La juez que atiende el caso de la custodia del hijo de esta pareja recién divorciada viste de blanco, como para marcar la pureza de la justicia, y el debate entre Miriam (Léa Drucker) y Antoine (Denis Ménochet), su exesposo, se haya a cargo de las abogadas de cada uno, por lo que no hay riesgo de favoritismo machista y el ajuste legal es mera rutina.
La abogada de él desbarata los argumentos de ella. Y si Julien (Thomas Gioria), de 11 años, reúsa ver a su padre, es que está mal aconsejado por la madre, no es cierto que haya violencia y abuso. La ley impone que el chico pase tiempo con su progenitor, entonces el infierno se instala en la tierra.
Hace unos años (2013), Xavier Legrand realizó un cortometraje en el que se narraba cómo Miriam se resolvía a salir de la relación; ahora, en Custodia (Jusqu’à la garde; Francia, 2017), su primer largometraje, Antoine vuelve a la carga mejor equipado y dispuesto a todo. Julien es su mejor arma; Josephine, la hija mayor, es la única a salvo, ya tiene edad para decir. A partir de un esquema simple, Legrand teje un laberinto donde Antoine encarna al Minotauro, y la actuación de Ménochet se vale de su propia corpulencia para machacar física y emocionalmente a su familia.
En realidad, sólo son dos visitas las que Julien pasa con su padre, en medio hay una larga secuencia en la que Josephine celebra su cumpleaños, pero la impresión que dejan aquellos dos episodios es la de una película interminable de terror, como la de Shining (El resplandor); sólo que aquí la cinta de Stanley Kubrick es apenas una referencia al nivel de la fantasía, pues lo insoportable en el caso de Custodia es el naturalismo de la tradición francesa con el que el director impone un sentido de realidad imposible de escapar; Julien representa la infancia expuesta al abuso, de la misma manera que Charles Laughton lo muestra con La noche del cazador (The Night of the Hunter).
Lo admirable de la actuación que logra Xavier Legrand con Thomas Gioria es la manera en que éste interioriza las emociones que provoca el abuso paterno, el miedo controlado bajo la amenaza de mayores riesgos frente al monstruo que él conoce tan bien; de ahí la capacidad para extraer un poco más de fuerza del agotamiento casi total. Lo más conmovedor es el esfuerzo por proteger a su madre, la verdadera presa que persigue Antoine. A pesar de lo doloroso de ciertas escenas, es casi un alivio ver al chico quebrarse en un momento dado.
Legrand no manipula las emociones de su público, lo que ocurre con los personajes es cosa de ellos, todo se ancla en un pasado cargado de eventos que es posible adivinar; tampoco es un juego de thriller porque Antoine es villano, es una bestia lastimada que se rehúsa a aceptar la realidad.
Custodia es una de esas películas de la que no resulta exagerado hablar de tragedia, en sentido clásico, por lo menos al nivel de la construcción de la acción. Habrá que seguir la carrera de Xavier Legrand, quien comenzó como actor de Louis Malle en Adiós a los niños (Au revoir les enfants, 1987), y ahora, como director, decide comenzar con un relato muy llano, donde cada detalle tiene consecuencias dentro de una maquinaria social miope frente a la violencia conyugal y el abuso paterno.








