El sublime arte de dos mujeres documentalistas

La cineastas Melissa Elizondo Moreno y Nuria Ibáñez Castañeda viajaron a lugares contrapuestos de la República Mexicana para documentar sendos largometrajes: El sembrador, acerca de la loable labor pedagógica de un profesor rural en las montañas de Chiapas, y Una corriente salvaje, testimonio fílmico fuera de serie rodado en Bahía de los Ángeles, Baja California. Laureadas en el reciente XVI Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), ambas relatan sus experiencias tras la lente.

El documental El sembrador, de Melissa Elizondo Moreno, muestra al profesor rural Bartolomé Vázquez López, quien ofrece una educación humanista y resalta que la pedagogía no se basa sólo en los libros de texto, sino también en los valores, la autoestima y el amor hacia la vida, sin perder de vista la realidad.

“Por falta de oportunidades, no hemos logrado que nuestros niños estén en espacios donde se sientan felices y desempeñen una función que ayude a la sociedad para que sean buenos seres humanos. Ya es hora de realizar un engranaje grande para que en el futuro podamos cambiar varias situaciones y poder vivir en armonía”, dice el maestro Vázquez López a Proceso, tras haber sido reconocido este largometraje con los premios del Público, a Documental Realizado por una Mujer, y el Guerrero de la Prensa en la 16 edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).

Él es el sembrador, guía de la escuela primaria multigrado Mariano Escobedo en las montañas de la comunidad chiapaneca Monte de los Olivos Venustiano Carranza, donde los niños y las niñas estudian, juegan y se ayudan, según se observa en el filme.

Por su parte, la cineasta Elizondo Moreno explica que El sembrador surgió tras la reforma educativa de México en los años 2012 y 2013:

“Ahí se inició una campaña que aún permanece de desprestigio y satanización hacia la figura de los maestros, en particular a los rurales. Mi principal interés con la película es sensibilizar a la sociedad acerca de la compleja e importante labor de las maestras y los maestros rurales. Es importante la información, pero también es significativo acercar al público, de una manera más íntima, a la labor y las vivencias de estos maestros.”

Igual, le atraía a la realizadora (nacida en la Ciudad de México en 1987 y egresada del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos -CUEC- de la Universidad Nacional Autónoma de México -UNAM- y de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Tecnológica de México) conocer cómo era la educación humanista. Cuando los profesores instalaron un plantón en el Zócalo de la capital mexicana en 2013, escuchó a muchos que utilizaban ese método de cómo trabajaban con las pequeñas y los pequeños:

“Nosotros no contamos con una educación de ese tipo, o por lo menos yo no siento haber vivido una educación respetuosa; en muchos casos ha sido hasta violenta. En lo profundo, se trata más de dominar e imponer. Así que emprendí la búsqueda. Conocí a maestros y maestras principalmente en Oaxaca y Chiapas. Duró un año el proceso de conocer educadores. 

“Una hermana de un profesor que conocí en un plantón, asesora técnica pedagógica; me contó que conocía a un profesor que sonaba mucho a lo que yo le platicaba y me llevó con él un primero de mayo, día que no se labora en la escuela, y platiqué con el institutor. Cuando lo escuché me quedé sorprendida por la sabiduría con la que hablaba, y cuando fuimos a su escuela, comprobé sus palabras al verlo con las niñas y los niños. Observé a los infantes tocar música, unos jugando ajedrez y otros futbol y algunos cuidando las plantas, eran como muy autónomos, la escuela era suya. Advertí esa libertad y alegría en ellos.”

 En aquel momento, platica, le pidió a Vázquez López continuar en la comunidad un tiempo:

“Me quedé con la niña que se llama Roxana, quien narra en el documental que su papá los dejó y además había fallecido también su mamá. Me dijo el maestro que a esa pequeña le hacía falta mucho una compañía, otro tipo de figura. Permanecí un par de semanas ahí, y luego fui un par de meses. Después regresé con el equipo y nos volvimos a quedar como dos semanas y media para el rodaje. La mayoría del equipo éramos mujeres, sólo el sonidista era varón.”

En tanto, se le comenta al profesor que en El sembrador destaca la buena relación que posee con los estudiantes, de respeto y confianza a la vez, además de impulsarlos e inculcarles la importancia de la responsabilidad, manifiesta contento:

“En una sociedad que crece como la nuestra cada día, si no son claras las reglas de convivencia, si no son claros los valores, estamos destinados a autodestruirnos, y esa es la preocupación de quienes contamos con hijos; podemos tener descendencia que pueden pagar las consecuencias y los adultos a veces nos olvidamos de ellos, simplemente nos distraemos en lo que brilla, pero que puede ser oscuridad mañana.” 

–¿Por qué aceptó que lo filmaran con sus estudiantes? –se le pregunta.

–Mis niños y yo siempre hemos estado dispuestos a ser visitados, ya lo habían hecho antes otras personas externas e invariablemente lo vi como una oportunidad de relación y de socialización. Siempre hablamos que la escuela socializa; pero a veces no abrimos las puertas para socializar de verdad y conocer qué hay detrás de esas paredes.

