Vuelve la amenaza bélica a Gaza

La amenaza de otra guerra vuelve a Gaza. Los bombardeos israelíes y los ataques palestinos con cohetes, sumados a la muerte de un soldado de Israel y de al menos 13 milicianos árabes, pusieron a esa zona al borde del precipicio. Pero la frágil tregua alcanzada el martes 13 da un respiro a los gazatíes, atrapados entre las divisiones internas, la mano dura de Tel Aviv, la pobreza y la indiferencia de la comunidad internacional. 

GAZA.- Cuando baja el sol y el calor da una tregua, el puerto de Gaza se convierte en un bullicioso lugar de encuentro. Pescadores reparando redes, niños correteando por la arena, amigos compartiendo refrescos y jóvenes parejas que afianzan tímidamente su noviazgo bajo la mirada atenta de algún familiar se concentran al atardecer en uno de los pocos lugares de la Franja donde se puede respirar y sentir una necesaria levedad. 

El paseo marítimo de Gaza, si es que así puede llamarse a esta desordenada avenida sin terminar de asfaltar y que huele a pescado y gasolina, frente a un mar contaminado, también es en estos días el lugar de ocio preferido de decenas de personas, la mayoría varones jóvenes que usan muletas; sus piernas desnudas muestran los aparatosos hierros colocados en el quirófano para soldar los huesos. Los gazatíes adivinan que esos jóvenes fueron heridos en las manifestaciones que se organizan desde finales de marzo ante la barrera de separación con Israel.

Anas al Krinawi es uno de ellos. Con una mueca de dolor, sin apoyar la pierna izquierda y sujetado por dos amigos, consigue llegar hasta una silla de plástico orientada hacia el mar y la puesta de sol. “Los soldados israelíes me dispararon hace 20 días en la frontera. Tuve suerte”, dice, casi a modo de saludo.

Tiene 21 años, es alto y delgado. El cabello negro repeinado y el agua de colonia delatan la coquetería propia de la edad y la importancia que concede a esta salida a la playa con sus amigos, con quienes acude prácticamente cada día a la frontera con Israel, incluso después de haber sido herido. “A veces salimos de clase, vamos para allá y dormimos en la frontera. Se ha convertido en nuestra segunda casa”, explica.

Anas estudia ingeniería, nunca ha salido de Gaza y ha vivido tres guerras desde que tiene uso de razón. Sueña con ir a París, bañarse en un mar limpio y visitar la que fue la casa de sus abuelos, cerca de Asdod, en el centro de Israel.

Las decenas de miles de participantes en estas manifestaciones, llamadas la Gran Marcha del Retorno, piden justamente esa vuelta de los refugiados palestinos a las tierras de las que ellos o sus familias fueron expulsados en 1948, tras la creación del Estado de Israel, y el fin del bloqueo que se impone a la Franja de Gaza desde hace más de 11 años, que aísla y empobrece cada día un poco más a este pequeño territorio de 365 kilómetros cuadrados. 

“Mírame. Míranos”, pide Anas a esta reportera. “¿Parece que somos miembros de Hamas?”, pregunta, refiriéndose al movimiento islamista palestino que gobierna la Franja desde 2007 y es considerado terrorista por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea.

“Eso es lo que quiere Israel: hacer creer al mundo que todos los manifestantes son terroristas enviados por Hamas. Pero la inmensa mayoría de las personas que salen a protestar son civiles como nosotros”, agrega.

Desde finales de marzo, al menos 240 palestinos han muerto a manos del ejército israelí. La mayoría de ellos en las manifestaciones de la frontera y una quincena en los enfrentamientos de la pasada semana. En Israel ha habido dos muertos en el mismo lapso.

El ejército israelí responsabiliza a Hamas de cualquier acto violento en Gaza: intentos de infiltración, ataques con granadas y otros artefactos incendiarios lanzados contra los soldados y disparos hacia las ciudades israelíes cercanas a Gaza. Cada vez que se siente amenazado o atacado, Israel responde de manera contundente.

“No tenemos miedo. De todas formas, el bloqueo israelí ya nos ha quitado todo. No nos pueden matar porque ya estamos como muertos”, lanza Anas, con gesto de fastidio.

El joven universitario se refiere a las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población de la Franja, que sobrevive gracias a la ayuda humanitaria. En Gaza el desempleo llega a 70% entre los jóvenes de la edad de Anas, 97% del agua potable no cumple los estándares internacionales y no debería beberse, los hospitales sufren la falta de medicamentos y el bloqueo israelí continúa.

