“Un asunto de familia” en la Muestra

En la familia de Osamu (Lily Frank) todos trabajan. Él, de tiempo en tiempo, en la construcción, donde no recibe compensación en caso de accidente; Nobuyo (Ando Sakura), su mujer, en una lavandería; la hija mayor, en un peep show (estilo Paris Texas); la abuela Hatsue (la estupenda Kiki Kirin, recién fallecida), con su pensión, sostiene el alquiler de la vivienda, y además logra arañar de la familia de uno de sus difuntos maridos un poco más de dinero; los chicos también cooperan para completar el súper, como Shota, de 12 años, con el robo de artículos.

Literalmente, el título en japonés de Un asunto de familia (Manbiki Kazoku; Japón, 2018), significa “familia de rateros”, como si el director Hirokazu Koreeda asimilara las diferentes actividades de los miembros de este clán al robo; el juicio de Koreeda hacia las deficiencias del sistema de trabajo, institución sacrosanta en Japón, es bastante amargo para una película tan dulce, al menos en apariencia, por ello el gobierno ha tardado en felicitarlo abiertamente después de la Palma de Oro que obtuvo este año en Cannes.

La familia de estos olvidados parece confeccionada de puro deleite; el encuentro casual con una pequeñita de cuatro años, abandonada en la noche, en el frío, funciona como anzuelo para ganar el corazón del público; la bondad y la naturalidad con la que la es acogida por todos cuando Osamu y Shota deciden llevarla a casa, es irresistible, sobre todo cuando Nobuyo, después de negarse a aceptar una boca más, termina por adoptarla cuando descubre rastros de maltrato en el cuerpo de la niña. Pero no habría que mantenerse alerta con las señales con las que el director conduce el drama de fondo.

Por el desenfado y la naturalidad con la que Koreeda introduce la cámara, como si fuese un personaje más en la intimidad de lo cotidiano, y alude temas esenciales de la condición humana (el amor, la muerte, las relaciones entre diferentes generaciones), todo a una altura de a no más de 50 centímetros, la famosa toma de altura del tatami, hace obvio que el modelo es el maestro Ozu; sólo que, a diferencia de éste, para Koreeda la familia funciona también como trampa de apariencias y prejuicios.

La institución, intocable, asfixia y justifica la frialdad y la indiferencia de la sociedad en relación a lo que realmente sucede dentro, como ocurría con los niños abandonados a su suerte en Nobody knows (2004), porque nadie quería involucrarse en el problema; la mirada de Koreeda escudriña zonas mucho más oscuras, y la ternura con la que dirige a los niños no se apoya en sentimentalismos sino en un sentimiento de escándalo frente al efecto devastador de los prejuicios ante la institución familiar.

La pregunta que de entrada se hizo Koreeda para escribir y realizar Un asunto de familia (¿qué es lo que verdaderamente constituye una familia?, ¿es algo que deciden la sociedad y las leyes de parentesco, o es posible elegir a su propia familia?), es la base de toda la obra del director de Tal padre, tal hijo. 

El formato de comedia agridulce, que de hecho se torna bastante amargo, de Un asunto de rateros, no constituye una ruptura de tono, como pasaría en el cine americano, pues desde el inicio Koreeda juega con uno de los tabús más fuertes de la sociedad japonesa: el hurto, la deshonestidad y el escándalo. En vez de recurrir a lo sórdido para sacudir a su espectador, el director involucra y conmueve a su público, lo hace sentirse parte de una familia prohibida pero auténtica.