Dentro del marco del Séptimo Festival Artístico de Otoño que anualmente realizan el INBA y la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), y la conmemoración de los cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968 que marcó un rompimiento en la vida social y política de nuestro país, la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM) estrenó La verdad única, que ex profeso, a pedido de la SACM, compusiera Eduardo Soto Millán.
La obra de quien fuera columnista de esta revista alude justamente a esa gesta popular.
El interesante y atractivo programa de la OFCM conducida por el correcto director huésped Rodrigo Sierra Moncayo, se integró con música mexicana en su totalidad, tres obras de autores consagrados, y dos –incluyendo el estreno– de maestros contemporáneos nuestros felizmente vivos y componiendo. Los tres reconocidos autores fueron, en el orden de su presentación, José Pablo Moncayo –de quien se interpretaron sus Tres Piezas para Orquesta (Feria, Canción, Danza)–, Silvestre Revueltas –y su muy rítmica onomatopeya del poema de Nicolás Guillén Sensemayá–, y Carlos Jiménez Mabarak –de quien escuchamos su hermosa pieza de ballet, Balada del venado y la luna.
Los contemporáneos son Soto Millán, y Antonio Juan Marcos, de quien se interpretó Mandrami (que el compositor dedica a su madre, por lo que puede deducirse que el nombre es un juego familiar) compuesta en el 2009 y revisada por su autor este mismo año, así que podemos decir que también se trató de un estreno o casi.
De Soto Millán, presente en el estreno, hay que decir que se trata de una obra que manteniendo una estructura tradicional –es decir, no se dispara a los chillidos, atonalidades, chirridos y golpeteos comunes en otros contemporáneos–, sí recurre a elementos tímbricos, instrumentos e ideas de desarrollo musical que no son los siempre usados en composiciones semejantes.
Así, por ejemplo, tenemos que la alusión musical a la juventud de aquellos años, participante o no en el movimiento, se da a través de notas de rock ejecutadas estupendamente en guitarra eléctrica por Julio Revueltas, nieto del gran escritor Pepe e hijo de Olivia, que con su actuación prolonga la demostración de talento familiar.
Otro instrumento no común en orquestas filarmónicas, utilizado muy bien aquí por Soto Millán, es el organillo, ese testigo de las movilizaciones de entonces pero también de las de hoy. El organillo es usado, pues, como símbolo de perpetuidad en la vida de los pueblos, ya que, el rock por ejemplo, aunque llenó toda una época, ya no goza de esa vigencia, mientras que el sentimiento musical popular está y estará presente siempre, y las notas del aparato ejecutado por Carlos Hernández, organillero profesional, así nos lo recalcó.
La verdad única es también un recorrido de memoria rico en sus líneas melódicas, yuxtaposiciones y contrastes que no cae en el golpeteo ni en la solemne solemnidad, sino que transcurre en su línea narrativa acorde a los recuerdos e información de hoy, cincuenta años más tarde de los sucesos motivo, ya que en el 68 el compositor contaba con tan sólo 12 años de edad.