Para Anas y sus amigos el “culpable” de su vida miserable y limitada es Israel, pero no pueden evitar un gesto de desprecio al mencionar a Hamas y su forma de gobernar y al presidente palestino Mahmud Abás, al que reprochan que “ha olvidado” a la Franja. 

“Las manifestaciones sí consiguieron que el mundo mirara a Gaza. Ahora la comunidad internacional sabe que la Franja necesita una solución urgente, pero la vida diaria en Gaza sigue siendo igual de mala. A nivel práctico no se consiguió nada”, resume Omar Shaban, analista político gazatí y fundador de Palthink, un centro de estudios estratégicos.

La tregua secreta

Desde hace varias semanas Israel y Hamas participaban en negociaciones secretas e indirectas auspiciadas por Egipto y el enviado especial de la ONU a Oriente Medio, Nikolai Mladenov, para lograr una tregua duradera. 

Las conversaciones no llegaban a buen puerto. En parte por las exigencias de Israel y Hamas, en parte por el descontento de Abás y su gobierno, que se sentían ignorados y excluidos en este proceso. 

“La mediación egipcia está consiguiendo, entre bastidores, cosas positivas”, apunta Omar Shaban.

Efectivamente, estas conversaciones habían logrado, desde finales de octubre, que camiones de combustible pagados por Catar entraran a la Franja de Gaza, con el visto bueno de Israel, para alimentar la única central eléctrica. La primera semana de noviembre –por primera vez en años– los gazatíes tuvieron 10 y hasta 14 horas de electricidad al día, lo que permitió prolongar la jornada laboral. Gracias al dinero catarí, también se pudieron pagar salarios atrasados a los funcionarios gazatíes.

En los meses recientes Abás presionó a Hamas reduciendo el pago a Israel de la factura de electricidad de Gaza, cortando el envío de medicinas a la Franja o espaciando en el tiempo el pago de los salarios de los funcionarios públicos. Todo ello hizo que aumentara el descontento social.

“No creo que se pueda generar lealtad quitándole a la gente lo más elemental. Es más bien al contrario y creo que hay pruebas de que esta política de Abás falló”, estima Shaban.

En realidad Catar lleva años financiando infraestructura en la Franja, pero esta vez sus donaciones contaban con el beneplácito de Israel y parecían formar parte de una ambición mayor: allanar el camino para una tregua, calmando las manifestaciones y mejorando con gestos pequeños pero concretos la vida diaria de los gazatíes.

Pero el domingo 11 las buenas noticias para Gaza se cortaron en seco. Un comando israelí que había entrado en la Franja en una misión de inteligencia fue descubierto por milicianos de Hamas y comenzó un intercambio de disparos que se saldó con la muerte de un militar de Israel y de dos líderes de las brigadas Ezzedin Al-Qassam, brazo armado de Hamas. 

Israel bombardeó la zona para permitir que sus soldados salieran de la Franja. Siete palestinos murieron esa noche y horas después comenzaron los lanzamientos de cohetes y proyectiles desde Gaza. Un total de 400, según el ejército israelí, que hirieron a varios civiles hebreos.

Una parte del gobierno y de la población israelí estaban a favor de una ofensiva armada contra Gaza y los tanques ya estaban en la frontera. Las declaraciones de los líderes de Hamas tampoco hacían presagiar un retorno a la calma, pero la mediación egipcia logró, in extremis, obtener un alto el fuego frágil e inestable que consiguió por ahora evitar la guerra.

Enfermos de segunda

Con el retorno de la calma, Gaza vuelve a desaparecer de los titulares, pero su crisis humanitaria avanza implacable y sus enfermos se encuentran en primera línea de las víctimas. 

La escasez de medicamentos, la ausencia de ciertos aparatos y tratamientos, la pobreza de la inmensa mayoría de familias, la presión de la Autoridad Palestina sobre Gaza y la dificultad en obtener un permiso israelí para ir a un hospital fuera de la Franja forman un coctel fatal que a veces se traduce en la muerte de un paciente que en otras circunstancias podría haber recibido atención adecuada para salvar su vida.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2017 sólo la mitad de las 25 mil 500 solicitudes de enfermos gazatíes para salir de la Franja vía Israel fueron aceptadas. El año pasado al menos 54 personas fallecieron esperando un permiso, aunque la cifra real podría ser mayor.

