuelva a Siria, será difícil reanudar una sana convivencia.”
Entre los personajes de Damasco… que es imprescindible presentar destaca Maamoun Abdulkarim, director general de los Museos de Siria, quien lleva a Myrna en un largo recorrido por el fantasmagórico Museo Nacional de Damasco. Juntos atraviesan un sinnúmero de salas desiertas.
Según explica ese hombre, “tan culto como modesto”, las autoridades culturales sirias sacaron lecciones del saqueo del Museo de Bagdad, que siguió a la invasión de Irak en 2003.
“Entre 2012 y 2014 guardamos en lugares secretos y seguros 300 mil piezas arqueológicas y miles de manuscritos que pertenecen a los 34 museos de Siria, 80 mil de los cuales estaban en el de Damasco.”
Insiste: “Sin la entrega absoluta de los 2 mil 500 funcionarios que colaboraron conmigo nunca se hubiera podido proteger 99% de las colecciones de los museos sirios”. Y agrega con orgullo: “Todos actuaron como miembros de la gran familia arqueológica siria y consideraron que salvar nuestro patrimonio cultural –que es de la humanidad– era mil veces más importante que sus antagonismos políticos o religiosos. Muchos no vacilaron en arriesgar su vida para cumplir esa misión.”
Abdulkarim no disimula su emoción cuando evoca la muerte trágica de Jaled Asaad, de 82 años, uno de los arqueólogos más respetados del país, secuestrado por el Estado Islámico (EI), degollado en público y cuyo cadáver fue colgado de una columna antigua en la histórica ciudad de Palmira, de la que era el mejor experto en Siria.
En Damasco… son valiosas también las intervenciones de dos importantes personajes religiosos: El gran muftí de Siria, máxima autoridad musulmana, y el más alto representante de los cristianos en el país.
“Me importó entrevistarlos –explica Myrna– porque quiero recordar a los espectadores occidentales, a quienes se dirige mi documental, que antes de la guerra judíos, musulmanes, cristianos, alauitas y por supuesto laicos convivían sin problemas en Damasco. A lo largo de todos los años que pasé en Siria, nunca me preocupó conocer la religión de mis amigos. A nadie le importaba. ¿Se logrará algún día recobrar esa tolerancia?”
La cineasta, que ha vuelto varias veces a la capital siria en los últimos meses, constató que la tensión bajó un poco desde que las fuerzas gubernamentales expulsaron a los grupos rebeldes, muchos ligados o dominados por el EI, de las zonas periféricas que controlaban.
“Ya no hay ataques con misiles –asegura– pero sigue habiendo atentados, inseguridad, una gran crisis humanitaria con tantos desplazados internos que aún no pueden volver a sus lugares de origen, un futuro aleatorio y una sociedad totalmente dislocada. Reconstruirla tomará mucho tiempo.”








