“Museo”

Todo un agasajo este segundo largometraje de Alfonso Ruizpalacios: primero, la manera como esquiva el formato documental al que tan fácilmente se prestaba el relato del famoso robo, en 1985, de artefactos arqueológicos del Museo de Antropología.

Cualquiera esperaría la reconstrucción de los hechos de aquella mala Nochebuena, el típico despliegue de adrenalina, y el remate de la inevitable moraleja; en vez de ello, el director de Güeros sondea el naufragio de los mitos de la clase media mexicana.

Juan (Gael García Bernal) y Benjamín (Leonardo Ortizgris), de treinta y tantos años, rezagados estudiantes de veterinaria, nativos de Ciudad Satélite, planean el atraco al museo en cierre temporal, deleitados con el sueño de la millonaria ganancia; todavía hijos de familia, habrá que apechugar la celebración de la cena de Navidad, de ahí a la acción en el museo donde el par juega a ladrones profesionales saltando bardas y deslizándose por ductos de aire.

Acto seguido, Juan toma el coche de papá (Alfredo Castro) con destino a Acapulco, y comienza un road movie que funciona como metáfora de crecimiento.

Claro, la madurez a la que accede esta juventud de clase media sin rumbo y sin vocación, como la que define Ruizpalacios cuando descubre el guion de Manuel Alcalá (Proceso, 2154), es pasar de chavillos a criminales perseguidos por la Interpol (sic); quedaría bien el viejo adagio de que la ociosidad es la madre de todos vicios. Sin embargo, Museo no adopta la postura moral que resuena en los cometarios televisivos de la época, o en los comentarios del padre de Juan, y prefiere sumergirse en el fondo de esa indolencia hasta tocar el amasijo de ideas, prejuicios y dudas de esa juventud desorientada.

Bajo su premisa evidente, banalidad y falta de responsabilidad de quienes perpetran el robo como de parte de las autoridades, Museo persigue la línea medular del conflicto: la dificultad de asumir una forma coherente de identidad en esta clase de mexicano. Desde el traslado de Tláloc al Museo de Antropología hasta la exhibición de las colecciones, pasando por los juegos infantiles a lo Guillermo Tell o Santa Claus, todo se articula en dudas sobre la autenticidad, la sustitución, la grandilocuencia del discurso.

Si se lee desde fuera, Museo’ es una tragicomedia, muy disfrutable, en la que un par de mentecatos encuentra su destino por medio de un acto criminal, y una nación aprende a cuidar mejor su patrimonio cultural. Ruizpalacios, sin embargo, toca fibras más profundas, la secuencia del robo en las salas Maya y Zapoteca, el corte de cristales, los estantes vacíos, el apoderamiento de la máscara de jade, no quedan en un mero homenaje a Riffifí (Jules Dassin), sino que es todo un rito de acceso al contacto con la verdad, y Juan satisface la envidia del niño que necesitaba palpar la realidad; poco importa que luego esconda el tesoro en el clóset, el lugar más seguro donde cabe su conciencia.

Como en Dostoievski –García Bernal preparó su personaje con la lectura de Crimen y castigo (según contó al diario El País de España)–, está la duda sobre qué provoca este tipo de delito: ¿es una mente ya enferma, o la conciencia se enferma a causa del delito? Quizá no haya respuesta.