En los pasillos del hospital Rantissi de Gaza, que trata a enfermos de cáncer, se respiran impotencia, resignación y falta de recursos. En la sala de espera, donde los enfermos aguardan turno para someterse a una ecografía o radiografía, hacerse análisis o recibir noticias sobre su tratamiento, faltan incluso sillas. Cuando una puerta se abre y aparece un enfermero, varios pacientes se precipitan para saber cuándo llegará su turno.

A mediados de agosto el hospital tuvo que suspender sus quimioterapias, porque no habían sido enviadas por la Autoridad Palestina desde Ramala. Finalmente recibieron tratamiento para un mes y después para dos semanas. Un cuentagotas angustioso para médicos y enfermos. “Es una decisión claramente política. Los enfermos de Gaza deberían ser tratados como los enfermos de Cisjordania, pero no es así”, lamenta el director del hospital, Mohammed Abu Silmiya.

También en agosto, los responsables del hospital Rantissi pidieron a Israel que dejara salir a 500 enfermos de cáncer que necesitaban someterse a una prueba o recibir tratamiento urgente fuera de la Franja.

“Menos de la mitad logró el permiso. Los demás esperan. Mucha gente muere y otros muchos empeoran. La enfermedad se extiende, afecta a otros órganos. Es muy difícil como médico ver llegar al paciente con cáncer y no tener respuestas. Sólo les podemos decir: no hay medicinas y no les podemos trasladar”, explica Abu Silmiya.

Las razones que Israel expone para no conceder permisos son múltiples: antecedentes penales, informes médicos incompletos o documentos de identidad no válidos, entre otros. En algunos casos no se especifica la razón que justifica el rechazo. En agosto, varias ONG israelíes y palestinas elevaron una petición al Tribunal Supremo israelí para denunciar que en Gaza hay pacientes en peligro de muerte e Israel no los deja salir argumentando que tienen parientes relacionados con Hamas. Su petición citaba concretamente a siete mujeres, la mayoría enfermas de cáncer. La justicia israelí les dio la razón, concedió que la ley humanitaria está por encima de todo y que las pacientes debían salir de la Franja. 

Al Mezan, ONG de Gaza, es una de las organizaciones que consiguió esta decisión inédita de la justicia israelí. Desde principios de año ha tratado 300 casos de personas que necesitan ser trasladadas para recibir tratamiento. No más de 30% ha recibido una respuesta positiva.

La Franja de Gaza tiene dos puertas: Rafah, en el sur, en la frontera con Egipto, que ha permanecido prácticamente cerrada desde 2013 y que en este momento está abierta con restricciones para estudiantes, enfermos y personas con visas en vigor. Y Erez, en el norte, hacia Israel, por donde salen algunos empresarios, trabajadores humanitarios y enfermos. 

La reconciliación no llega

Shaban insiste en que no podrá haber una tregua duradera en Gaza sin reconciliación previa entre Hamas y Al Fatah, el movimiento político de Abás.

Hace un año las dos partes intentaron de nuevo un proceso de reconciliación, tras una década de gobiernos paralelos en Gaza y Cisjordania. La finalidad era dejar que Abás, interlocutor internacional reconocido, recuperara las principales parcelas de poder en Gaza, organizar elecciones generales y encontrar una única voz para exigir el alivio del bloqueo israelí contra la Franja. Como ya ocurrió en el pasado, este acercamiento quedó paralizado y se esfumó de la agenda de todos con el inicio de las manifestaciones multitudinarias en la frontera con Israel. 

“Lo que urge son elecciones y nuevos líderes. Más de 40% de la población palestina no apoya a Abás ni a Hamas. Es una generación bien informada y educada que no cree más en este liderazgo viejo, tradicional y muy politizado. Los palestinos queremos gobernantes cualificados que puedan darnos una vida mejor”, zanja Shaban. 

La última ocasión en que los palestinos de Gaza, Cisjordania y Jerusalén pudieron votar al mismo tiempo fue en los comicios legislativos de 2006. 

La tregua alcanzada en Gaza la semana pasada también puso a Israel al borde de elecciones legislativas anticipadas. La heterogénea coalición gubernamental dirigida por el primer ministro Benjamín Netanyahu muestra profundas divisiones sobre el alto el fuego decretado en Gaza. El primero en abandonar el barco fue el ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, quien considera que se ha capitulado “ante el terrorismo de Hamas”.