Netflix México, segunda temporada

Netflix inició sus operaciones en agosto de 1997 como una plataforma que únicamente distribuía materiales obtenidos de compañías creadoras de contenidos. Muy pocos años después pasó a ser también realizadora. Hoy su catálogo es enorme. Para ello se asocia con empresas locales de casi todo el mundo. Esta forma de organizarse trae como consecuencia la ampliación de la lista, diversificar proveedores y diversidad de culturas.

Sin embargo, hay ciertas líneas que unifican a todas las series y películas. Muy escasamente se asoma en éstas un afán artístico y está bien establecido el modelo comercial por su formato y también porque dentro de los relatos veremos anuncios disfrazados o abiertos. De vez en cuando aparecen vertientes críticas tanto de la sociedad como de la tecnología digital.

En México, la empresa estadunidense le ganó la carrera a Televisa. Antes de que instalara Blim con contenidos propios, aunque muy pocos diferentes a su programación en señal abierta, Netflix realizó obras con productores independientes. La mayoría de corte telenovelero sobre cantantes como Luis Miguel. Otras relacionadas con el propio medio del espectáculo. Dos más destacan por su modelo cercano al de la serie y por ser historias originales: Club de Cuervos e Ingobernable. Se distinguen de las demás porque ya cuentan con una segunda temporada.

La primera desprende de la historia original, una segunda vertiente con uno de los personajes que lleva el nombre de un famoso futbolista mexicano, se llama La balada de Hugo Sánchez. Club de Cuervos tuvo audiencia debido a un guión bien elaborado, a dos personajes –hermanos– que luchan por quedarse con un club de futbol y en el camino develan las corruptelas, las pifias y los enredos de una actividad sin limpieza, ficción contada con humor. La balada de Hugo Sánchez cae en picada. El protagonista no es más que un tonto con iniciativa, a las órdenes de un jefe desequilibrado. El sentido del humor de la serie es simplista y la realización sin gracia alguna.

En el caso de Ingobernable pasa algo similar. Aunque la primera temporada sostuvo la atención, equilibró la violencia con el diseño de estrategias y reflexiones; cada episodio llevaba al siguiente. En la subsecuente los balazos, golpes, torturas, crimen desatado adquieren un volumen poco tolerable. A ello hay que agregar lo inverosímil de las situaciones: el romance entre la exprimera dama y el muchacho de Tepito; el enfrentamiento en pleno mercado con el ejército; las golpizas que se curan en un dos por tres. Tanto las escenas eróticas como las de suplicio sirven para mostrar el cuerpo medio desnudo de Kate del Castillo. La serie debía cambiar su nombre de Ingobernable a “Inverosímil”.

El afán por alargar y alargar la trama, meter más personajes, relatar eventos incidentales, utilizar actores por su figura y fama sin lógica en la fábula viene de un modelo televisivo del cual no han podido desprenderse los actuales productores, la telenovela.