GUANAJUATO, GTO.- Lagrime di San Pietro, la espiritual pero terrible aunque hermosísima reunión de veinte madrigales y un motete en italiano y latín de Orlando di Lasso (1532-1594), fue la escogida para abrir la XLVI edición del Festival Internacional Cervantino en su tradicional sede, esa joya de estuche que es el Teatro Juárez.
La representación, que auténticamente cimbró a los asistentes, corrió a cargo de Los Angeles Master Chorale (LAC), el coro profesional más importante de los EUA. La obra, como su nombre indica, se refiere a los remordimientos y llanto de Pedro por haber negado a su maestro. Si de por sí es una fortuna poder escuchar esta obra que para nada figura en el repertorio de nuestros conjuntos, mayor fue verla escenificada por Peter Sellars.
Este genio de la dirección operística que, entre otras obras, ha traído a los escenarios Nixon en China y Doctor Atómico de John Adams, quien presentó aquí a sus veintiún cantantes –hombres y mujeres– descalzos, vestidos con jeans, camisas, camisetas y hasta sudaderas en tonos grises y moviéndose por todo el escenario bajo la igualmente móvil dirección de Jenny Wang.
La técnica vocal es estupenda, el sabor de la música antigua está presente siempre pero, por eso mismo, es una obra poco digerible para los grandes públicos, y en la modificación de hacerla totalmente atractiva en base a su escenificación consiste el gran acierto de Sellars, quien recalcando la enorme espiritualidad de los textos logra una atmósfera que sin exagerar puede calificarse de Epifanía.
Les Ballets de Monte Carlo
El Ballet de Montecarlo, fundado en 1985, nombró como Lac a su modernísima versión del más famoso ballet de la historia, El Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. En la concepción del director y coreógrafo Jean-Christophe Maillot, la obra sigue manteniendo todo su contenido y línea narrativa, pero la manera de hacer el relato se cambia acelerando el ritmo de las acciones y obligando a los bailarines, como conjunto y en lo individual, a actuar más velozmente aunque sin desvirtuar la técnica por un milímetro y, menos aún, “justificar” algún mal movimiento.
Dividido en tres actos, este Lac, estrenado apenas en el 2011, es una concepción coreográfica más juvenil, menos rígida que la original de Petipa, sobre todo en los dos primeros actos, un tanto desconcertante para el público acostumbrado a la versión clásica. Esa aprensión se borra en el transcurso del tercero y con el apoteótico final, resuelto escenográficamente de manera magistral por Ernest Pignon-Ernest.
Cuarteto José White
Fundado en Aguascalientes hace veinte años, este grupo toma su nombre del importante músico y compositor cubano de la centuria pasada, si bien hoy poco recordado. No obstante, el programa fue puramente mexicano, muy interesante por cierto, y el escogido por el conjunto se integró con obras de dos clásicos, Manuel M. Ponce y Silvestre Revuetas. Del primero, sus 4 miniaturas para cuarteto de cuerdas, y de éste Música de feria; además de otros cuatro compositores contemporáneos:
Oscar Alcalá y La vida no es muy seria en sus cosas (homenaje a Juan Rulfo en su centenario); Juan Andrés Vergara, presente con Soduku; Mauricio Beltrán, de quien se interpretó El último suspiro de Jacinto Kanec –merecido homenaje a este libertario precursor–; y Luis Ramírez, de quien se escogió su protesta en contra de las peleas de gallos y corridas de toros, Cuarteto No. 2 ¿Viva?
Con Lagrime di San Pietro y Lac –de lo mejor del Cervantino hasta este momento–, el Cuarteto White fue digno alternante.