Elizondo Moreno, directora asimismo de cortometrajes documentales y de ficción, matiza que “fue un poco cansado filmar porque justamente como es una escuela multigrado de tiempo completo, prácticamente estaban los niños y las niñas desde la mañana hasta la tarde con actividades, e influían las cuestiones climáticas”. La directora recalca que en varias zonas de Chiapas que recorrió, los infantes no la veían a los ojos, ni a la cara:

“Por lo regular se agachan, y los estudiantes del maestro si se nos acercaban y nos miraban a los ojos. No son tan tímidos. Por lo mismo no fue complicada la cercanía con ellos. Quizá en los primeros días sí percibían la cámara, pero después se acostumbraron a ella”.

–¿Cómo se siente que El sembrador logró esos premios en Morelia?

–Es la primera vez que se proyectó en México. Ya se había mostrado en el extranjero, por ejemplo, en Tesalónica, Grecia, y luego en Texas, Estados Unidos, ciudad a la que la llevó Lucía Gajá, una de nuestras asesoras. En el Festival de Tesalónica recibieron muy bien al documental, fue bonito. Allí una maestra me lo pidió, le gustaría proyectarlo cuando están capacitando a la planta de docentes. Lo quiere poner como ejemplo de educación humanista. 

“Eso para mí es muy, muy grato, e igual estoy contenta con los reconocimientos en el FICM, sobre todo con el premio del público, porque está logrando el objetivo de llegar a los corazones de las personas.”

A contracorriente

Nuria Ibáñez Castañeda, con Una corriente salvaje, se llevó el galardón a Mejor Largometraje Documental Mexicano en la 16 edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).

“Estoy flotando, no me lo esperaba… No es el documental convencional al que estamos acostumbrados ahora, con toda esta contaminación que hay con el reportaje periodístico. Existe una necesidad de encontrar lo informativo, la denuncia, un poco de ONG, y Una corriente salvaje no es eso, es una película llena de elipsis, hay mil cosas que no se cuentan de los personajes y el lugar. No explico por qué están ahí. No cuento de dónde provienen. La cinta está tocada con pinceladas, donde el espectador puede imaginarse el pasado de cada personaje. No es una narrativa que explica”, revela en entrevista.

“Tres días antes de proyectarlo en el FICM la terminamos. Ahora todavía no sabemos qué va a pasar, no sabemos hacia dónde va el largometraje, ni qué festivales se vislumbran.” 

Ibáñez Castañeda (Madrid, España, 1974), radicada en México, recuerda que deseaba filmar en un espacio abierto después de haber realizado El cuarto desnudo, donde grabó planos cerrados en una habitación de un hospital y sin salir de ahí:

“El espacio más abierto que se me ocurrió fue en Baja California, donde había estado tiempo atrás y recordaba esas playas desiertas con un horizonte infinito, y empecé la búsqueda. Hallé un espacio que me fascinó en Bahía de los Ángeles, donde conocí a un señor que vivía ahí, hijo de cónsul, me encantó su historia y decidí filmarlo. Luego se fue, vi una familia y cambié todos los planes; la iba a captar, pero como en el pueblo no existe teléfono, ni señal, cuando regresé ya no se encontraba esa familia, pero estaba Chilo.”

No entró en pánico y siguió adelante, porque le fascinó el lugar. Una corriente salvaje capta a Chilo y Omar, quienes parece que son los únicos que radican ahí. El escenario es una playa desierta y cada día pescan. Su amistad es diferente. Existe mucha fascinación de Chilo por Omar. Sus conversaciones son sobre la sociedad y la libertad, entre otros tópicos:

“Al principio estábamos solas la productora y yo y no contábamos con cámara, nada, y nos acercamos mucho a él, quedamos muy enamoradas de Chilo; entonces, sí hay como una relación de mucha empatía, es alguien que nos encantó conocer.”

–¿Qué experiencia le deja Una corriente salvaje?

–Fue una buena elección filmar en ese lugar con esos dos personajes, después de toparme con varios obstáculos. De tener un personaje, luego una familia y después, empezar de cero. Me deja la sensación de que en cualquier lugar donde pongas la cámara, sea una playa o un cuarto o la esquina de mi casa, hay algo que contar. Me da fuerza pensar que la mirada es lo que al final determina todo. Cualquier persona es interesante, cualquier espacio va originar alguna historia, la onda es cómo se mira. No es tanto el qué, sino el cómo; que se pueda generar empatía con los demás, que pueda tocar a los demás. 

–¿Cómo fue trabajada la fotografía? Es poética, con melancolía…

–Chilo es un personaje melancólico. Desea estar solo, pero no; aislarse del mundo, pero no. Desea alejarse de la gente, pues recalca que todos los varones y las mujeres no merecen la pena, son hipócritas, y luego añora su tierra. La foto tenía que acompañar su melancolía. Conté con un fotógrafo estupendo, Diego Romero Suárez-Llanos. 

“E igual había cosas que ya sabía, filmamos sólo en la mañana y en la tarde, porque el calor era muy fuerte, 42 grados, y yo estaba embarazada, no había manera de estar ahí, sin sombra, ni una palapa. La tarde generaba que estuviéramos en la cabaña; entonces ya sabía que muchos de los planos iban a ser conversaciones en la cabaña.”

Culmina diciendo:

“Y como no tenían luz, se prendían las velas. Creo que con la foto se consigue mucha cercanía sin que sea invasiva. Para ellos es inadvertida la cámara. No se nota que hay cuatro personas detrás de la cámara. Se capta su naturalidad e ingenuidad en los dos. Se dicen cosas muy bellas, profundas, sin ser filósofos o falsos filósofos. Tienen la capacidad de expresar cosas de manera muy bella y de poner los grandes temas en la mesa.”