“Suspiria”

Ante la disyuntiva de hacer un remake de un clásico de cine, sobre todo si se trata de horror, un director concienzudo puede optar por copiar cuadro por cuadro, como lo hizo Gus van Sant con Psicosis (1998) de Hitchcock, o aprovechar el avance de efectos especiales para impresionar o disfrazar con paja el aprieto en el que se haya, o de plano arriesgarse con una propuesta totalmente diferente como lo hace el italiano Luca Guadagnino con la venerada Suspiria (1977), de su compatriota Dario Argento.

El director, conocido por su Llámame por tu nombre, decidió por una forma de homenaje a Argento, lugar común que asume por completo, y que funciona a manera de ensayo meta cinematográfico; además, Suspiria (E.U.-Italia, 2018) es toda una reelaboración del género; Guadagino recurre a su propia experiencia en la adolescencia cuando vio la película por primera vez, y escribe el guión junto con David Kajganich, experto en cine de horror, y juntos decidieron hacer explícitas las metáforas más arriesgadas de Argento.

El resultado es una cinta inquietante, meditabunda y llena de recovecos; el problema es hasta qué punto puede apreciarse por sí misma, sin referencia a la primera.

La acción ocurre en el Berlín de 1977, época del punk y año del estreno de la original, y es una larga elaboración en seis actos y un epílogo; era el momento de la facción del ejército rojo, o actos como el secuestro de un avión de Lufthansa. En ese ambiente de caos y miedo, Patricia (Cloë Grace Moretz) acude a su psiquiatra, el doctor Klemperer (Tilda Swinton en un rol masculino), y acusa a las bailarinas y maestras de academia ballet de brujas que la persiguen y atormentan; posteriormente Patricia desaparece y Kemplerer, sobreviviente del holocausto, decide investigar y acudir a la prestigiosa academia a cargo de la coreógrafa Madame Blanc, también interpretada por Tilda Swinton. En ese contexto llega a estudiar Susie (Dakota Johnson), una chica americana de familia menonita. Siguen suicidios, aquelarres y rituales satánicos.

En una de las secuencias, Olga, una estudiante soviética, pelea contra Madame Blanc; Susie empieza a danzar como poseída y Olga queda atrapada en un laberinto de espejos, y sus órganos y huesos comienzan a romperse, mientras la compañía de brujas arrastra con garfios el cuerpo desfigurado. ¿Metáfora de la Guerra Fría? 

Las alusiones políticas resultan obvias en una especie de señalización de carretera de principio a fin, comentarios de televisión, anuncios, periódicos y escenas de la calle, temas que en Argento parecen menos explícitos, quizá por falta de la distancia que da el tiempo; más sutiles aquí son las metáforas sobre arquetipos femeninos. En el actual contexto de guerra abierta contra el abuso patriarcal, Luca Guadagino pone en evidencia el sistema matriarcal desde un punto de vista más arquetípico, y demuestra que ha estudiado la obra de autores como Mircea Eliade o Eric Neumann, entre otros, sobre el matriarcado y la imagen de la Gran Madre, cuyo arquetipo lunar con cara luminosa y oscura –la bruja o el dragón de tres cabezas– tiende a devorar, por lo menos reciclar, la fuerza femenina.

Todo un tema de tesis de cine dedicarse a descifrar las figuras de Uroboros, el dragón que se muerde la cola, símbolo del reciclaje entre madre e hija, en la coreografía que compone la bailarina; el juego oscila entre un kitsch pop y danzas inspiradas del arte de Bob Foss.